David Beriain: «A veces la historia más grande está en el lugar más pequeño»

Texto Manuel de La-Chica [Com y Fil 19] y Teo Peñarroja [Com y Fil 19] / Fotografía Silvia Penco [Com y Fil 19]

David llega a la Facultad de Comunicación, con su mujer, Rosaura. Vienen de su pueblo, Artajona (Navarra), después de una comida familiar. Sus rasgos son compactos y sus ojos profundos y azules. Recuerda que un alemán dio una conferencia en la facultad y un chico le hizo una pregunta que no supo responder. A pesar de ser una autoridad, le dijo que no había investigado suficiente ese asunto. Aquello marcó su forma de entender el periodismo.


En la campaña Live True de Dewars dice que hace esto para entender mejor la naturaleza humana. ¿Ha descubierto ya quién es el hombre?
¡Uy, no! Eso es un viaje vital que empieza y nunca acaba. Yo estoy en un viaje regresivo. Los griegos buscaban la sabiduría, y de ahí pasamos a la Ilustración, en busca del conocimiento. Ahora estamos en la sociedad de la información, que ni supone conocimiento ni supone sabiduría. Y dentro de poco estaremos en otra sociedad que ni siquiera supondrá la información: una sociedad de datos. Yo estoy en un viaje antiguo para tratar de entender qué narices significa eso de ser un ser humano. Busco mis respuestas torpemente en los costados más extremos de la realidad, porque ahí es donde se hace con menos artificios, con menos cortapisas. ¿Eso me ha hecho más sabio? No lo sé, no lo creo. Yo intento buscar mis respuestas, pero eso no quiere decir que las encuentre. Soy torpe.

Bueno, Sócrates dijo «Solo sé que no sé nada»
Mi productora se llama 93 Metros porque la fundamos cuando mi abuela murió. Mi abuela Juanita era la matriarca de los Beriain. Murió con 98 años dejando tras de sí una huella de cariño y de entrega espectacular. Todos le teníamos devoción, con todo el sentido del nombre, y a mí, por ser el periodista, me tocó escribir unas palabras. Y noventa y tres metros es la distancia que hay entre la que era la puerta de su casa y el banco de la iglesia donde ella rezaba. No salía de ahí nunca. Jamás. Por eso nos llamamos así, porque no nos olvidamos nunca de que a veces la historia más grande está en el lugar más pequeño. Hacemos historias grandes, épicas, de esas que importan, en sitios exóticos. Lo que pasa es que a los imbéciles como yo nos resulta más obvio contar una historia cuando nos explotan las cosas a los lados. Solo hay que darse cuenta de que a la vuelta de la esquina hay algo que contar. No hay historias pequeñas: hay ojos pequeños. A mi abuela le sobraron noventa y tres metros para encontrar su verdad. Yo he andado por más de noventa y tres países, y todavía no he conseguido hacer nada. 

¿Es fácil hacerle justicia a una historia?
Sinceramente, no. Es más, te mueres de miedo. No sé si has tenido alguna vez la sensación de vivir algo grande y ponerte a escribirlo. Pones el folio… y asusta. ¿Ahora yo qué cuento? ¿Qué hago para reflejar lo que he vivido? Escribir sobre una tontería es muy fácil. Empiezas a hacer ejercicios de estilo y te queda un arabesco, ¿no? ¡Mira qué bien! Pero cuando la historia es grande… ¡ah, amigo! ¿Ahora qué hago yo para no estropearlo? Siempre me pasa. Mi equipo y yo tenemos una cierta capacidad para acceder a historias grandes. 

Y si le menciono «percebeiro», ¿qué me diría? [David realizó el trabajo Percebeiros, en el que cuenta la vida de un marino en Galicia]
Percebeiros es una epifanía. Al principio tuve una relación con esa historia totalmente utilitaria. Alfredo Treviño [Com 99], que fue el responsable de innovación de todo el grupo de Murdoch, nos encargó una historia porque quería probar unas técnicas narrativas. Y entré en esa historia con un sentido totalmente instrumental. Era una prueba, porque pensé «bueno, si en esta situación demuestro que puedo hacerlo, luego me mandarás a donde a mí me interesa, que es a Iraq, Afganistán, Libia, Siria, donde sea…». Hasta que conocí al personaje y a la persona: entonces me golpeó la realidad. Nunca te olvides de que la realidad es más grande que tú, porque así es. Fue la primera vez que pudimos poner en práctica lo que nosotros consideramos que debería ser la realización audiovisual. Fue nuestra apuesta audiovisual de guion, de fotografía, de concepción de la historia… Básicamente se asienta en un intento de honrar las historias. Si las historias son grandes, tú tienes que honrar esa grandeza con medios, con tu labor, con pasión… con lo que sea; con lo que tengas. Todo nuestro trabajo solo sigue un principio, y es que nuestra mediocridad no se interponga en la grandeza de la historia; que sepamos hacerle justicia.

Entonces, cuando dice que tiene miedo es por respeto a la historia. 
No, no, lo digo porque no soy una persona valiente. 

¿Y qué hace metiéndose en sitios peligrosos? 
Lo que puedo. El miedo es como un dolor de muelas. Lo vas a tener, y si no te duele la muela y la tienes mal es porque el nervio se ha muerto. Si vas a una guerra y no sientes miedo tienes un problema, porque el miedo es un sistema de alerta. El cuerpo te dice «no deberías estar aquí». El miedo es sano. Lo que cuenta es lo que haces con el miedo. A mí no me atrae el riesgo. Nada. Cuando disparan me violento mucho porque las armas hacen muchísimo ruido, mucho más del que parece en la tele. Me asusto. ¡Y es importante que aquellos a los que nos pasa lo digamos! Porque durante demasiado tiempo se ha proyectado una imagen de esta especialidad de la profesión, que es lo que es, ni mejor ni peor que otra. Creo que es mucho más difícil hacer buen periodismo local que lo que hago yo. La conclusión, creo, es obvia. Si no tienes ni idea de qué vas a preguntarle al diablo, ¿para qué ir al infierno? Nuestra ocupación no es solo guerra. En cualquier situación de riesgo tenemos que dar con la solución de una ecuación con dos incógnitas: el riesgo y las consecuencias. Tú tienes que minimizar el riesgo y maximizar el resultado. Si consigo contar la historia sin ningún riesgo pero con toda la solución, soy el mejor. Mi trabajo no es correr riesgos. 

¿Ser un buen reportero tiene que ver con ser buena persona? 
Miguel Gil, por ejemplo, mostró mucha entrega por esta profesión y por las personas sobre las que informaba. Y es una de las pocas buenas personas que conozco en este mundo tan cainita del periodismo, y más del periodismo de conflicto. Nadie le pone un pero. Nunca he escuchado nada malo de él. ¿Por qué? Porque era una buena persona. Estoy seguro de que no se puede ser buen reportero siendo mala persona. Nosotros vivimos de la empatía, de generar confianza y de responder a esa confianza. Me resulta muy difícil pensar que eso se pueda hacer sin ser buena persona. Yo no sé si soy buena persona ni si soy buen periodista, pero si me das a elegir, prefiero ser mejor persona. 

¿Se puede conciliar lo familiar y lo laboral en su día a día?
Sería muy arrogante por mi parte decirlo, porque el precio lo paga mi mujer. Aunque ahora viaja conmigo. Hemos llegado a esa situación, ¿y sabes por qué? Porque yo me casé para compartir mi vida con ella. Y ahora mi vida, durante más de la mitad del año, está en los mundos de Dios. Cuando llego a casa, lo único que hago es mirar al techo y boquear como un pez, porque no puedo más. Para compartir tu vida con un pez te compras una pecera. Ahora la compartimos, pero es complicado. En mi caso no es difícil estar solamente en el terreno, eso se lleva. Para hacer las cosas como creía que se tenían que hacer me he tenido que convertir en empresario y en productor. Eso requiere una serie de habilidades de las que ando bastante más corto, como la gestión o el trato con el personal. He tenido mucha suerte en la vida. Mis padres, mi familia y mi mujer me han querido de la manera más hermosa que se puede querer a alguien: libre. Aunque eso suponga en su caso que un día pueda haber una llamada que les diga «No va a volver». Eso es un acto de generosidad del que yo no sé si sería capaz.

Cuando contacta con un yihadista o se infiltra en las FARC, ¿cómo garantiza la confidencialidad de las fuentes? 
La protección de las fuentes no solo incluye no revelar la identidad de quien te pide que no lo hagas, sino que abarca, al menos en mi caso, todo el proceso. Yo he entrado dos veces en las FARC. La primera vez utilicé una vía que aún hoy ni siquiera mi mujer sabe cuál es. Nunca se lo he contado a nadie. Al hacer los reportajes a supuestos terroristas, a supuestos sicarios, es mi responsabilidad que sea de una manera segura para ellos. También para mí, pero sobre todo para ellos. Porque mi labor no es detenerlos, ni juzgarlos, ni opinar sobre lo que hacen. Mi labor es tratar de entenderlos. Lo que yo pido es una oportunidad para charlar con ellos. 

¿Y se han planteado utilizar alguna vez una cámara oculta?
A mí no me gustan las cámaras ocultas. No juzgo a quienes las hacen, pero a mí me violentan como espectador. Seguramente alguna vez habrá que utilizarlas. Yo por mi parte no. No estoy intentando sentar cátedra. Es lo que planteo con mi programa y en mis circunstancias. No pretendo que sea extensivo a nadie más. A mí me gusta decirle a la gente lo que está haciendo. 

¿Cómo consigue conocer al que tiene delante? 
Procuro no entrevistar a nadie en menos de una hora para entenderle y para encontrar declaraciones relevantes. Pregunto lo que necesito saber y procuro no dar más información privada de la estrictamente necesaria. Si no lo hiciese así, no estaría aquí vivo, porque lidio con gente que no se toma las cosas a la ligera. A veces he ido a entrevistar a narcos que me han dicho: «Yo confío en ti. No te preocupes, porque, si no, iré a buscar a este que te ha traído». Básicamente, lo que te está diciendo es que, si no lo haces bien, al que va a matar es al otro. Y después tal vez vaya a por ti. El esfuerzo consiste en tratar de entender a la persona que tienes delante, aunque no la justifiques. Entonces te dices a ti mismo: «Si parece majo… Si quiere… Si ama… Y hay quien le ama a él». Eso asusta. Cruzar esa línea asusta más que ninguna otra cosa. Pero ese es el sentido de nuestro trabajo. Debemos ponernos en la piel de otras personas, incluso de aquellas con las que no queremos tener nada que ver. Cuando la gente se pone en la piel de las otras personas no pasan más cosas buenas, pero pasan menos cosas malas. La humildad de saber que eres un paracaidista en una realidad que no es la tuya es lo más importante. Porque no hay mayor ignorante que el que cree que sabe.