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  • Cuando la tierra ruge y el hambre ahoga

    Texto Daniel Forcada [Com 06]

    Tras el terremoto que asoló Haití el 12 de enero, miles de personas viven a la intemperie en Puerto Príncipe, una ciudad tomada militarmente en son de paz.

    El 15 de enero. Daniel Forcada viajó como voluntario a Haití con la ONG Fundación ADRA en el primer avión fletado por el Gobierno español a través de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID).

    Puerto Príncipe [haití]. Los restos caídos de lo que un día fue Puerto Príncipe se amontonan en esta ciudad con toneladas de desechos humeantes. Se trata quizá de uno de los lugares más contaminados de la Tierra, donde respirar ahoga y en donde el olor de la muerte se mezcla con el polvo que casi se mastica y el humo espeso de los cientos de camiones, ambulancias y carros militares que colapsan el centro y los alrededores. La capital de Haití es una ciudad tomada militarmente en son de paz, con cientos de helicópteros continuamente sobrevolando nuestras cabezas. Algunas zonas parecen la viva imagen del Guernica que Pablo Picasso retrató para la historia.  

    Viajé a Haití con la ONG Fundación ADRA en el primer avión fletado por el Gobierno español a través de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), tres días después de que el terremoto recorriese las entrañas de esta ciudad ensañándose con los hogares y las vidas. La imagen de un cadáver oculto bajo una sábana y abandonado sobre la carretera que conduce al aeropuerto de Puerto Príncipe nos dio la cruel bienvenida a este país y auguraba una sucesión de imágenes rocambolescas y dramáticas. 

    “Aquí, en lo que antes era un colegio, murieron 200 personas –me explicaba Fernando, nuestro guía y traductor haitiano en estas calles demolidas, mientras me mostraba la zona donde antes estaba su casa y en donde sus padres estuvieron dos días enterrados bajo las piedras hasta poder ser rescatados por sus vecinos–. Allí, donde ves esa cruz, había una iglesia católica en la que otros tantos perecieron en la hora de la misa. Sólo rescataron a cinco”. 

    Las primeras horas en suelo haitiano fueron aterradoras. Llegamos al hospital adventista de Carrefour y la escena era dantesca, con casi un millar de personas, muchas de ellas niños, dolientes y asustadas, yaciendo en el suelo, en el jardín de la clínica, bajo sábanas. El edificio había quedado ileso, pero nadie se fiaba entonces de las estructuras que habían permanecido en pie. Allá donde uno mirase, todos llevaban el sufrimiento y el pánico escrito en su cara. En una clínica móvil, los cirujanos amputaban brazos y piernas sin parar. La escena era angustiosa. Recuerdo pensar lo inútil que era ser periodista en medio de tanto dolor, sin ser capaz de ofrecer la más mínima ayuda. El dolor de la impotencia.

    En Haití resulta difícil pensar en el orden normal de cosas previo al terremoto del 12 de enero. En la capital, sumida en montañas de escombros y en toneladas de basura, viven a la intemperie miles de personas desplazadas, que comparten su lecho, en plena calle, con los cerdos, los perros y otros tantos animales que se mueven como pez en el agua por entre los restos de la tragedia. A saber quién vivirá mejor. 

    Como voluntario por la Fundación ADRA he recorrido muchos de los campos de desplazados en los que, en tiendas de campaña –los menos– o bajo lienzos y palos, se hacinan miles de personas que o lo han perdido todo o tienen miedo de volver a sus casas por temor a nuevas sacudidas de la tierra. En uno de ellos, un hombre sentado en el suelo y con la mirada perdida permanecía atado a la pared como si fuera un perro. “Es un enfermo psiquiátrico y no sabemos dónde llevarlo”, me explicaba su hermano. En otro, muy a las afueras de Puerto Príncipe, donde ninguna organización humanitaria había llegado aún, una mujer me ofrecía a su bebé, desnudo y enfermo de una gran hernia umbilical. “Tengo otros tres hijos y a éste no tengo nada que ofrecerle. Llévatelo”. Como para que luego uno se sorprenda de las denuncias de UNICEF de posible trata de niños. Muchos padres han sido los primeros interesados en sacar a sus hijos de este infierno, que ya lo era antes del terremoto.

    Escribía no hace mucho en una de las crónicas que he enviado desde esta ciudad que los niños de Haití se están ganando el cielo con todo lo que ha sucedido. Es increíble su capacidad para no perder la sonrisa, para jugar inocentemente en este enorme campamento de verano en el que, para ellos, se han convertido la capital del país y otras ciudades como Carrefour, donde ADRA situó su base de operaciones. Su alegría de vivir, pese a todo, es contagiosa y a ellos pertenece el futuro de un país con el que las desgracias se han cebado demasiado y que hay que armar, de nuevo, piedra sobre piedra. “Haití no se va a acabar nunca”, me confesaba la hermana salesiana Rocío Pérez en una de las visitas al campo de desplazados en que se ha convertido lo que antes del 12 de enero era el colegio Reina María de Torland y donde ahora duermen cerca de 2.000 niños junto a otras 5.000 personas. “Mira cuánta miseria hay y todo el mundo quiere vivir. Lo que es una pena es que la gente es tan pobre que no tiene ninguna esperanza de salir de la miseria”.

    A los refugiados les hemos llevado toneladas de agua y comida, cargamentos donados por el Programa Mundial de Alimentos y por la Cooperación Española a través de la AECID. A pesar de todo, uno se marcha –es inevitable– con la sensación de haber sido poco útil y de no tener suficientes manos para atender a una catástrofe cuya magnitud es desbordante. Al lado de cada campo de refugiados, miles de personas duermen en la calle, junto a sus antiguas casas. Siguen sin organizarse en comunidades y a ellos, que están tan cerca, las ONG no los atienden por eso, por desorganización. A otros, que quedaron lejos del aeropuerto de Puerto Príncipe o en zonas de difícil acceso aún no se ha podido llegar. Sus muertos siguen aún bajo montañas de ruinas.

    Algunas zonas de Puerto Príncipe parece que hubieran sido bombardeadas y en todas partes, miles y miles de personas vagan por la calle ofreciéndose para trabajar como conductores, traductores o voluntarios de las ONG en un intento por seguir adelante. El admirable arte de sobrevivir. Los agentes de la ONU de Sri Lanka nos han escoltado en todo momento para evitar conflictos en el reparto de la comida. El hambre ahoga en estas tierras es lógico y comprensible que, alguna vez, aisladamente, se dispare la tensión y sea necesario disuadir a la masa. Aunque yo no he vivido ni saqueos, ni robos, ni escenas de gran violencia. La cosa irá por barrios, supongo, pero no creo haber vivido el apocalipsis que algunas televisiones se han empeñado en mostrar telediario tras telediario.

    Me marcho también con la triste sensación de haber comprobado qué fácil ha sido que prenda la mecha del sensacionalismo entre los informadores que han cubierto esta catástrofe. Las televisiones de medio mundo colapsaron la pista de aterrizaje del aeropuerto con sus retransmisiones en directo a pie de la noticia y se cebaron en los incidentes violentos y en los saqueos puntuales de una población que agonizaba de hambre. Así hasta que colmaron y rebasaron la paciencia de los marines del ejército norteamericano y de buena parte del personal logístico de las ONG con anécdotas como la protagonizada por una famosa estrella de la televisión nacional que llegó a decir, mientras presentaba su informativo, que la base española de la AECID había sido asaltada por una turba de incontrolados violentos y que incluso había habido heridos. En realidad se trataba sólo de un pequeño grupo de haitianos revueltos a la entrada del aeropuerto. Pero poco importó entonces eso. La anécdota periodística del día sirvió para colapsar los teléfonos de los responsables de la cooperación española y para complicar aún más la ya de por sí difícil tarea de organizar la ayuda en medio del caos inicial. 

    Pero pese a todo, ha sido una experiencia apasionante y enormemente enriquecedora en todos los sentidos: en el humano, en el profesional y en el espiritual, si cabe. Una oportunidad de vivir esto que, realmente, aún no soy capaz de valorar en sus justos términos. Necesitaré algo más de tiempo para procesar todo lo que he visto y experimentado y también para saber qué parte de mí se quedará también aquí junto con todos los que ahora viven y duermen a cielo raso.