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  • Con la música por bandera

    Texto Alicia Del Carmen Mayayo [Com 06]

    Hace seis meses comenzó a recorrer América del Sur. Su finalidad: grabar un documental sobre la capacidad de integración educativa de la música. 

    —La realidad. El continente está lleno de contrastes: de un país con otro, de una ciudad con otra. Pero, sobre todo, de una vida con otra en tan solo unos metros de diferencia.

    Río de Janeiro [Brasil]. Han pasado casi seis meses y parece que fue ayer cuando llegué. Todavía recuerdo las preguntas de mi familia y amigos más cercanos: “¿Estás segura de que te quieres ir, con lo bien que se está aquí?”, “¿Cuánto tiempo vamos a estar sin verte?”, “Vas a dejar tu trabajo para irte a viajar por ahí, sin más?”. Todo eran interrogantes en apariencia inocentes, pero, en el fondo, aquellas preguntas me hacían pensar y repensar la decisión que había tomado de irme un año a recorrer América del Sur. Hoy tengo claro cuál sería la respuesta: es la mejor decisión que he tomado en toda mi vida.

    Llevo casi seis meses recorriendo América del Sur y, de momento, todas las experiencias han sido altamente positivas. He conocido a muchas y muy distintas personas, y todas me han aportado algo  nuevo, diferente. He admirado los lugares tan maravillosos y bucólicos que se esconden al otro lado del Océano. Y el día a día de esta aventura está haciendo de mi paso por este continente la mejor experiencia de mi vida.

    Desde el momento en que pisé tierra latina, todo han sido contrastes. Hay contraste de un país con otro, o de una cultura con otra, pero lo que más me ha sorprendido son los contrastes que puedes descubrir de unas vidas con otras en apenas unos metros de distancia. Por ejemplo, en la Capital Federal de Buenos Aires –así la llaman los porteños– te puedes cruzar en una avenida con gente trajeada al estilo americano que se dirige a trabajar y, en una calle paralela, con una familia entera que se pasa el día recogiendo el cartón para ganar unos pesos. 

    En el vecino Uruguay ocurre algo parecido: paseas por la rambla o el centro de Montevideo y llegas a la conclusión de que se trata de una ciudad llena de gente joven y estudiantes. Pero te acercas al barrio contiguo y descubres que hay decenas de proyectos que tratan de integrar en la sociedad a las personas más desfavorecidas. En Río de Janeiro el fenómeno es similar: mientras miles de turistas llegados de todas las partes del mundo saborean las puestas de sol de la playa de Ipanema, un número aún mayor de personas convive en la colina de enfrente, en favelas donde se trafica diariamente con drogas o armas. Podríamos recorrer así todo el continente, pero pondré un último ejemplo: Bolivia, el país más pobre de América del Sur, esconde imágenes que le pueden dejar a uno de piedra. Por ejemplo, ver cómo en Nochebuena el estadio de fútbol de La Paz se llena de niños y niñas que acuden a recoger el que será su único regalo de Navidad. Es una escena que no deja a nadie indiferente.

    Por todo esto y otras realidades vividas, no quise que mi viaje fuese tan solo un recorrido por América del Sur sacándome fotos en los lugares tan lindos que hay por aquí. Cuando decidí que me venía, pensé en cómo podría sacar el mayor partido a esta experiencia. Se me ocurrió visitar proyectos que utilizaran la música como herramienta de integración educativa y grabar un documental. La idea me parecía muy ambiciosa, pero hoy es un sueño que parece hacerse realidad.

    “Aquí soy feliz y me quieren...”, “Vengo aquí para hacer algo; si no, me paso el día en la calle, aburrido...”, “Aquí aprendo, tengo amigos, viajo...”, “Aquí me siento importante...”, “No sé por qué vengo, pero me gusta...”. Son respuestas de niños y niñas de diferentes proyectos que, después de ir a la escuela por las mañanas, asisten a este tipo de centros por las tardes. Allí pasan tiempo con sus amigos y amigas, juegan, aprenden hábitos alimentarios, reciben clases de psicomotricidad, practican actividades como cultivar, sembrar, recoger frutas..., pero lo mejor de todo es que estas actividades van acompañadas siempre de una herramienta clave como es la música. Según los monitores y monitoras entrevistados hasta el momento, todos coinciden en que “la música es un elemento de integración social tan grande, que permite que el niño se exprese como no lo haría a través de ningún otro método”. 

    De todos los proyectos visitados hasta la fecha no puedo dejar de recordar Giraluna, una iniciativa uruguaya que ha permitido que más de 200 niños y niñas uruguayas, provenientes de diferentes barrios marginales de Montevideo, recuperen la motivación por ir a la escuela. Este centro ya ha grabado un disco. No es un disco de platino ni han vendido 50.000 copias, pero lo han hecho desde el corazón, desde experiencias personales de los más pequeños. En definitiva, es un disco centrado en el desarrollo personal y la integración social de cada uno de ellos. Como ellos mismos dicen: “Soy un Giraluna y no estoy solo”. Es su canción más representativa, la que marca su identidad y les permite darse cuenta de que con el apoyo y cariño de cada monitor, de cada amigo y amiga que han hecho en el centro, no están solos. De momento ya han recorrido Uruguay presentando su disco e incluso se han permitido el lujo de ser las personas que recibieron a la selección uruguaya a la vuelta del Mundial de fútbol 2010. 

    El trabajo que desarrolla este centro es increíble. Cada vez alberga más gurises, como ellos llaman a los niños y niñas, que día a día recuperan la ilusión de volver a las clases. También resulta increíble ver cómo su educación y desarrollo personal condicionará su futuro.

    Ahora me encuentro en Río de Janeiro, y la idea es, a la par que viajo, seguir grabando proyectos tan ejemplares como este, para que cuando vuelva a Pamplona pueda enseñar con mi experiencia que es posible un mundo mejor, y que aquí, en América del Sur, se están esforzando mucho por conseguirlo. Ojalá que así sea.