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    Texto y Fotografías Izaskun Muruzábal [Bio 09]

    A Izaskun Muruzábal [Bio 09] no le asustó el frío ni la falta de luz en su primera estancia en Noruega. Ahora repite con un doctorado en Biología.

    En Sverd i fjell ("Espadas en la montaña"), en la playa de Hafrsfjord.

    Stavanger [noruega]. Cuando uno piensa en los países nórdicos la primera imagen que le viene a la cabeza está protagonizada por enormes montañas nevadas, fiordos profundos, gente rubia y alta, y mucho, pero que mucho frío. Y la realidad no resulta tan diferente.

    Lo poco que recordamos sobre este país de las clases de Geografía en el instituto es que forma parte del trío Noruega-Suecia-Finlandia, en la península escandinava. Pues bien, Noruega es el situado más al oeste, el que posee muchísimas islas y una bandera roja con una cruz azul. Ahora que nos suena un poco más, podemos sumergirnos en él.

    Porque si algo hay aquí es precisamente agua, tanto salada como dulce. De hecho los fiordos ocupan una gran parte del país, con los inconvenientes que ello supone para la comunicación, ya que a menudo hay que tomar ferris o ir por “el camino largo”, es decir, bordeando la costa. Aunque también tiene sus ventajas: es un lugar excelente para hacer un crucero y disfrutar de la orografía.

    En el aspecto económico, el mar esconde un tesoro negro, el petróleo, que ha otorgado a Noruega uno de los puestos más altos en el escalafón de renta per cápita (el tercero del mundo). Ha pasado de ser un país pobre, que dependía de sus fábricas de latas de conserva y su pesca, disputado por Suecia y Dinamarca, a ser un país riquísimo que trata de mantener sus costumbres.
    Stavanger, donde vivo, es una de las ciudades que ha experimentado el boom del petróleo. Aquí se ubican la mayoría de las grandes empresas petroleras (Statoil, BP, Shell-V, etc.) y mucha gente trabaja para ellas.

    En mi caso, Noruega no era una desconocida. Había estado en Tromsø, a dos horas de avión hacia el norte y el frío. Allí llegué con una beca Erasmus de la Universidad que me permitió vivir experiencias únicas, como ver auroras boreales a diario, embarcar en un rompehielos con destino a Groenlandia durante dos semanas, rodeada de focas, osos polares y hielo; visitar Cabo Norte o el mismo fin del mundo (aunque en realidad hay un punto más arriba en latitud) y la isla de Svalbard, todavía más al norte que Noruega.

    En este sentido Stavanger, donde he recalado en mi segunda estancia en el país nórdico, es un lugar menos extremo. Aquí hace frío y llueve mucho, pero nada que no haya experimentado alguien que ha estudiado en Pamplona. Además, la ciudad se sitúa bastante al sur de Noruega, en la costa oeste, y aunque dicen que Bergen es la puerta de entrada a los fiordos, esto no se queda atrás. Los paisajes más impresionantes de Noruega se encuentran aquí, en el fiordo de la luz o Lysefjord.

     

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