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  • Aventura a vela en el fin del mundo

    Texto y fotografías Tomás Teijeiro [MUIEJ 03]

    Con el espíritu de un expedicionario, Tomás Teijeiro [MUIEJ 03], director de Teijeiro Abogados y profesor de la Universidad de Montevideo, ha navegado a vela por el Atlántico Sur hasta las islas Malvinas.

    —Welcome to the Falkland Islands. Tomás Teijeiro [MUIEJ 03] recién fondeado en Port Stanley.

    Montevideo [Uruguay]. Como hijo y nieto de gallegos, siempre he sentido un gran afecto por España. Tanto que, al decidir dónde cursar mis estudios de posgrado, fue un factor determinante. La Universidad de Navarra reunía dos cualidades: su excelencia académica, reconocida internacionalmente, y estar en España. De este modo mi relación con el Viejo Continente se estrechó aún más.

    Cuando escuché al papa Francisco decir en su primer discurso ante el Cónclave «parece que los hermanos Cardenales han ido a buscar al Obispo de Roma casi al fin del mundo», caí en la cuenta del privilegio que tenía —y no aprovechaba— de vivir en Uruguay, en el límite sur de Occidente. Entonces decidí ahondar en mis conocimientos de esta zona circundante a mi país, que a pesar de sus contrastes y convulsionada historia, tiene tanto para dar y tanto futuro.

    Así que, un poco por curiosidad geográfica y otro poco por curiosidad académica —desde el punto de vista del Derecho Internacional Público siempre me resultaron interesantes las discrepancias entre Gran Bretaña y Argentina—, decidí viajar a las islas Malvinas (Falkland Islands) para conocer su idiosincrasia. Lo hice justo después de que, mediante un referéndum, sus habitantes apoyaran a la Administración británica casi por unanimidad.

    El Máster Iberoamericano de Estudios Jurídicos (MUIEJ) —su director es Eduardo Valpuesta, y mi tutor fue Romualdo Bermejo— había dejado una impronta indeleble en mi forma de encarar las cuestiones jurídicas: siempre hay que ver la realidad de los hechos para comprender el Derecho. 

     

    Preparando la travesía

     Llegar a las islas Malvinas no resulta sencillo. Debido a la tensión diplomática con Argentina, el trayecto se puede realizar por avión, vía Chile o también desde Gran Bretaña, una vez a la semana. Pero como las islas han sido durante varios siglos un sitio de convergencia de los marinos que surcaban el Atlántico Sur, decidí que era más interesante viajar como antes: navegando a vela. Zarparía desde Punta Arenas (Chile) y atravesaría el Estrecho de Magallanes.

    Me quedaban algunos detalles no menores por resolver: necesitaría un barco adecuado para la travesía, alguien conocedor de estos complicados mares y una tripulación capaz de soportar las duras condiciones que a buen seguro afrontaríamos. Fue una suerte dar con un marino avezado que puso a disposición su valiosa experiencia y su barco, un estupendo velero de cincuenta y cinco pies construido en acero naval y especialmente diseñado para navegar en altas latitudes.

    Como tripulantes convoqué a dos amigos, Alberto García —un uruguayo con varios cruces del océano Atlántico, que acercó al proyecto a tres navegantes más—, y al esposo de mi compañera de  máster, Mónica Otero [MUIEJ 03], abogado de Bogotá, que se sumó junto con otro amigo con mucha experiencia de mar. Solo faltaba levar anclas.

     

    En marcha

     Partimos de Punta Arenas la mañana del 1 de diciembre de 2013, rumbo al océano Atlántico. Pasamos por la Segunda Angostura y luego por la Primera con una navegación muy agradable. Nos acompañaban a proa una familia de delfines overos, y más tarde una orca pequeña. En las últimas millas del Estrecho se invirtió la corriente, y la velocidad del velero disminuyó drásticamente —no navegábamos a más de tres nudos—. 

    Entramos en el Atlántico estimando que nuestra navegación hasta Port Stanley no duraría más de tres días. Sin embargo, a las pocas horas el tiempo comenzó a empeorar. A lo lejos avistamos un gran velero, que parecía ser una goleta, y nos cruzamos con varios pesqueros. Serían los últimos barcos que veríamos hasta llegar a puerto.

    El mar se puso grueso, con olas de entre seis y diez metros, y la velocidad del viento oscilaba entre cuarenta y cinco y sesenta nudos (unos cien kilómetros por hora). El velero llegó a navegar a la velocidad récord de quince nudos por hora, algo bastante temerario, que requirió achicar vela inmediatamente, siempre teniendo presente la máxima de «una mano para el barco, y otra para uno mismo». La navegación se endureció, y en estas condiciones la enfermedad del mar nos afectó. 

    Además algunos elementos técnicos comenzaron a dar problemas. Un desperfecto en el piloto de viento hizo que derivásemos hacia el Sur (Antártida) en dos oportunidades. Quedamos incomunicados, y a veces navegando erráticos, en un embravecido Atlántico Sur. Finalmente logramos corregir el rumbo.

    Con retraso y en medio de la tormenta, fondeamos un poco antes del amanecer frente al muelle de Port Stanley, que nos dio la bienvenida con su cartel «Welcome to the Falkland Islands». Fue un alivio estar a resguardo; me fui a dormir escuchando «The Final Cut», de Pink Floyd.

     

    «Desire the right»

     Ya recuperados, salimos a recorrer Port Stanley. El pueblo es muy pintoresco, y la gente muy amable y educada. Todo muy british, muy polite, salvo en lo que a Argentina se refiere —no hay medias tintas para expresar el rechazo—. Por donde uno camine nota cierto aire de nostalgia. Visité el museo y el cementerio: en la historia y en las lápidas quedan las pruebas de tantos pobladores que han muerto en el mar, o en la guerra. 

    Todas las casas exhiben en lugar visible la bandera del Reino Unido, Union Jack, y en varias edificios y vehículos se leen letreros que dicen «Desire the Right», un juego publicitario creado para el referéndum de 2013 que se inspira en el lema isleño y en el nombre del navío de John Davis que, según la versión británica, las descubrió en 1592. Tenía razón mi tutor: para comprender el derecho, es necesario conocer los hechos. 

    «Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito». Como recordó Ernesto Borda, uno de los tripulantes, con esta nota de prensa convocó sir Ernest Shackleton a la tripulación del Endurance para atravesar la Antártida. La historia de este expedicionario enseña que aventureros no son quienes esperan, sino quienes aceptan una invitación de tal calibre. Gente para la cual afrontar, resistir y superar la adversidad son a la vez la meta y el camino. Aquellos que creen en el trabajo en equipo y tienen la habilidad de preservar alta la moral, aun en situaciones extremas. 

    Nosotros nos sentimos aventureros. Fondear en Port Stanley fue alentador y también hondamente satisfactorio. Desconocidos apenas unos días atrás, todos arribamos como cómplices en una travesía que ha dejado huellas perennes en cada uno de nosotros. Coincidimos al hacer el resumen de la travesía: ni individual ni colectivamente somos los que zarpamos. Esa es la consecuencia de navegar. Siempre al echar el ancla hemos crecido.