«Lo más importante es querer a los alumnos, estar siempre disponible»

Texto Blanca M.ª de la Puente González-Aller [Fia 14 Com 14] Fotografía Archivo Fotográfico Universidad de Navarra

Procedente de Barcelona, el profesor Juan Flaquer llegó a San Sebastián en 1971 para impartir Matemáticas en la Escuela Superior de Ingenieros Industriales, especialmente Álgebra Lineal. Desde entonces ha dedicado su vida a la docencia y a la investigación, y se cuentan por miles los estudiantes que han pasado por sus clases. A sus setenta años, apasionado de su profesión y aficionado a la música y a las letras, se despide de las aulas concluyendo así una importante etapa de su vida. 


Hace cuarenta y seis años impartió su primera clase en la Escuela de Ingenieros de la Universidad. ¿Cuáles eran entonces sus expectativas? 

Esperaba llegar a ser un buen profesor. Para eso hacía falta tener unos modelos y tiempo. Tuve la suerte de conocer a los primeros profesores de la Escuela, quienes ejercitaron conmigo esa paciencia que siempre hay que tener con los que empiezan. También la Escuela, a través del Centro Tecnológico Ceit, me brindó la posibilidad de aplicar mis conocimientos a la investigación. Ambas instituciones, junto con las clases, el asesoramiento de alumnos y la posterior innovación educativa llenaron mis expectativas. 

¿Qué es para usted ser un buen profesor?

No es tan solo impartir bien la asignatura de la que es responsable. Es mucho más. Tiene que estar al día de la materia que imparte, investigar, transmitir coherencia de vida, dar buen ejemplo, valorar a los alumnos y quererlos. Un buen profesor sabe «perder el tiempo» con sus alumnos para charlar personalmente, o en pequeños grupos, e interesarse por sus problemas y planes de futuro. Los alumnos tienen que sentirse a gusto con él, sin que ello suponga disminución del nivel de exigencia o pérdida de la relación profesor-alumno. Un buen profesor descubre líneas de trabajo prometedoras y orienta eficazmente a sus alumnos hacia los objetivos que ellos desean lograr. En definitiva: no es separable la vida de un buen profesor de su tarea diaria de enseñar.

 ¿Su jubilación llega en buen momento o le ha faltado tiempo? ¿Cree que se ha dejado algo en el tintero? 

La jubilación siempre se ve lejana hasta que está a las puertas, y entonces le entran a uno prisas para dejar bien acabadas aquellas cosas que piensa que van a ser útiles a los que continúen. El tintero hay que dejarlo cerrado, aunque uno siempre cree que podía haber hecho mucho más.

¿Se va satisfecho de su trabajo?

Yo diría fundamentalmente agradecido. En primer lugar a Dios, de quien todo nos llega como un regalo inmerecido. También a tantas personas que me han ayudado, a tantos de los distintos servicios de la Escuela que hacen posible que sea tan grato el trabajo diario. Si fuera posible un viaje en el tiempo, volvería a solicitar el mismo trabajo.

¿Cómo resumiría su trayectoria docente al frente de tantas generaciones de alumnos?

El docente no nace, se hace. En los primeros años se forja el modo de dar las clases, se adquiere la experiencia y la ciencia necesaria. Más adelante se es capaz de organizar mejor lo que uno desea que los alumnos aprendan y de pedir en los exámenes lo que tiene mayor relevancia por sus aplicaciones en un futuro. Llega un momento en que cada clase es distinta, en el sentido de incluir en ellas la propia creatividad, ya sea en la explicación o en el contenido. Pero lo más importante es querer a los alumnos, estar siempre disponible.

¿Cuáles han sido sus mejores años?

Cada año parte de la experiencia de los anteriores. Mi mejor etapa pienso que ha sido la de los años en los que combinaba la docencia en la Escuela con la investigación en el Ceit. Haber participado en el equipo del profesor Javier García de Jalón, quien desarrolló un método original, el de las coordenadas naturales aplicado al análisis de mecanismos tridimensionales dentro del Departamento de Mecánica, fue para mí un gran reto y un gran honor.

En una entrevista viral que le realizaron en Tecnun decía que corrían «falsos mitos sobre su modesta persona», ¿podría desmentirlos? 

Esta frase la dije en el contexto de personas que creían que había sido jugador de fútbol de un equipo catalán de tercera división. Cosa que no es cierta. Pero sí lo es que me encantaba jugar a futbito y practicar otros deportes.

¿Cómo le gustaría que le recordasen sus alumnos?

Como una persona que les quería y que trató de que aprendieran las Matemáticas pasándolo bien.

¿Qué se lleva de sus alumnos, de sus amigos y de los empleados de la Escuela?

El afecto palpable. Pienso que lo que más ayuda a que el afecto dure es pedir perdón cuando uno se equivoca y perdonar sin esperar a que te pidan perdón. Y saber ser agradecido.

¿Qué consejo le daría al profesor de Álgebra Lineal que cogerá su relevo?

Que no se fije en las cosas que no he sabido hacer bien. Que sea creativo, innovador, ajustado a los tiempos y que piense que se puede ser muy feliz de profesor de Álgebra Lineal.

¿Hay alguna anécdota o recuerdo significativo que haya marcado su paso por la Escuela?

Me impresionó mucho el fallecimiento del profesor Francisco Tegerizo Arnal (1925-1988) en el día de la Virgen de Lourdes, todavía relativamente joven. Fue el primero que llegó para comenzar la Escuela. Un recuerdo inolvidable: su modo de ser sencillo, una cabeza preclara, una dedicación a los demás sin tiempo para él, una sonrisa permanente.

El 29 de noviembre impartió usted su última clase en Tecnun. ¿Cómo fue la despedida?  

Fue inolvidable. Sabía que me tenían preparado algo, pero no imaginaba qué. La última clase debía durar una hora y veinte minutos. Nada más empezar se abrieron las puertas del aula y comenzaron a entrar profesores, personal administrativo y de servicios, alumnos y alumnas, y llenaron los asientos, los pasillos, incluso fuera, porque no cabían. Me emocionó mucho el Coro de Tecnun cantando el «Gaudeamus igitur» con letra adaptada y luego la canción catalana «El rossinyol». Si a esto se unen los demás actos y, sobre todo, contemplar las miradas de afecto de tantos… Más no se puede pedir. 

Tengo entendido que aparte del Álgebra Lineal siente pasión por las letras y las artes. ¿De dónde nacen estas aficiones?

Proceden de cuando vivía con mis padres y hermanos. Mi padre me enseñó música y mi madre escribía y publicaba buena poesía. 

¿Qué es para usted la música y la poesía?

Pienso que música y poesía son casi lo mismo. La música tiene su propio lenguaje y puede transmitir ideas y sentimientos, aunque con la poesía se pueden expresar cosas muy profundas en pocas palabras. Los poemas son como ventanas abiertas de interioridad que esperan que otras ventanas se abran para gozar del mismo sol.

¿Cuál fue y cuándo compuso su primera canción? 

Nunca se me había ocurrido componer música. En los cumpleaños suelo escribir algún sencillo poema. Pero llegó un cuarenta aniversario, hace poco más de diez años, y compuse una canción. Luego, una marcha de boda para un familiar, luego el himno del Colegio Mayor Ayete, y así un buen número de pequeñas obritas musicales hasta el himno de la Universidad de Montevideo y un Avemaría. 

Si tuviera que despedirse con una canción o con un poema ¿cuál elegiría?

Con una poesía que haga referencia a la música, como la que escribí hace ya algunos años y que se titula «A una nota en un ensayo del maestro Rostropóvich».

Ahora que se jubila, ¿va a seguir centrado en el Álgebra o va a dedicar más tiempo a sus aficiones?

Tengo que pensarlo con detenimiento. Se abre un período de mi vida, la que Dios me dé, y me gustaría que fuera útil.

Ha estado muchos años ejerciendo de docente. En líneas generales, ¿qué piensa del sistema educativo actual? 

La contestación requiere de un espacio del que —estoy seguro— no disponemos. La educación actual está más pensada para la integración de los alumnos en el mercado laboral que para formar personas que se den cuenta de que los valores como la verdad, el bien y la justicia están por encima de los intereses meramente individuales. Hay centros educativos que se orientan con un enfoque humanista, centrado en la persona, y no meramente utilitario. El lema del cincuentenario de Tecnun —«50 años formando personas»— iba en esa línea de primacía de la persona.

¿Cree que los alumnos llegan a la Universidad mejor preparados que antes?

Yo diría que no, aunque no se puede generalizar. Un componente importante es la actitud de los propios alumnos: con menor capacidad de sacrificio, con mayor facilidad para las distracciones, con un entorno que les evita cualquier frustración, por pequeña que sea. Se añade a esto la falta de formación humanística y en valores. Últimamente se ha mejorado la formación en Matemáticas, que es lo que yo noto más. 

¿Qué solución ve a ese problema?

Hay que prestigiar y valorar más la figura de los profesores de colegios e institutos, teniendo en cuenta que el hombre del mañana se gesta en sus aulas. No hay que rechazar las cosas buenas del pasado, aunque uno incorpore las últimas tecnologías didácticas en las clases. A este respecto, da la impresión de que se funciona por modas, con euforias de duración limitada.  

¿Cuáles son esas cosas buenas del pasado que no hay que rechazar?

En primer lugar, no descuidar la memoria en el proceso de aprendizaje; tampoco el trabajo individual personal, aunque se potencie el trabajo en equipo; el cuidado de la escritura en los exámenes: ¡qué difícil es encontrar exámenes sin faltas de ortografía o que den explicaciones sucintas y bien razonadas del proceso que se les pide que expliquen!; la autocrítica de los resultados obtenidos. Y, sobre todo, que no hagan un «reseteado» de lo que aprenden una vez que hayan aprobado una determinada materia. Las reválidas del pasado ayudaban a que esto no sucediera. Por último, mantener el respeto dentro y fuera de clase.

¿Cómo recibió la implantación del Plan Bolonia? 

Al principio con mucha curiosidad y un cierto temor. La experiencia es buena. Ayuda a organizar mejor las diferentes asignaturas, también el trabajo de profesores y alumnos, y aporta una mayor flexibilidad de contenidos adaptados al avance científico y tecnológico. 

¿Cree que estamos muy lejos de lograr un sistema educativo tan prestigioso como el de Finlandia?

El informe PISA omite los aspectos más importantes de la formación de las personas. Hace referencia tan solo a unas materias determinadas. Que el fin de parecernos en esas materias a Finlandia esté lejos o cerca importa menos que la voluntad y los medios para llegar a ese otro fin más amplio, que incluye lo anterior, de formar personas competentes y con valores. Buena voluntad hay, ¡ojalá no nos falten los medios ni el acierto