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  • AUNOM. Un puente para los refugiados

    Texto Lucía Martínez Alcalde [Fia 12 Com 14] / Fotografía Eduardo Buxens/Diario de Navarra y Manuel Castells [Com 87]

    «Si tuvieras que dejar tu país y rehacer tu vida en Alepo, en Bakú, en Nairobi, en Bagdad…, ¿no agradecerías que alguien te ayudara?». Es una de las preguntas que se hizo Santiago Martínez, impulsor de AUNOM (Agrupación Universitaria por Oriente Medio). Él y el resto del grupo se han comprometido a construir un puente para los refugiados que llegan a Pamplona y unir esas dos orillas: sus lugares de procedencia y la Comunidad foral. Un puente de entusiastas que saben, como dice Santiago, que «la integración no es dinero, no es una estructura, aunque eso pueda ayudar; la integración es la relación de confianza y de cercanía con tus vecinos y con tus amigos».


    Saadat Baghirova es pediatra y oftalmóloga, y su marido, Kanan, economista. Aterrizaron en España en mayo de 2016 con la ilusión de empezar una nueva vida y con la esperanza de que sus hijos —Rena, de once años, y Gurban, de siete— fueran felices. Huyeron de Azerbaiyán, antigua república soviética, por miedo a la represión política. Saadat, de 36 años, militaba en el principal partido opositor al régimen  y había sido encarcelada en un par de ocasiones. «Al principio no pensé que mi implicación resultara tan peligrosa. Mi padre era muy demócrata —recuerda— y nos educó en la libertad y la responsabilidad. Nos decía: “Si tienes razón, no debes temer y tu obligación es ir hasta el final”».

    Salieron del país de manera clandestina, pagando quince mil dólares a un desco-nocido para que les trajera a Europa. Con toda su vida metida en cuatro maletas grandes y tres pequeñas, viajaron a Turquía para subirse a un avión con destino a Madrid. Después de hacer escala en San Sebastián y Bilbao, recalaron finalmente en Pamplona, donde conocieron a los voluntarios de la Agrupación Universitaria por Oriente Medio (AUNOM). «Gracias a ellos, todo fue diferente. No nos sentíamos solos», confiesa Saadat

    AUNOM nació en octubre de 2015, como epílogo a un ciclo sobre Oriente Medio organizado por el profesor Santiago Martínez. Como él, diez de los alumnos que asistieron y los docentes Rafael García Pérez y Dolores López pensaron que debían hacer algo más. Por un lado, continuar proporcionando claves que ayudasen a entender la actualidad, y, por otro, prepararse para acoger a los refugiados, cuya llegada se preveía ese otoño.

    La inquietud de Santiago por esta región del planeta había surgido un año antes. E-specializado en la Historia de España de los años treinta y docente de una asignatura sobre historia occidental del siglo  xx, se sorprendió cuando el Colegio Mayor Mendaur le pidió que impartiera una charla sobre el ISIS: «Apenas sabía sobre el tema, pero durante un mes estudié, la preparé a fondo y creo que gustó. Después, la Oficina Alumni me planteó dar la sesión en diferentes ciudades por el interés que suscitaba entonces el yihadismo».

    Comprender para ayudar

    La primera mesa redonda de AUNOM, sobre inmigración, congregó a trescientas personas. En los dos años de actividad de la agrupación, sesenta ponentes han participado en conferencias y coloquios. «Queríamos conocer más para no vivir ajenos. La necesidad de informarnos estaba unida al deseo de ponernos en el lugar de los refugiados y así ayudar mejor», afirma Elena Terán, entonces alumna de Historia y Periodismo, y una de las impulsoras de AUNOM. 

    Los refugiados llegaron a Navarra en mayo de 2016. Santiago acudió con un estudiante a la residencia de Cruz Roja. Eran treinta. Y no solo procedían de Oriente Medio, sino también de África. «Les explicamos que queríamos ser un puente que les ayudara a su integración», cuenta el profesor. Les invitaron a conocer la Universidad al día siguiente. La visita transcurrió muy bien hasta que Santiago propuso hacer una foto de grupo. Entonces uno de los varones árabes dijo: «Mujeres no». «Ahí constaté la presencia de un muro. La integración no iba a ser fácil, ya que abarca la identidad, la mentalidad, la cultura... Puedes estar físicamente en Navarra, pero psíquicamente en una Alepo destruida, en una Siria destrozada...», argumenta. Solo una mujer musulmana permaneció ante el objetivo de la cámara: Saadat.

    Con el comienzo del curso 2016-17, los voluntarios de AUNOM organizaron paseos por Pamplona con la idea de que los recién llegados pudieran ir descubriendo la ciudad. También quedaban en cafeterías para hablar.  Verónica Viteri había venido desde Ecuador para estudiar el Máster en Derechos Humanos en el campus. En cuanto supo qué era AUNOM se incorporó a los “planes de café”. Recuerda el primero al que acudió: «Justo ese día uno de los refugiados, procedente de Camerún, cumplía años. Entonamos el Cumpleaños feliz y él comentó que no recordaba la última vez que alguien se lo había cantado». 

    Refugiados vs. seminaristas

    «Nos gustaría practicar un deporte», dijeron los refugiados a Santiago cuando les preguntó qué más podían hacer por ellos. Nicolás Gastaldi, seminarista de la diócesis de Minas-Uruguay, y residente del Colegio Eclesiástico Internacional Bidasoa, se encargó de poner en marcha los partidos de fútbol. Empezaron en noviembre de 2016, con cuatro refugiados. Ahora son más de treinta. «Ante la barrera del idioma, jugar en equipo facilita romper el hielo», afirma Nicolás. Desde el primer momento los refugiados disfrutan del deporte, «aunque el dolor se siga viendo en sus caras». «Llegan golpeados, pero no cerrados. Hay historias muy duras —prosigue—. Uno de ellos caminó desde Camerún hasta Marruecos en un viaje de casi tres años, muchos huyen de la guerra, algunas familias están amenazadas de muerte, quienes vienen de Siria han visto al ISIS destruirlo todo. A nosotros nos dan esperanza: es bonito ver cómo van siendo más felices, cómo hablan mejor en español, algunos han conseguido trabajo…». 

    El seminarista subraya que la diferencia de credo no ha supuesto ningún problema: «No hay choque religioso porque hay amistad». Una amistad que ha forjado vínculos también entre las familias. Cuando las esposas y los hijos comenzaron a asistir a los encuentros, a Nicolás y sus compañeros se les ocurrió organizar meriendas para disfrutar de un momento que compartir tras el partido. Esos lazos se extienden más allá del campo de fútbol. Varios de los refugiados —musulmanes, entre ellos— acudieron a la ordenación diaconal de los compañeros de Nicolás el curso pasado. Y este año, los seminaristas están invitados a la boda de uno de los refugiados de Latinoamérica. Nicolás es licenciado en Negocios Internacionales, trabajó durante ocho años, tuvo novia… y en 2014 descubrió su vocación al sacerdocio: «Una de las características de un católico es saber acoger, y la amistad es la manera de lograr la integración». Santiago apoya esta idea, como base de los tres pilares que se consideran fundamentales en este proceso: «Puedes tener vivienda, idioma y trabajo y, sin embargo, no sentirte parte de la comunidad».

    Cafés, clases y un trabajo

    Durante los primeros meses en Pamplona los Baghirov vivieron en una residencia, pero pronto alquilaron un piso, algo que en su caso no supuso un problema al ser una familia y hablar castellano. Para otros no resulta tan sencillo, y por eso los voluntarios de AUNOM les ayudan a gestionarlo. Elena Terán formó parte del equipo que acompañaba a mujeres árabes a las inmobiliarias. Elena tiene 23 años y una gran experiencia en voluntariado que ha desarrollado en Hungría, Lituania, México, Perú y Costa Rica. Su primer acercamiento al mundo árabe fue en 2012, cuando pasó el verano en Líbano. Allí vio el drama de los refugiados, que luego ha conocido más de cerca en Pamplona. Entre todas las historias de quienes han huido de sus países, la de Saadat le impactó: «Me sobrecogió ver a alguien con las ideas tan claras y tanta fuerza para luchar por sus convicciones. ¿Habría sido yo capaz de hacer lo mismo? Saadat no cedió a las presiones porque quería poder hablar a sus hijos de honor y valentía». 

    Con el idioma controlado, un grupo de amigos y un lugar donde vivir, Saadat se propuso alcanzar la siguiente meta: ejercer su profesión. En febrero de 2017 encontró trabajo como médico en una localidad gaditana. Durante la fiesta de despedida que prepararon los voluntarios de AUNOM, un ingeniero ucraniano se acercó a Santiago: «Yo sé inglés, ruso y ucraniano, pero necesito hablar castellano para conseguir un empleo». Veinte estudiantes se ofrecieron a impulsar esta actividad. Organizaron clases de dos o tres personas por niveles. Los asistentes son sobre todo africanos, ucranianos y algunos sirios. El curso pasado fueron más árabes, que ahora suelen preguntar dudas por whatsapp a quienes fueron sus profesores.

    Verónica Viteri es la encargada de coordinar esta actividad.  «Entro feliz a dar la clase y salgo más feliz aún», confiesa esta joven de 28 años, que agradece que el Instituto de Lengua y Cultura Españolas (ILCE) les diera claves sobre cómo enseñar español a extranjeros. «Mis padres son muy buenos y siempre nos han inculcado a mis hermanos y a mí la preocupación por los demás, pero aquí he visto que esa preocupación es un deber. Al conocer a los refugiados me di cuenta de que todos somos responsables los unos de los otros», reflexiona Verónica. «Aprendí de mi amiga Chris Valenzuela que en el voluntariado había que ser tan profesional como en el trabajo
    —recalca—. Lo más importante es el compromiso con la persona que tienes enfrente, y experimentar el gusto y la necesidad de compartir y de servir a los demás».

    Como los planes de café y los partidos de fútbol, el refuerzo de castellano también contribuye a la integración. «Empiezas con desconocidos y luego surge la amistad», explica Verónica, y añade que «esa confianza les facilita la vida. Por ejemplo: uno de los alumnos me contó que no iba al médico porque le daba reparo, al no saber cómo expresarse. A raíz de eso, preparamos una clase con vocabulario específico». Verónica celebró con los refugiados su primer cumpleaños en Pamplona. Saadat preparó un pastel y todos le cantaron, cada uno en su lengua, lo que recuerda agradecida como el Happy Birthday más multicultural que ha tenido nunca.

    Enriquecer el puente

    La última iniciativa que ha surgido son las reuniones de familias navarras y familias refugiadas: los padres charlan, los niños se divierten. También es una oportunidad para que los autóctonos conozcan los talentos profesionales de los refugiados y, gracias a eso, algunos han conseguido trabajo. «Vamos sumando al puente, lo enriquecemos, y si podemos techarlo, lo hacemos, no para construir un gueto, porque un puente es un lugar de paso, sino para que sea más cálido. Porque es muy duro resetear tu vida y empezar de cero», defiende Santiago.

    Comprender, ayudar y sensibilizar son los objetivos de AUNOM. «Denunciar lo que está mal es legítimo, pero creo que ha llegado el momento de arremangarse y dedicar energía a un proyecto que beneficia a toda la sociedad», afirma el profesor. En este camino, agradece la colaboración de la Universidad: la cesión de instalaciones deportivas, de aulas para las clases, el apoyo de la vicerrectora de Relaciones Internacionales, Pilar Lostao, y del vicerrector de Alumnos, Tomás Gómez-Acebo; la difusión de Alumni; los voluntarios de Tantaka…

    ¿Qué más se puede hacer por los refugiados? «Eso hay que preguntárselo a ellos —responde Santiago-— sin caer en el paternalismo. Estas personas han sufrido mucho en el país de origen, en el tránsito y aquí. Pero nadie puede reemplazar su tesón, su voluntad y su constancia por buscar un trabajo, por encontrar una vivienda, por aprender el idioma».

    Esa fortaleza y ese empuje no le faltan a Saadat. Tras conseguir su primer empleo en España aprobó el examen de nivel B2 de castellano [avanzado/intermedio alto]. De Cádiz fueron a Valencia. Y ahora se han trasladado a Tarragona. «Donde haya trabajo, allí iremos —es la máxima de Saadat—. Prefiero tener un euro como retribución a mi trabajo que cinco recibidos sin habérmelos ganado. Quiero que no les falte nada a mis hijos, pero también que aprendan a ser responsables». Navarra ha sido su lugar favorito por una razón muy clara: «Los chicos de AUNOM eran más que unos amigos: eran una familia. Les echamos muchísimo de menos».

    AUNOM sale adelante gracias a personas comprometidas. Cualquiera podría colaborar de manera puntual en un proyecto, pero para que no sea una solidaridad intermitente se necesita algo más. Según explica Santiago-: «No solo los refugiados tienen muros. También nosotros. Pero el deseo de comprender y la fuerza del corazón pueden demoler prejuicios. En primer lugar, los propios».