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Don Juan Tenorio, burlador y valiente... sinvergüenza

Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  16 de abril de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

Tirso de Molina creó en su Burlador de Sevilla (que la Compañía Nacional de Teatro Clásico está poniendo otra vez en escena esta temporada) un mito que fue capaz de vivir encarnado en muchos personajes posteriores de Molière, Zorrilla, da Ponte y Mozart, Unamuno, Torrente Ballester... y así hasta más de quinientos. El don Juan original, padre de todos los demás, es curiosamente, uno de los menos conocidos. Sufre así una especie de fatalidad de la cultura española, de la cual no son los menores culpables el complejo de inferioridad hispánico, la ignorancia de los clásicos y la petulancia de muchos llamados intelectuales: semejantes especímenes se distinguirán fácilmente porque asegurarán muy serios que «el mejor don Juan es el de Molière». ¡Muy señores míos!: Molière fue un genio del teatro cuyo don Juan no puede competir con la durísima, dinámica e inmisericorde obra de Tirso de Molina, que además es mucho más entretenida que la pretenciosa pieza francesa. El don Juan de Molière habla demasiado: filósofo dicen algunos que es... ¿Pero qué requiere un don Juan filósofo? ¿A qué viene tanta palabrería? ¡Si don Juan no habla! Se limita a actuar. Y cuando habla es para ir directamente a sus objetivos de burla, engaño, logro de su deseo, no para quedar en la posteridad como un ejemplo del racionalismo francés que tanto admiran los que no gustan mucho del teatro.

A don Juan (de Tirso, el auténtico) lo conocemos en la oscuridad de la noche, en el palacio de Nápoles. Ha entrado en la habitación de la Duquesa Isabela fingiendo ser su prometido, un tal Duque Octavio. Isabela, que después de la entrega se siente romántica, quiere encender la luz para alumbrar un diálogo amoroso que poco le importa al burlador. «Matarete la luz yo», advierte el galán, y la dama se da cuenta por primera vez de que el embozado no es Octavio (la conversación de los dos ha debido de ser por señas: Isabela no se percata hasta que es demasiado tarde de que ha sido gozada por un desconocido). «¿Quién eres?» pregunta indignada. «Un hombre sin nombre», contesta don Juan (manera de decir con relativa elegancia «¿A ti qué te importa?»), y se lanza por el balcón en la primera de sus fugas. Isabela, con poca discreción, se pone a gritar, descubriendo a la corte el episodio, del cual sale luego como puede acusando al pobre Octavio de haber sido el responsable. A partir de este momento Octavio se convierte en un desgraciado peregrino a cuyos dolores y deshonras nadie hace caso, que todos usan para hacer lo que no deben y al que nadie quiere ni respeta. ¡Es el destino del Duque! ¡Si hubiera sido tan sinvergüenza como don Juan quizá le hubiese ido mejor en compañía de semejantes bellacos! A don Juan lo sorprende en el jardín su tío, embajador del rey de Castilla en Nápoles, y lo ayuda a escapar, guardándole el secreto, que para eso es de la familia.

Esta primera aventura de don Juan lo retrata de cuerpo entero: no le interesan las empresas artísticas ni elaboradas; no hace poesías cuando no lo necesita; si puede gozar a una mujer con un engaño práctico, aunque sea burdo, no pierde el tiempo con florituras. Es también una especie de torbellino: cuando burla a una mujer ya no le interesa: busca a otra, una burla nueva de la que huirá enseguida.

Don Juan es movimiento, no piensa, no reflexiona sobre el bien y el mal, no hace caso a los avisos de su criado Catalinón, asustado de tantas canalladas como perpetra su amo. De Nápoles se va a España y tiene la mala suerte de naufragar en las costas de Tarragona, donde lo recoge medio ahogado la pescadora Tisbea, otra burlona que desdeña a todos los pescadores de la región, enamorados de ella. Pero no es enemiga para don Juan. Ahora sí hablará este caballero salido del mar, prometerá amor eterno y jurará arder en los ojos de la bella pescadora, que cae inmediatamente en sus brazos y pierde la honra y dos yeguas que le roba don Juan para escaparse de nuevo.

De Nápoles a Tarragona y de allí a Sevilla. Don Juan intenta repetir la burla primera: disfrazado de su propio amigo, el Marqués de la Mota (otro joven noble tan corrompido como don Juan, pero mucho más tonto) se mete en casa de la novia de Mota, doña Ana, hija del severo Comendador de Ulloa. Las cosas se complican y don Juan, sorprendido en su operación de ataque, mata al Comendador y huye.

Todos estos episodios no bastan para que las autoridades tomen medidas. Don Juan es un noble importante y goza de impunidad. Su padre es el favorito del rey, y eso le permite hacer su gusto sin temor a los castigos, como recuerda al miedoso Catalinón:

Si es mi padre

el dueño de la justicia

y es la privanza del rey

¿qué temes?

Con las manos aún manchadas de la sangre de Ulloa encuentra una boda campesina, en la que Batricio se está casando con Aminta. La escena de placidez rural estalla con la irrupción del venenoso caballero. Ofrece su mano a la novia y amenaza al novio con matarlo si se opone a sus propósitos. ¡Grande valentía la de este Héctor sevillano que se considera a sí mismo como el gran burlador de España!

Las cosas han llegado muy lejos: profanación del palacio del rey, burla del sacramento del matrimonio, resistencia a todo arrepentimiento, abuso de la posición social, intento de violación de doña Ana de Ulloa, asesinato del Comendador... El rey castellano no cumple con su deber y deja a don Juan que instale el caos y la desgracia por donde pasa. La justicia divina se ve obligada a actuar. Un día topa don Juan con la estatua funeral del Comendador, y para completar sus burlas la invita a cenar a su casa. La estatua acepta el convite y lo devuelve cortésmente invitando a su homicida para otro banquete. Don Juan no quiere quedar por cobarde y sigue neciamente el juego, sin entender que ese convidado de piedra no es cosa de este mundo. Pero a don Juan nunca le han puesto obstáculos, siempre ha hecho lo que ha querido y al parecer no se le ocurre que burlarse de muertos y estatuas que andan no es lo mismo que reírse de Duquesas lascivas y campesinas ingenuas. Cuando acude a la macabra cena se abre un precipicio y don Juan se va para el infierno envuelto en llamaradas. Tarde ya se pone a gritar «¡Confesión, confesión!».

Tirso de Molina, poeta barroco, es decir, razonable, nada sentimental, sólido y de seria doctrina, no puede perdonar al desdichado don Juan. Serán los románticos como Zorrilla los que no puedan resistir que este pecador impenitente se condene, y lo salvan: Zorrilla hace que su don Juan, incluso, se enamore, algo todavía más extraño que ponerlo a filosofar. ¡Si don Juan no se puede enamorar! ¡En cuanto se enamore ya no es un don Juan! Queda bonito, eso sí, el tierno sentimiento del héroe de Zorrilla:

No es, doña Inés, Satanás

quien pone este amor en mí;

es Dios, que quiere por ti

ganarme para Él quizás.

No, el amor que hoy se atesora

en mi corazón mortal

no es un amor terrenal

como el que sentí hasta ahora.

Pero este no es el burlador. Este es un buen hombre que quiere sentar la cabeza con su doña Inés, y que al fin se irá al cielo entre angelitos voladores y guirnaldas de flores.

Lo curioso es que en su adptación del Burlador de Tirso Carmen Martín Gaite se empeñó también en salvar a don Juan (debió de resultarle simpático o quizá, ciertamente, el tal caballero tiene su atractivo) y completó la comedia del Siglo de Oro con unos versitos finales para otorgarle su perdón, echando por tierra todo el trabajo de Tirso de Molina, que ¡sabía muy bien lo que se hacía! Y del Duque Octavio, que anda todavía por ahí quejándose, nadie se acuerda. ¡Por no ser tan sinvergüenza como su burlador!

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