Noticias© Comunicación Institucional, 30/11/2006

Universidad de Navarra

El nombre del sexo

Autor: Jaime Nubiola
Profesor de Filosofía
Universidad de Navarra

Fecha: 30 de noviembre de 2006

Publicado en: La Gaceta de los Negocios (Madrid)

He leído con atención el proyecto de “Ley reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas”, que acaba de ser aprobado en la Comisión de Justicia del Congreso y remitido al Senado. Muchos de los que se oponen a este proyecto lo hacen porque implica que una persona podrá cambiar el sexo en el registro civil sin necesidad de operación quirúrgica ni de resolución judicial: será suficiente con el diagnóstico de una “disforia de género” acreditada mediante el informe de un médico o un psicólogo colegiado. En contraste con la aparente facilidad para cambiar la mención del sexo en el registro sin necesidad de someterse a cirugía de reasignación sexual, me ha llamado la atención que la nueva ley exija al transexual cambiarse de nombre para que no resulte confusa su identificación sexual. “La rectificación del sexo -se afirma taxativamente en el artículo 1º- conllevará el cambio del nombre propio de la persona, a efectos de que no resulte discordante con su sexo registral”.

La propia expresión “sexo registral” suena un tanto chusca. A mí me parece poco compatible con la libertad que caracteriza nuestro sistema social el que a una persona se le obligue a adoptar un nombre que lo identifique sexualmente. No sólo todos conocemos a varones que se llaman “Trinidad”, “Cruz” o “Reyes”, sino que buena parte de nuestros conciudadanos fueron registrados sin dificultad alguna como “José María”, “Juan María”, “María José” o tantos otros parecidos en los que figura un nombre prototípico de varón y otro de mujer. De hecho, en Estados Unidos una buena parte de los nombres no están marcados sexualmente, por lo que a menudo no es posible inferir del nombre si su portador es varón o mujer. No me refiero sólo a los nombres más creativos de la fantasía americana, sino que “Chris”, “Fran”, “Jean”, “Leslie”, “Pat”, “Robin”, “Terry” o “Tony” se usan indistintamente para unas y para otros.

Esta ambigüedad sexual de los nombres ha comenzado a aparecer en España con la difusión de nombres en euskera que son desconocidos en el resto de la comunidad hispanoparlante. Un alto cargo administrativo de mi Universidad se llama “Unai” y con frecuencia recibo mensajes de candidatos al doctorado preguntándome si deben dirigirse a Unai por escrito como “distinguido señor” o “distinguida señora”. Los ejemplos podrían enumerarse hasta el infinito (“Izaskun”, “Odei”, etc.), y con seguridad cada uno de los lectores tendrá en su memoria algunas otras personas cuyo nombre no transparenta su condición sexual tal como les exige a los transexuales la nueva legislación.

Saul Kripke, el lógico más destacado de la segunda mitad del siglo XX, ha cambiado radicalmente la concepción que se tenía de los nombres propios en la filosofía del lenguaje contemporánea. Inspirándose más o menos lejanamente en John Stuart Mill, sostuvo con enorme éxito que los nombres propios son designadores rígidos, que se refieren rígidamente a una persona o a un lugar, sin que indiquen ninguna propiedad de su portador. Kripke defiende que los nombres propios tienen referencia, pero no sentido. Sirven para referirse a aquella persona, lugar o cosa a la que bautizamos con ese nombre, pero de ordinario no nos dicen ninguna cualidad de ella. Por poner un ejemplo, el nombre propio “Valencia” se aplica a una ciudad española, a un equipo de fútbol, una ciudad venezolana, a alguna calle de muchas ciudades, a una horchatería de mi barrio, y es incluso un apellido relativamente frecuente.

Los nombres propios significan lo que significan, porque en un determinado momento quien podía decidió usarlo de una determinada manera, bautizando así a una persona, a un animal o a un lugar. Ni Jerez de la Frontera va a cambiar su nombre porque ya no esté en la frontera, ni Villahermosa del Río va a cambiar el suyo, porque -como me decía un natural de allí- sea el pueblo más mentiroso de España, porque no es villa, ni es hermosa, ni tiene río.

Los nombres propios designan rígidamente a su referente. Los nombres de personas o de animales no llevan un apéndice que exhiba el sexo de su portador. Hay nombres con los que se bautiza tradicionalmente a los niños y nombres que se asignan más frecuentemente a las niñas, pero también hay muchos nombres familiares o diminutivos que son ambiguos a este respecto. Cuando oímos hablar de “Jose” con el acento en la primera sílaba, no sabemos si se trata de un varón o de una mujer, pero quizá ni falta que hace. Con la creciente globalización (“Charbel”, “Ilya”, “Joyce”, etc.) esta opacidad sexual será cada vez más común.

Conviene pedir a los padres que pongan nombres que no resulten onerosos a los hijos y hay que permitir a los adultos que reajusten sus nombres cuando sea preciso. Sin embargo, sorprende que una legislación que se aplica precisamente a personas con problemas de identificación sexual les obligue, quizás incluso en contra de su voluntad, a transparentar su sexo en el nombre. En el sexo el nombre no hace la cosa.

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