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Una hoguera de rencor abrasa a Comala
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 30 de noviembre de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Lluvia, viento, sol ciego y rumores de muertos, muertos antiguos cocinándose en un caldo de antiguas y eternas angustias. Es Comala. Un lugar que está sobre las brasas de la tierra, al que llega Juan Preciado en busca de su padre para ajustar las cuentas de su abandono. «Hay allí, pasando el puerto de los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche». Así le ha descrito a Comala su madre con el recuerdo de un pasado ya perdido para siempre.

Hubo, es cierto, un tiempo más feliz, de llanuras verdes con espigas movidas por el viento, en que flotaba el aroma de la alfalfa y del pan, cuando Comala olía a miel derramada... Tiempo lleno de perfumes y sonidos, de mañanas de una luz azul en la que reían los gorriones: «picoteaban las hojas que el aire hacía caer y reían; dejaban sus plumas entre las espinas de las ramas y perseguían a las mariposas y reían. Era esa época». Pero lo que halla Juan Preciado es un pueblo de harapos, habitado de muertos que toman la palabra para contar su desconsuelo, perturbado por el crujir de las paredes y los culatazos en las puertas, los gritos de los ahorcados y los bramidos de los toros... Entre la Comala viva y la muerta está Pedro Páramo, un inextinguible rencor que ha destruido el pueblo como una plaga bíblica.

Páramo es un cacique que consigue alzarse con el dominio sin reparar en medios: se casa con Dolores Preciado para no pagarle una deuda, ahorca a su vecino Toribio Aldrete para apoderarse de sus tierras, venga con tremendas matanzas la muerte de su padre y lanza a sus secuaces a la revolución para proteger sus intereses. La vida de Pedro Páramo transcurre bajo el signo de la violencia y el egoísmo. Habita, impiadoso, un territorio de destrucción.

Con palabras de inevitable poesía Juan Rulfo traza el mágico mapa del dolor de Comala, universo mítico de ánimas en pena y caballos muertos que galopan por las calles, y mundo esencial de tragedias humanas hecho de culpas, esperanzas y sueños, en el que la omnipresente muerte no distingue límites con la vida ni con el amor...

Entre la ambición y la codicia, la lujuria y la soberbia, entre la densa amargura que la envuelve, solo brilla en la vida de Pedro Páramo el amor por Susana San Juan, la más bella mujer sobre la tierra: «Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes. De ti me acordaba. Cuando tú estabas allí mirándome con tus ojos de agua marina». Pero ni el amor puede sobrevivir a la corrupción de la violencia y Páramo manda asesinar al padre de su amada para eliminar estorbos. Susana, que está enamorada de su marido Florencio (¿existió alguna vez Florencio o es una ilusión de Susana, una fuga de la Comala que repudia?), enloquece cuando él muere: Pedro Páramo solo podrá tener a una mujer loca, perdida en la evocación de su marido, sumergida en pesadillas de amor que se desarrollan en playas marítimas en las que Páramo no existe.

A la muerte de Susana las campanas tañen durante días, haciendo creer a los conterráneos que en Comala se celebra una fiesta, y los funerales se transforman en una feria: «Enterraron a Susana San Juan y pocos en Comala se enteraron. Allá había feria. Se jugaba a los gallos, se oía la música; los gritos de los borrachos y de las loterías. Don Pedro no hablaba. No salía de su cuarto. Juró vengarse de Comala. -Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre. Y así lo hizo». Desde entonces la tierra se queda baldía y en ruinas, se llena de achaques, se contamina de plagas y la gente se consume y abandona el pueblo o muere. En las conversaciones de los fantasmas puede el visitante (Juan Preciado o el lector) asomarse a estos hechos aciagos y al horizonte único de su desesperanza: «Fue cuando yo empecé a morirme de hambre. Y todo por las ideas de don Pedro, por sus pleitos de alma. Nada más porque se le murió su mujer, la tal Susanita. Ya te has de imaginar si la quería», «Yo me quedé porque no tenía adónde ir.

Otros se quedaron esperando que Pedro Páramo muriera, pero pasaron años y años y él seguía vivo como un espantapájaros frente a las tierras de la Media Luna», «Cuando le faltaba poco para morir vinieron las guerras esas de los cristeros y la tropa echó rialada con los pocos hombres que quedaban», «Ya de por sí la vida se lleva con trabajos. Lo único que la hace a una mover los pies es la esperanza de que al morir la lleven a una de un lugar a otro, pero cuando a una le cierran una puerta y la que queda abierta no más es la del infierno, más vale no haber nacido»...

Pedro Páramo queda durante años mirando el camino del camposanto por donde se ha ido Susana, cuyo mundo nunca llegó a conocer. En la más completa soledad busca desesperadamente en otras mujeres a su amada, mientras se desgaja por dentro. Un borracho alucinado, como en un último acto que más es de piedad que de justicia o venganza, apuñala a don Pedro, quien todavía intenta en vano caminar apoyado en los brazos de Damiana Cisneros: «Después de unos cuantos pasos cayó suplicando por dentro, pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras». Comala, oscuro reino del espanto, no tendrá mañanas azules, ni grillos ni gorriones risueños, ni olores de alfalfa y miel. Ni siquiera sabemos si de verdad existe, si no habrá sido todo una alucinación de Juan Preciado. Bajo el milenario camino de la noche y del ciego sol, queda nada más la lluvia, el viento y los rumores de los muertos. Es un lugar que está sobre las brasas de la tierra. Es el infierno del rencor de Pedro Páramo.

-¿Conoce usted a Pedro Páramo? ¿Quién es? -le pregunté.

-Un rencor vivo -me contestó.

Pero no hay solo el rencor de Pedro Páramo, sino el pecado colectivo de la desidia, la anulación de las ilusiones, el desánimo. Rulfo lo ha explicado en otro lugar: «En realidad es la historia de un pueblo que va muriendo por sí mismo. No lo mata nada. No lo mata nadie. Es el pueblo. El pueblo que nunca tuvo conciencia de lo que podía desde la situación en que estaba. En primer lugar un pueblo fértil, lleno de agua, de árboles, de clima maravilloso. Cómo aquella gente dejó morir el pueblo. Cómo se justificaba el querer abandonar aquellas cosas. Su casa, todo. Por qué han dejado arruinar todas aquellas tierras...».

Páramo es Comala y Comalas hay muchas en el mundo, hechas de ilusiones perdidas, de dolores a los que solo poetas como Juan Rulfo saben ponerles nombre.

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