Noticias© Comunicación Institucional, 30/08/2007

Universidad de Navarra

Jesús de Nazaret

Autor: Rafael Domingo
Catedrático de Derecho Romano
Universidad de Navarra

Fecha: 30 de agosto de 2007

Publicado en: Diario de Navarra

Acaba de publicarse en castellano el libro de Benedicto XVI sobre Jesús de Nazaret. Tras decenios de investigación personal -y meditación de los Evangelios-, Joseph Ratzinger reflexiona sobre la persona de Jesucristo. Le mueve a ello su intenso deseo pastoral y la necesidad que tiene la Iglesia de mostrar el rostro del Hijo de Dios, uniendo inseparablemente el Jesús de la Historia con el Cristo de la Fe. Así, con constancia germana, el sucesor de Pedro, apurando los pocos ratos libres de que dispone, nos ha obsequiado la primera parte de un libro fundamental, que ha de marcar un hito en la extensa bibliografía sobre el Salvador.

La obra, aunque difícil, se lee de un tirón. He aquí la suerte -y la desventura- de quienes hemos hecho del ocio nuestro negocio. En esta era de los mass media, muchos libros son publicados. Algunos prometen. Pocos interesan. Y casi ninguno cautiva. Menos aún si se trata de autores contemporáneos. Sí recuerdo haber leído con fruición la Privatrechtsgeschichte der Neuzeit del gran historiador alemán Franz Wieacker. También a Habermas, Carl Schmitt, Ortega y Gasset, Guardini, Lon Fuller, y, como no, a Eugenio d’Ors y a su hijo -y maestro mío- Álvaro d’Ors. Con estilos muy distintos, todos ellos poseen una vis atractiva difícilmente igualable. Ratzinger, germano y romano a la vez, sin duda, pertenece a esa gens selecta.

Cuando uno se enfrenta a un libro excelente, enseguida se percata de ello. Y éste de Benedicto XVI, lo es. Todo en él rezuma la austera y sencilla Gelehrsamkeit de la sabiduría teutona. En el libro del Papa, no hay esnobismo, ni falsa erudición. Mucho menos historicismo, jamás sensiblería. Ni corrección política o teológica, que, por desgracia, también existe. En estas páginas, brillan, en cambio, la sencillez, la pulcritud y la profundidad de quien aborda cuestiones complejas sin perder el trazo firme y seguro del veritalista que ha gastado su vida buscando el rostro de Cristo. Es, pues, un libro valiente, ya que si algo prolifera en la literatura religiosa de todos los tiempos son las obras de este género. Muchas de ellas consagradas, y algunas relativamente recientes, como las de Karl Adam, Romano Guardini, Franz Michel Willam, Giovanni Papini o Henri Daniel-Rops, a los que el propio autor menciona en su prólogo.

Con una bibliografía extremamente deudora de sus Länder, salvo honrosas excepciones, como la de su querido amigo Henri de Lubac, Ratzinger recupera la tradición de escribir sobre Cristo a partir de las fuentes evangélicas, asumiendo las bondades del método histórico-crítico, que tanto ha aportado a la Teología, pero que, como todo exceso, la ha conducido, en ocasiones, a un callejón sin salida, a un reduccionismo insano, a una suerte de empacho positivo, propio de quien no quiere ver más allá de una metodología formal que desprecia la reflexión teológica.

Aunque no soy teólogo -ni hijo de teólogos-, creo que puedo pronunciarme sobre la cuestión del método, pues afecta a todas las ciencias humanas. También al derecho romano, al que me dedico. Los frutos del método histórico-crítico son abundantes en muchas ramas del saber, es cierto, pero de nada sirve recogerlos si después no se reparten entre los hombres como alimento. Y es aquí donde la interpretación teológica juega un papel determinante, que el Papa quiere defender a capa y espada, como el teólogo de raza que es. Otro modo de actuar puede acabar creando una imagen esquizofrénica, disgregada, peligrosamente sesgada de Jesucristo.

Una vez más nos encontramos ante el gran problema de nuestro tiempo: la purificación de la razón, que afecta también a la esfera de la fe. En efecto, la fe cristiana es razonable, incluso racional; sin embargo, pretender racionalizar la fe sobre todas las cosas oculta un oscuro designio de destrucción. El método histórico-crítico es un buen camino, un instrumento útil, una herramienta eficaz de trabajo, pero, como todo método, es medio, nunca fin. Por eso, sólo quien es consciente de las propias limitaciones metodológicas sale airoso de una investigación.

Dividido en diez capítulos, el libro de Ratzinger centra su atención en la vida pública de Jesús: desde el Bautismo en el Jordán (capitulo I) hasta la confesión de Pedro (capítulo IX.1) y la transfiguración (capítulo IX.2). La obra está salpicada de agudas reflexiones sobre la actualidad, como por ejemplo la que contrapone los monasterios benedictinos de Occidente, verdaderos oasis de la creación, con la central nuclear de Chernóbil, auténtico infierno de destrucción.

El último apartado del capítulo final, el décimo, es, en mi opinión, el más logrado. Ahí vemos a un Benedicto XVI filósofo, exégeta, pastor, intelectual y teólogo al mismo tiempo, desentrañando con gran acierto el sentido del nombre de Cristo como el que es: “Yo soy”. Sí, Jesucristo es la única persona que puede decir siempre y en todo momento, en presente -sin apelar a un pasado para nosotros inexistente o a un futuro desconocido-: Yo Soy. Jesucristo, por ser Dios, es Amor, y por eso no es un Fue cansado ni un Será dubitativo, sino un Es amante, que no se agota amando, pues el amor perfecto, divino, a diferencia del humano, no tiene fin. He aquí la esencia misma del Amor de Dios. Amar sin poder, sin querer dejar de amar. Éste es Jesús de Nazaret. Joseph Ratzinger, con su poderosa inteligencia, nos ayuda a comprenderlo.

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