Noticias© Comunicación Institucional, 30/06/2005

Universidad de Navarra

Fotoperiodismo en tiempos de crisis

Autor: Juan Cañada
Profesor de Fotoperiodismo
Universidad de Navarra

Fecha: 30 de junio de 2005

Publicado en: La Caja (revista cultural)

Siempre se ha pedido al periodista objetividad e imparcialidad a la hora de redactar sus noticias. Forma parte de cualquier profesión la honradez en el ejercicio de sus funciones. Al igual que a un banquero se le pide que sea honrado en sus transacciones, al periodista se le exige que escriba lo que ve, lo que escucha, e incluso lo que huele, y no otra cosa. Es el fotoperiodista al que le resulta más difícil faltar a la verdad, pues la cámara fotográfica no engaña (a no ser que se manipulen los negativos o los registros informáticos), lo que se ve en una fotografía es lo que hay y no otra cosa. Es obligación del fotoperiodista no ocultar en sus composiciones, alguno de los elementos que pudieran afectar al correcto entendimiento de la acción informativa. Es por eso por lo que la intencionalidad en el fotógrafo no debería existir, aunque de un modo u otro existe.

El informador gráfico es un notario de la historia. Sus imágenes, libres de manipulación, serán referentes para los futuros investigadores de un mundo de cambios vertiginosos. Pero también forma parte de su trabajo ayudar a cambiar la actitud de la sociedad respecto a los conflictos que vivimos.

Con frecuencia ha sido una cámara fotográfica la que ha removido los corazones de muchas personas. A modo de ejemplo sirva la fotografía que hizo William Albert Allard en Puno (Perú). Un joven pastor lloraba desolado tras el incidente en el que un taxi arrolló a sus ovejas y mató a seis de ellas. La fotografía fue publicada en National Geographic produciendo en sus lectores un sentimiento de solidaridad con el niño, y de modo espontáneo se recogieron más de de 7.000 dólares que sirvieron como compensación al pobre pastor.

Por suerte la imagen llega al fondo del corazón, es un aldabón con el que se llama a lo más profundo del alma humana. Las hambrunas en Somalia (1992 y 1993) fueron fotografiadas por cientos de fotógrafos de todo el mundo. Las imágenes eran patéticas y exigían solidaridad y trabajo por los menos favorecidos. En este caso no sólo se procuró alimento para una población que agonizaba por la carencia de sustento, también se procuró la ayuda militar para erradicar los focos bélicos originados por grupos triviales.

Tal vez pueda considerarse como una fotografía emblemática la que realizó Kevin Carter en Sudán en marzo de 1993, y gracias a la cual ganó el premio Pulitzer de fotografía. En la fotografía se puede apreciar una niña famélica que espera la muerte en la aldea sudanesa de Ayod. Es observada atentamente por un ave carroñera que espera el momento de su muerte. Esta imagen sirvió para que el fotógrafo recibiera un premio, pero también para que miles de personas cuestionaran su autenticidad, y la carencia de escrúpulos al no hacer lo posible por salvar la vida de la niña. Fueron tantas las presiones y las críticas que recibió K. Carter que dejó de trabajar como fotógrafo, perdiendo la vida en unas circunstancias trágicas.

Sin embargo, mientras una sociedad hipócrita cuestionaba que un fotógrafo realizara su trabajo, es decir hacer fotografías para informar al mundo de lo que ocurre, otros se volcaron ofreciendo ayuda económica, y procurando los medios necesarios para que miles de niños no siguieran la misma suerte que la de la niña sudanesa de Ayod.

Muchos reporteros han recibido fuertes críticas respecto a lo poco que han hecho en cuanto a la ayuda que necesitan los más necesitados. Los profesionales afirman que ante todo son seres humanos, pero que no son médicos ni asistentes sociales, eso no resta a que, cuando es necesario, ofrezcan sus brazos para trasladar enfermos, dar apoyo psicológico a la población civil, y animar con sus palabras a solventar una situación de crisis.

Algunos de ellos, tras observar situaciones extremadamente duras, han llegado a colgar la cámara fotográfica y la han sustituido por el fusil. No es obligación mía valorar moralmente una acción u otra, pero con frecuencia una cámara fotográfica sirve más que un fusil para conseguir la paz. Es en los conflictos bélicos donde la acción del fotoperiodista ha sido especialmente importante durante casi un siglo. Por una parte ha denunciado los abusos de grupos de poder, militares, económicos o políticos, exigiendo la intervención de fuerzas de paz y acciones suficientes para que la paz sea establecida.

Una de las fotografías consideradas por algunos como la mejor fotografía de guerra es la que hizo Robert Capa durante la Guerra Civil Española, en la que muestra el momento en el que un soldado republicano recibió un impacto de bala. Esa imagen sirvió para que muchas personas conocieran de un modo casi directo, esta guerra entre hermanos. Se trata de una fotografía de acción que llama a la acción, consiguiendo precisamente los fines que se pretendían: informar y urgir a la movilización. Fueron cientos los voluntarios ingleses, franceses y americanos los que pidieron incorporarse al Ejército Republicano tras ver las fotografías de Capa.

La guerra de Vietnam fue el escenario idóneo para demostrar el poder de la prensa y en especial de la fotografía. Dicen que en una guerra la primera víctima es la verdad, no es del todo cierto, pero no le falta la razón quien la usa para demostrar que las guerras se ganan con buenos ánimos, y estos se nutren de buenas noticias. Mostrar los actos heroicos servían para reclutar nuevos soldados, fortalecer a los que ya estaban luchando, y dar apoyo a los familiares de todos.

Entre las fotografías más conocidas de la guerra de Vietnam, se encuentra la que hizo el fotógrafo Huynh Cong Ut en el año 1972 a Phan Thi Kim mientras se quita la ropa que le quemaba todo el cuerpo. El dolor y la desesperación de esta niña de nueve años que grita y llora patéticamente, se transmite en la fotografía. Cuando llegó esta imagen a las redacciones de los periódicos americanos, tuvieron dudas a la hora de publicarla, por el hecho de que apareciera una niña desnuda. Sin embargo al final se optó por mostrarla a la opinión pública. Efectivamente, no faltaron personas que vieron la desnudez y se olvidaron de las lágrimas y del dolor de una niña que sufre las consecuencias del napalm americano. Sin embargo, y aquí radica la importancia de esta fotografía, muchas personas llegaron a plantearse la necesidad o conveniencia de que los Estados Unidos siguieran manteniendo un conflicto bélico de esas magnitudes al otro lado del mundo. Tal fue la presión que recibió por parte de la población civil, que desde la Casa Blanca tuvieron que replantearse su estrategia en Vietnam.

Como caso patético se puede citar el de la desmembrada Yugoslavia. Las acciones terroristas de determinados grupos servios fueron denunciadas por la prensa internacional. Las Naciones Unidas reaccionaron tarde y mal, y sin duda hay que reconocer el valor y la importancia de los reporteros gráficos en dar a conocer qué pasaba en una zona caliente como era la de los Balcanes, aun a costa de sus vidas.

Una nueva arma: La cámara digital

El acceso generalizado a la fotografía digital ha favorecido que muchos soldados que han actuado en Iraq hicieran uso de la última tecnología para guardar pequeños recuerdos en forma de imagen fotográfica. Ha sido precisamente ahora, en la guerra en Iraq, donde se ha demostrado la eficacia de la fotografía para exhibir hasta qué punto puede denigrarse y denigrar el propio hombre. Los abusos, torturas, humillaciones, crímenes han sido fielmente fotografiados por los propios soldados americanos en la cárcel de Abu Ghraib. Lo que podía ser una fotografía para el recuerdo, se ha llegado a convertir en prueba condenatoria para mandos y soldados que han violado los principios básicos de respeto y dignidad del ser humano.

El Gobierno de los Estados Unidos había prohibido la realización de fotografías con fines militares, que pudieran afectar a la estrategia o al estado anímico de las tropas o de la población civil. Muchos, sin embargo, omitieron dichas disposiciones y dispararon casi tantas balas como fotografías digitales. El siguiente paso era mandarlas a sus familiares y amigos por correo electrónico, de modo que en unos minutos podían llegar, como así ha ocurrido, a las redacciones de los periódicos. Uno de los casos más llamativos fue el protagonizado por un trabajador civil contratado por la autoridad aliada de Kuwait llamado Tami Silicio. Con una cámara que no supera los 250 euros, realizó una serie de fotografías de abundantes féretros de soldados americanos a punto de ser embarcados. Le faltó tiempo para enviar algunas de ellas a un amigo del estado americano de Oregón. El autor de dichas fotografías explicó que sólo quería mostrar el respeto con el que se tratan los restos de los soldados fallecidos. Sin embargo la lectura de la opinión pública americana fue bien distinta, ya que desde Estados Unidos se cuestionaba la muerte de sus hijos y hermanos.

Ahora se ha autorizado a mostrar este tipo de fotografías, si bien con ciertos reparos y aclarando que allí están los cuerpos de los valientes soldados americanos que han dado lo mejor de ellos en beneficio de la libertad. Una vez más se une a la imagen un contenido político y estratégico.

Un trabajo para la paz

Al periodista de investigación, y de modo especial al que cubre noticias de conflictos, se le exige que se arrime a los puntos calientes para poder facilitar con el máximo rigor la información precisa. Si esto ocurre con el periodista, en el fotoperiodista todavía se le pide con más insistencia acercarse al lugar en el que se vive una crisis. Su tarea es parecida a la de los toreros, deben sortear su muleta muy cerca de las astas del toro.

Lo cierto es que una imagen no engaña, aunque pueda estar tomada prescindiendo de elementos que cambien su significado, y esto es lo que hace precisamente que las imágenes sirvan para cambiar el rumbo de la historia, movilizar la opinión pública, presionando a los gobiernos a que detengan guerras o al menos a que actúen buscando lugares de encuentro a favor de la paz.

Entre los profesionales del fotoperiodismo se suele decir que si se va a trabajar a los puntos calientes, se tiene el riesgo de regresar a casa de dos maneras diferentes, o bien con un trastorno psíquico (la presión que ejercen las imágenes suelen ser desgarradoras), o bien en un ataúd. Cuando les hablo a mis alumnos de los conflictos bélicos, les comento que es mejor que se dediquen a realizar fotografías de deporte, o de publicidad, pero que no se vayan a cubrir las guerras del mundo, me da miedo que no vuelvan como antes. Sin embargo sé que algunos escucharán el silbido de las balas cuando pasan cerca de ellos. Sé que harán un buen trabajo, y sé que contribuirá para denunciar las barbaridades de las guerras, del odio y de la locura colectiva en la que vivimos. Por eso sé que un periodista es algo más que una persona que manda unas noticias o unas imágenes, es un trabajador de la paz.

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