Noticias© Comunicación Institucional, 30/05/2006

Universidad de Navarra

Prueba de fuego para "El Código Da Vinci"

Autor: Francisco Varo
Facultad de Teología
Universidad de Navarra

Fecha: 30 de mayo de 2006

Publicado en: Deia (País Vasco)

Llega el segundo fin de semana en cartelera, una prueba de fuego importante para valorar el impacto comercial de El Código Da Vinci.

Como sucede siempre que hay millones de dólares en juego, ha habido una guerra de valoraciones acerca de las cifras de espectadores el pasado fin de semana. La productora intenta vender la idea de que ha sido un éxito, aunque todos reconocen que mucho menor que el esperado. Según los datos que publica la prensa especializada, ha alcanzado cifras altas pero no ha batido ningún récord de recaudación. En Estados Unidos, los 77 millones de dólares conseguidos en los tres primeros días son una cifra aparente, aunque más que discreta frente a los 114 de Spider-Man, los 108 de La guerra de las galaxias 3 y de Shrek 2, o los 102 de la última de Harry Potter. Este dato se minimiza más aún si tenemos en cuenta la gigantesca campaña publicitaria de la que ha ido precedida. Según datos de la BBC, en el resto del mundo ha recaudado 147 millones de dólares en esos primeros días, lejos de los 253 millones de dólares en total que ingresó en caja La guerra de las galaxias 3: La Venganza de los Sith, que hasta ahora ha sido las más productiva de la historia si se toman en consideración las taquillas de todo el mundo durante el primer fin de semana.

Las cifras de las primeras exposiciones suelen ser indicativas acerca del éxito comercial de una película sin embargo, habrá que ver hasta qué punto. En este caso, nadie la había visto hasta el último momento, por lo que la mayor parte de quienes fueron al cine la semana pasada compraron sus entradas antes de conocer la opinión de la crítica. Esas cifras son, por tanto, el reflejo de la expectación suscitada por una polémica deliberadamente provocada con fines comerciales.

Cuando el secreto celosamente guardado por Sony se desveló, los comentarios de los expertos fueron unánimes en todo el mundo: porquería, bodrio, aburrimiento, y calificativos por el estilo fueron los más repetidos por la crítica internacional en sus valoraciones.

Lo que no habían conseguido las llamadas pidiendo respetar la sensibilidad religiosa de los cristianos, e incluso de la verdad histórica de los hechos y las instituciones mencionadas en la novela y en la película, lo va corriendo el boca a boca del pueblo: ni se te ocurra ir a verla, es un tostón.

De todas formas, la batalla económica sigue. Los que hace siete días se plantaron en no ir a verla para no perder el tiempo, pasar un mal rato y dar unos euros a quienes consideran que los están insultando, tampoco irán este fin de semana. Los que guardan resentimientos contra la Iglesia Católica y no desaprovechan ocasión de demostrarlo, irán aunque se aburran. Por eso al final, quienes deciden si contribuyen a engrosar los bolsillos hollywoodienses o no, son los que están deshojando la margarita sobre si van a intentarlo aunque se aburran; porque de algo hay que hablar luego… O si entran a ver X-Men 3: La decisión final, que también dará que hablar. O aún mejor, si van a merendar con la cuadrilla.

En cualquier caso, y al margen de la cuestión meramente comercial, lo que está sucediendo merece una reflexión. No es sólo El Código Da Vinci. Basta echar una mirada por los anaqueles y estanterías de las tiendas de libros para comprobar que las obras de temática religiosa (con frecuencia convendría calificarlas “de contenido esotérico”) poseen amplia presencia en todos los mercados.

¿Esto es reflejo de un mayor interés por la religión? ¡Ojala fuera así! Pero no lo es. Esos libros no abren perspectivas para encontrar sentido a la propia vida, sino que proporcionan vanas satisfacciones a una curiosidad morbosa. No dejan en el lector sino el poso inquieto de la duda, o la sensación de frustración que produce la experiencia de ver cómo se desvanecen sus resortes interiores. Si el interés que suscitan fuese eco de una verdadera preocupación por la religión, se abriría un camino de esperanza a mucha gente que necesita felicidad y paz en un mundo tan tenso y revuelto como el que vivimos.

¿Por qué entonces se compran, se leen, se llevan al cine y se habla tanto de estas obras? En mi opinión se trata de una oferta comercial que acierta a proporcionar un producto que llama la atención o suscita interés. Quizá porque apuntan a realidades que están más allá de la propia existencia materializada donde nos hallamos inmersos día a día. En el fondo de propio yo, todos percibimos que hay algo que nos supera y que no podemos domar a nuestro arbitrio. Un algo que no se deja conocer del todo cuando lo miramos con ligereza o con afán de someterlo. ¿Es el destino, la casualidad, una gran conspiración, o Dios? Todo lo que pueda saciar nuestra curiosidad acerca de lo que está más allá de nosotros, en el fondo interesa.

Si a todo eso se añade, como sucede en El Código Da Vinci, una acción trepidante y una tesis de fondo que, aunque sea con tan burda torpeza, busca desacreditar a Jesucristo y la Iglesia Católica, el atractivo resulta mayor. Quien desea que Dios no exista. Quien no quiere una Iglesia que le incomode la recordarle de vez en cuando unas normas éticas que se salta con frecuencia, puede terminar la lectura de esas obras con sensación de bienestar: ¡Ya me parecía a mí que no tenía que creer en eso, ni seguir una moral tan exigente! ¡Si sólo es la imposición arbitraria de Constantino y sus secuaces! Pero es el engañoso sopor que experimenta quien ha anestesiado temporalmente su propia conciencia.

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