Noticias© Comunicación Institucional, 30/03/2006

Universidad de Navarra

El bazar de los embriones

Autor: José López Guzmán
Director del Máster en Bioética
Universidad de Navarra

Fecha: 30 de marzo de 2006

Publicado en: Alfa y Omega -ABC- (Madrid)

En ocasiones, los medios de comunicación y el cine golpean nuestra conciencia con noticias que hablan del sufrimiento humano, más aún cuando este es injusto y humillante. Sin embargo, la reacción social que provocan no siempre es la misma aunque sí lo sea la gravedad de los hechos denunciados. Un ejemplo de esta función delatora que ha conseguido sensibilizar la conciencia de miles de personas ha sido “El jardinero fiel”, película que cuenta la explotación clínica de algunas empresas farmacéuticas sobre personas del Tercer Mundo.

El reciente filme cuestiona la realización de ensayos clínicos sin las suficientes garantías, de eficacia y seguridad, para conseguir un conocimiento médico que pueda ser utilizado en los países desarrollados y ofrecer así cuantiosos beneficios. Con razón, el uso de “cobayas” africanas para curar a los ricos europeos ha suscitado en nosotros una gran indignación.

Pero, como digo, no todas las violaciones de los derechos humanos generan un mismo rechazo. Todavía me cuesta comprender por qué ese mismo sentimiento de defensa del más desprotegido no ha aflorado durante la tramitación de la nueva ley de reproducción asistida. Nos encontramos ante una ley no menos injusta que la denuncia de Fernando Meirelles.

Como la película, la nueva ley establece una clara discriminación entre dos grupos de personas: los beneficiarios y las víctimas, que pagan un alto precio el beneficio de otros. El primero es el de los seres humanos que merecen seguir viviendo; un grupo integrado por aquellos embriones que pasan los controles de calidad (que se han determinado como aceptables), que son queridos por alguien en un momento determinado (hijos a la carta), o que pueden servir para el beneficio de otros (bebés medicamento).

El segundo grupo es el de aquellos embriones que no seguirán viviendo porque ofrecen alguna anomalía. Con la ayuda del diagnóstico preimplantatorio se puede eliminar aquellos seres que la sociedad --siempre bajo la autorización de ese nuevo dios que parece ser la Comisión Nacional de Reproducción Humana Asistida-- considera que no pueden ser felices o que van a hacer infelices a los que tengan alrededor (el clásico concepto de dignidad humana es suplantado por el de calidad de vida). Este grupo de “parias” también está integrado por aquellos que son olvidados o no queridos por sus progenitores; y por aquellos que pueden ser beneficiosos para la investigación.

Me cuesta comprender cómo, en el siglo XXI, algunos seres humanos, usando su inteligencia y libertad, pueden llegar a sojuzgar a miembros de su misma especie para, en el mejor de los casos, satisfacer el hipotético beneficio material, sentimental o económico de un miembro más fuerte. También me cuesta comprender cómo una gran parte de la sociedad prefiere mirar hacia otro lado y permite, sin crítica, que los embriones puedan ser utilizados como mercancía en el gran bazar de las clínicas de fecundación asistida y los centros de investigación con embriones.

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