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Azorín contempla los evónimos polvorientos

Azorín, la mejor medicina para un espíritu atribulado
Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  29 de diciembre de 2001
Publicado en:  Diario de Navarra

José Martínez Ruiz, Azorín, uno de los más famosos escritores de la llamada generación del 98 que fue considerado un «clásico del idioma», hoy parece haberse ocultado discretamente, alejándose del interés más vivo de ciertos lectores. Y sin embargo este delicado estilista menor puede ofrecer no negligibles, aunque moderados placeres a quien se asome a sus páginas. Algunas generaciones de estudiantes de secundaria meditaron no ha tanto, en las tardes de primavera, sobre los misteriosos evónimos polvorientos que poblaban los textos azorinianos en las antologías literarias, intentando identificarlos entre las adelfas o los álamos de los patios de institutos y colegios; algunos, más interesados, llegaban a buscar en el diccionario con la loable intención de acrecentar su acervo léxico, aquellas palabras del maestro: herreñales, garvines, percoceros, correcheros, chicarreros, azarbes, mechinales o tejaroces... Pero no es esta exhibición de términos con sabor arcaizante, de aparente casticismo y una fuerte sospecha de artificiosidad, lo que me parece más interesante en el estilista Azorín. Es el poder sedante, sosegador, de sus melancólicas evocaciones lo que mantiene su atractivo. A veces, tras la lectura de Dostoyesvki o Faulkner, de Calderón o Shakespeare, la respiración se entrecorta y la taquicardia se apodera del lector. Conviene entonces asomarse un momento a los crepúsculos de Azorín, a sus zaguanes azulados, sus patizuelos empedrados de guijos, con parras retorcidas y los inevitables evónimos pomposos, como el que describe en «La novia de Cervantes». Una solitaria serenidad, algo triste, se desprende de estos ambientes vacíos de grandes pasiones, atentos a las cosas menudas, a las pequeñas frustraciones provincianas, a los finos paisajes castellanos envueltos en la luz azul del mediodía o en la rojiza luz del lubricán. En algunos textos como «La Andalucía trágica» hay una dura denuncia de la injusticia social, de la pobreza y la tuberculosis que diezman a los campesinos, pero el escritor filósofo la asume desde una amargura tranquila, en sus errantes paseos ante el oscuro zaguán (palabra favorita de Azorín) de una casa solariega, a lo largo de una calleja de artesanos, mientras conversa con un talabartero igualmente filósofo, el tío Joaquinito, que reflexiona debajo de sus colgaduras de ataharres, jáquimas y pretales (sí, para leer a Azorín hay que tener el diccionario a mano, ya se ha dicho).

Las obras de Azorín, como la Castilla que describe, están llenas de «conventos, callejuelas con mercaderes, jardines encerrados en los palacios, caminos amarillentos y sinuosos, fonditas destartaladas, hidalgos que no hacen nada, clérigos de balandranes verdosos, muchachas que van a pasear a las estaciones» («El mar»), esas jóvenes provincianas (Juanita, Lola, Carmen, Enriqueta, Eulalia) lindas y pálidas, que esperan algún improbable episodio romántico en un salón donde suena un piano con notas lentas y sonoras... ¿Un ejemplo de paisaje azoriniano? El crepúsculo de Esquivias, iluminado con suavidades nacaradas en la llanura inmensa, monótona, gris, silenciosa, llanura melancólica bajo las estrellas fulgurantes... («La novia de Cervantes»). ¿Un pueblo? El de su amigo Sarrió («Sarrió) «pueblecillo sosegado y claro; el sol iluminaba la ancha plaza; unas sombras azules, frescas, caían en un ángulo de los aleros de las casas y bañaban las puertas; la iglesia, con sus dos torres de piedra, torres viejas, torres doradas, se levantaba en el fondo, destacando sobre el cielo limpio, luminoso. Y en el medio, la fuente deja caer sus cuatro caños, con un son rumoroso en la taza labrada». No falta en estos pueblos nunca una calle llena de talleres de aperadores, talabarteros, peltreros, herradores, chicarreros, pelaires, tundidores, perchadores, boteros... que además de ejercitar las tareas propias de su oficio cantan los viejos romances del Cid o de Rosaflorida:

En Castilla está un castillo
que se llama Rocafrida,
al castillo llaman Roca
y a la fonte llaman Frida.
Dentro estaba una doncella
que llaman Rosaflorida,
siete condes la demandan,
tres duques de Lombardía.
A todos los desdeñaba,
tanta es su lozanía...

¿Una estancia? Esta de una casita levantina: «La estancia era pequeña: era una salita de estas casas levantinas, construidas de maciza piedra, que parecen cajas sonoras. Las paredes son blancas, estucadas, brillantes; el pavimento, de diminutos mosaicos, frotado y refrotado por la aljofifa, tiene claridades e irisaciones de espejo; el pasamanos de la escalera, de caoba pulimentada, refulge bajo la luz que cae de la alta claraboya y forma en torno a los peldaños un culebreo luminoso».

¿Un personaje? Canduela («Siluetas de Zaldívar»): «Canduela viste un traje sencillo, gris, de alpaca; Canduela luce una corbata indefinible, que creéis haber visto mil veces sobre el pecho de un oficial quinto, de un viajante de comercio, de un estudiante de medicina; Canduela come en silencio». Yo preferiría ver a Canduela, quizá, con una capa colorada, y una corbata azul cobalto, y un casco de plata, pero, ¿qué le vamos a hacer?, es un personaje de Azorín, y lleva un traje gris y una corbata indefinible. Pero no nos equivoquemos, nos avisa el escritor: este Canduela, que parece tan gris y tan indefinido, «ha viajado por países extraños». ¿Qué países? Azorín nos los revela con cierto asombro: fue una vez en el rápido de Bruselas a París, y todos los años a Biarritz...

Claro es que entre los innumerables ensayos, novelas y piezas teatrales que escribió hay muchos matices y categorías, pero a toda variedad domina la emoción del escritor, una peculiar sensibilidad lírica que apunta de algún modo en su «Confesión de un autor»: «Todo tiene su valor estético y psicológico; los conciertos diminutos de las cosas son tan interesantes para el artista como las grandes síntesis universales. Hay ya una nueva belleza, un nuevo arte en lo pequeño, en los detalles insignificantes, en lo ordinario, en lo prosaico... necesitamos hechos microscópicos que sean reveladores de la vida y que emsamblados armónicamente con simplicidad, con claridad, nos muestren la fuerza misteriosa del universo».

Azorín es un tratamiento terapéutico para el espíritu acongojado, para la inquietud de ánimo.

-Doctor, acabo de leer El médico de su honra, Ricardo III, Los hermanos Karamazov, todos seguidos, y siento palpitaciones, angustias, insomnio....

-Una taza grande de tila y cincuenta páginas diarias de Azorín durante una semana. Y tenga más cuidado en el futuro...

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