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29/09/2008

Negro y judío

Autor: Ignacio Uría
Facultad de Comunicación
Universidad de Navarra

Fecha: 29 de septiembre de 2008

Publicado en: Diario de Navarra

Los Falash Mura son negros y son judíos. Todo a la vez. Así que su vida, también etíope, no es fácil. Nada fácil. Los Falash Mura están marcados a fuego por la tragedia y tienen un origen tan oscuro como su piel. Algunos historiadores piensan que descienden de la perdida tribu israelita de Dan, mientras que otros apuntan a un grupo de judíos que huyeron a Egipto tras la destrucción del Primer Templo de Jerusalén, siglo VI a.c., y posteriormente a Abisinia y Yemen.

La versión más romántica sobre las raíces judías de este pueblo la ofrece Malraux en su delicioso libro La reina de Saba, en la que el francés se aventura a decir que proceden de una noche de pasión del rey Salomón y la reina sabatea Makeda. De pasión y puntería, añado, ya que de esos amores nocturnos habría nacido Menelik I, fundador y primer soberano judío de la Etiopía Imperial. En fin, un lío. Así que los Falasha (“exiliados” en amárico, que es la lengua etíope) sobrevivieron en Abisinia como un islote fiel a Yahvé, algo complicado si tenemos en cuenta que el reino etíope de Axum fue el segundo en abrazar el cristianismo tras los armenios. Por eso, ya en pleno siglo XX, el estado de Israel les abrió sus puertas al considerarlos tan judíos como los sefardíes o los asquenazíes, que son los grupos judíos mayoritarios.

La inmensa mayoría de los más de 100.000 judíos etíopes llegados a Jerusalén en las últimas décadas fue a la búsqueda activa de los israelíes en las dos famosas operaciones militares (llamadas Moisés y Salomón) de puente aéreo entre Addis Abeba y Tel-Aviv. Muchos de los recién llegados eran nominalmente cristianos ortodoxos, ya que el avance musulmán y el proselitismo protestante los arrinconó aún más. Sin embargo, los Falash Mura siempre defendieron que eran verdaderos judíos y que se convirtieron al cristianismo por cuestiones prácticas. El problema es que ya no tienen sitio en Israel porque la cuota de 3.600 etíopes al año acaba de ser cubierta. El Estado judío cierra así una de sus inmigraciones más polémicas, que ha enfrentado desde hace años al Rabinato (que considera que los Falash Mura sólo huyen de la pobreza y no son judíos) con los sectores laicos de Israel, defensores de la Ley del Retorno de 1950 (que concede la nacionalidad a cualquier persona que demuestre tener, al menos, un abuelo judío.)

La noticia ha causado estupor en Etiopía, donde aún viven unos 20.000 judíos, y también en Israel, donde el Likud -derecha laica- ha protestado con fuerza por abandonar a los Habashim (así les llaman en Israel) “simplemente porque viven en el lugar equivocado del planeta”. El fondo de la cuestión nace de un problema difícil de resolver: determinar quién es judío y quién no. Es lo que pasa cuando se tienen cinco o seis milenios de Historia y antiguas comunidades dispersas por Oriente Medio y África.

En contra de lo que pudiera parecer, la vida de los Falasha en Israel es dura. Los trabajos que consiguen son miserables porque no hablan hebreo y su escasa preparación les convierte en carne de cañón también entre los suyos. Algunos cálculos oficiales dicen que el 70% de las familias etíopes israelíes carece de salario estable y sus porcentajes de delincuencia juvenil doblan la media israelí. Incluso han sufrido ocasionales episodios de racismo, lo que no deja de ser paradójico y doloroso. Ellos, sin embargo, dicen que cualquier cosa es mejor que malvivir en Etiopía.

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