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Algunas consideraciones sobre la cultura penal en Estados Unidos

Autor:Alejandro Navas
Director del departamento
de Comunicación Pública
Universidad de Navarra
Fecha: 29 de marzo de 2003
Publicado en:  La Rioja

La guerra contra Irak y todo lo que la rodea ocupa de tal modo nuestro interés, que apenas prestamos atención a otras noticias que nos llegan de Estados Unidos. Voy a referirme a una que, además de tener relevancia en sí misma, puede servir para comprender mejor el trasfondo cultural desde el que tanto el gobierno de Bush como la opinión pública estadounidense encaran el actual conflicto con Irak.

Hace unos días el Tribunal Supremo de Estados Unidos ha sentenciado -bien que con una apretada votación de 5 contra 4- que las penas draconianas con que son castigados los delincuentes reincidentes, vigentes en más de la mitad de los estados, son conformes a la ley. Tomando su nombre de una conocida regla del béisbol, esas disposiciones se denominan 'leyes de las tres faltas'. Los reincidentes, aunque cometan delitos pequeños, pueden ser condenados a penas extremadamente duras, que llegan incluso a la cadena perpetua. El pronunciamiento del Tribunal Supremo fue motivado por el recurso de dos condenados californianos, Gary Ewing y Leandro Andrade, que en aplicación de esa norma deberán pasar 50 años en prisión. El tercer delito de Ewing fue el robo de unos palos de golf; Andrade sustrajo unas videocasetes por valor de 150 dólares.

En su voto minoritario el juez Stephen Breyer criticó la desmedida dureza y la tremenda desproporción de las penas, y recordó el caso de un condenado de Nevada que, en aplicación de ese mismo tipo de ley, fue sentenciado a cadena perpetua por robar un monedero con 476 dólares.

A la vista de la cultura penal imperante en el país, no extraña que, según datos del gobierno federal del verano pasado, el número de los estadounidenses que cumplen una pena de prisión, se encuentran en libertad provisional o han sido condenados por vez primera y por tratarse de delitos menores no han ido a la cárcel, sea de casi 6 millones y medio, es decir, uno de cada 32 adultos. En los últimos 20 años se ha triplicado el número de los condenados. El número de los presidiarios se ha incrementado en un 49% a lo largo de la década de los 90. La tasa más alta de población reclusa se da en Georgia -6,8%- y en Texas -5%-. No sorprende que la construcción y la administración de cárceles, que muchas veces se gestionan de modo privado, sea uno de los sectores más florecientes. Se calcula que, en las actuales circunstancias, se necesita una nueva cárcel por semana. Y las ciudades, grandes o pequeñas, se disputan el honor de alojarlas en su término municipal.

El europeo que se asoma al mundo carcelario estadounidense -del que he dado tan sólo algunas pinceladas sumarias; no he mencionado, por ejemplo, la cuestión de la pena de muerte- no puede evitar que un escalofrío le recorra la espalda al comprobar la curiosa mezcla de cruel primitivismo e ingenuidad con que esa sociedad se plantea lo relativo al delito y su castigo. Tener en cuenta que esas mismas personas gestionan en estos momentos el conflicto con Irak puede ayudar a entender algunas de las claves de su conducta.

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