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Noticias © Comunicación Institucional, 29/01/2005Universidad de Navarra
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La confianza es la clave
Autor:Jaime Nubiola
Profesor de Filosofía
Universidad de Navarra
Fecha: 29 de enero de 2005
Publicado en:  La Gaceta de los Negocios (Madrid)

Las reiteradas discrepancias, desavenencias y desatinos entre los componentes del Gobierno y sus aliados parlamentarios alimentan a diario la prensa nacional en los últimos meses. Además, a estas alturas de la liga profesional de fútbol muchos equipos están desfondados por las derrotas y las lesiones y una espesa nube gris de desconfianza se cierne sobre el entrenador. No voy a echar más leña al fuego ni en un caso ni en el otro, sino que desearía recordar que la confianza es la clave del trabajo en equipo, que la confianza razonable en la palabra de los demás es el eje de la convivencia en una sociedad democrática, que la confianza es la clave para progresar.

Hace unas pocas semanas, en este mismo periódico, el divulgador científico y ex-ministro Eduardo Punset recordaba que "una de las grandes conquistas de la ciencia es haber descubierto que en la capacidad de interrelacionarse unos con otros está la fuente de conocimiento". Frente al cientismo contemporáneo todavía hegemónico que ha difundido una intolerable especialización de los saberes, quienes nos dedicamos a la Universidad no sólo no renunciamos al ideal renacentista de la unidad de los saberes, sino que aspiramos a comprender mejor cuáles son los caminos efectivos para su consecución. Ya en el siglo VIII dejó escrito Algazel de Bagdad que la raíz del conocimiento es la confianza (radix cognitionis fides), la confianza en uno mismo y sobre todo la confianza en los demás, en lo que nos dicen otras personas, en lo que de ellos aprendemos. El progreso de la ciencia y la tecnología en el último siglo no se debe tanto a la especialización como al trabajo en equipo y a la interdisciplinariedad, a la unión de esfuerzos en pos de la resolución de un problema común. De la misma manera que en una carrera ciclista un pelotón bien organizado corre más y mejor que un corredor en solitario, la ciencia progresa mediante la colaboración inteligente de los investigadores de diferentes ramas del saber que ponen lo propio al servicio de la tarea común, porque saben que así podrán avanzar más y llegarán más lejos y con más facilidad.

Esta dimensión comunitaria de la actividad científica ha de aplicarse con más razón todavía a la organización de la convivencia humana. A estas alturas del siglo XXI, nuestra vida depende de manera creciente de la confianza en lo que nos dicen o muestran los demás, los medios de comunicación o los diversos agentes de la vida social. En nuestro mundo global no podemos ir comprobando la veracidad o exactitud de las informaciones que recibimos, pues además en la mayor parte de los casos escapan realmente a nuestra capacidad de control efectivo. Tenemos que fiarnos unos de otros: no somos Robinson Crusoe en una isla desierta, vivimos con otros y hacia otros. Toda la vida económica, toda la estructura del mercado está apoyada radicalmente en la confianza en la palabra dada, en el cumplimiento de los contratos y en las transacciones de todo tipo. Se trata de un elemento tan esencial de la calidad de vida en nuestras sociedades occidentales que su ausencia es una de las cosas que más llama la atención cuando uno visita un país del llamado tercer mundo o algunos de los países del segundo mundo tras la desmembración de la Unión Soviética.

Resulta penoso reconocerlo, pero en esas sociedades maltratadas casi todos pretenden engañar a los demás, el vendedor callejero al turista, el hotelero a sus huéspedes, los gobernantes a sus súbditos, los policías a los ciudadanos. Me explicaba el Defensor del Pueblo de un querido país latinoamericano que llevaba escolta para precaverse de la policía que le acusaba de "proteger a los delincuentes" porque no les dejaba torturarlos para que confesaran. Un cooperante de lo alto de la sierra andina me contaba cómo no pocos padres robaban el escaso dinero de sus hijos para gastárselo en alcohol, y una bióloga madrileña me anunciaba hace unos meses que se marchaba a los Andes para colaborar en un programa de sensibilización de los maestros para que no abusaran de los niños en las escuelas. Los ejemplos dolorosos podrían multiplicarse hasta el infinito. Hace escasas semanas Dea Birkett relataba en The New York Times cómo la paradisíaca isla Pitcairn en el sur del Océano Pacífico, en la que viven solamente 47 personas, descendientes de los famosos amotinados de la Bounty, se había convertido en un infierno sin policías ni abogados a los que recurrir ni lugar alguno en el que ponerse a salvo. Birkett concluía su relato reconociendo que los seres humanos tenemos más oportunidad de florecer y progresar en las grandes ciudades que en las pequeñas comunidades aisladas, supuestamente idílicas: "La lección de la isla Pitcairn es: por el bien de tus hijos, vive en Nueva York".

Las sociedades tercermundistas son tercermundistas porque en ellas la confianza, si alguna vez ha existido, se ha cuarteado hasta su práctica desaparición. Mientras no se recupere la confianza no habrá progreso social posible: esto puede conseguirse en relativamente poco tiempo si quienes dirigen la sociedad tienen un efectivo liderazgo moral, pero puede llevar siglos si -como ocurre tantas veces- los gobernantes son corruptos, buscan su provecho personal, o simplemente son incompetentes. Las sociedades comunistas y algunas formas del capitalismo primitivo erigieron como norma suprema de la vida social el control. Pero todos sabemos ya que mediante el control solo no hay progreso, sino que en todo caso lo que hay es simple inercia. Por supuesto, quien no mide no mejora. En cualquier empresa o proyecto hace falta un seguimiento del proceso y una evaluación de los resultados, pero mientras las agencias nacionales de evaluación de la calidad se dediquen a comprobar que las fotocopias se corresponden con los originales no habremos avanzado un solo paso por la senda de la confianza y de la convivencia. Las economías progresan no por el control, sino por la confianza, esto es, por el trabajo en equipo, por el fiarse unos de otros, lo que no excluye, sino que exige, la corrección y censura de quienes abusen de esa confianza. Considerar que lo que quieren los demás es, sobre todo, engañarme u obtener ventaja de mi ingenuidad, es un error acerca de los seres humanos y acerca de nuestra manera de lograr una vida buena.

Como ha señalado el filósofo escocés Alasdair MacIntyre, ya desde el título de su último libro traducido al castellano, los seres humanos somos Animales racionales y dependientes. Frente a la imagen individualista moderna del hombre aislado y solitario, el reconocimiento abierto de que dependemos unos de otros es un logro formidable: el descubrimiento de que en nuestra vida social hay tanta interdependencia como puede haberla en una familia, permite restaurar una genuina vida comunitaria. Yo no puedo ser feliz si no viven bien quienes están a mi alrededor, quienes viven y trabajan conmigo, y para vivir bien es esencial crear un espacio social en el que la confianza es la clave.

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