Noticias© Comunicación Institucional, 28/09/2006

Universidad de Navarra

La mano quemada

Autor: Juan Luis Lorda
Facultad de Teología
Universidad de Navarra

Fecha: 28 de septiembre de 2006

Publicado en: Alfa y Omega (ABC)

“¿Es usted sacerdote católico?”, me preguntó. Gabardina, barba espesa, boina calada y, en el poco espacio libre, lentes grandes con ojos oscuros muy abiertos. Más de setenta años y aire de jubilado. Tenía todo el pulgar oscurecido por una mancha de intenso color tabaco. La ocultó.

La tirilla atrae al variopinto universo que queda fuera de la normalidad. Los que viven de la calle, los que no han llegado o han perdido el uso de razón, los que se han pasado con el alcohol, los ancianos despistados y los misioneros de la sectas te abordan en cuanto les devuelves la mirada. Hay que tratarlos bien, para eso la llevas.

De momento, mi interlocutor era inclasificable. Hice algunas consideraciones vagas sobre el sacerdocio para que sacara lo que quisiera, y me declaró que había sido religioso. Que había estudiado tres años de teología. Y que había ido a las misiones: en Latinoamérica. “Porque no era bueno para los idiomas”, aclaró.

Por darle pie a seguir, le dije: “Hay mucho que hacer por allí, ¿verdad?” –”Sí –me contestó–, hay que repartir metralletas a todos”. Luego me contó que había militado en un MRL, MRT, o algo por el estilo, con R de revolucionario. La calle, peatonalizada, llena de tiendas caras, y un amable sol de primavera no llegaban a contrastar con sus palabras. Y esa mano, ¿estaría quemada sólo por el tabaco?

Saltó de un país a otro, y me habló de las tropelías de los ricos y del hambre de los pobres. Los detalles del relato no cuadraban del todo. Pero el fondo, sí. Cualquiera que haya estado allí lo ha visto. Sobre la base de una pobreza y unas desigualdades que castigan la mirada, la Iglesia ha padecido en tantos países latinoamericanos una especie de intoxicación ideológica. Los tópicos marxistas, convertidos en análisis históricos y sociales, han revolucionado muchas conciencias y generado violencia.

Muchos religiosos y muchos movimientos cristianos convirtieron el amor a los pobres en opciones ideológicas y en discurso contra los ricos, contra las oligarquías, contra el liberalismo, contra las multinacionales, contra los Estados Unidos. Y cambiaron las labores asistenciales por la concienciación y el apoyo a los movimientos revolucionarios.

Inversión de valores

Primero, la revolución; después, la fe, la esperanza y la caridad. Buenas intenciones, inversión de principios, malos resultados. Porque la ideología sirve para la retórica y la crítica, pero no da ciencia de gobierno. Lo que se destruye en una tarde no se edifica en una mañana. Y cuando una generación de jóvenes no ha aprendido otra cosa más que a disparar, tiene las manos quemadas para el trabajo y la vida civil. Sólo es experta en extorsiones y secuestros. Además, esta inversión hace desaparecer la vida cristiana.

La caída del muro de Berlín se ha tragado la utopía, las subvenciones comunistas y los campos de entrenamiento. Con lo que no acabó fue con la pobreza, con la ignorancia y con la corrupción endémica de tantos regímenes latinoamericanos. Seguimos con las mismas heridas, pero más viejas. Y se han añadido otras nuevas: el narcotráfico y el populismo.

El auge del populismo, como un nuevo sarampión, parece llamado a repetir el ciclo de las expectativas a las desilusiones y al vacío. Nunca, como ahora, se van a necesitar personalidades en todas las esferas de la vida pública, capaces de conducir la situación. Pero necesitarán algo más que retórica. Necesitarán formación cristiana, formación política y formación económica. Con todo el legítimo pluralismo que lleva consigo la visión cristiana sobre la vida civil. También tendrán que ser hombres y mujeres de oración.

Mi interlocutor, suponiendo que no fueran imaginaciones, ya hizo lo que le parecía. De poco serviría juzgarlo ahora. Bastan algunas salvedades para no prolongar malentendidos. Nos despedimos amablemente. Lo que nos tiene que preocupar son las necesidades presentes. Lo que nos tiene que importar son los caminos del futuro.

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