Noticias: [ © Dirección de Comunicación , 2002 ]
Suscríbase a las noticias 
El honor perdido de Pedro Crespo, alcalde de Zalamea
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 28 de septiembre de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Infinitas veces se han repetido desde que Calderón los escribiera hacia mitad del siglo XVII, aquellos versos en los que Pedro Crespo, el alcalde de Zalamea, defiende su dignidad frente a los abusos sufridos de parte de los más poderosos:

Al rey la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma solo es de Dios...

Alegato que todo lector atento de la obra entenderá como una aspiración más bien ideal, como un grito de protesta en el que el destruido Crespo reclama lo que no le ha sido concedido: el respeto para su honor, el derecho a no ser pasto de las injusticias de los capitanes Ataides que en el mundo ignoran toda conciencia y todo deber. Como se sabe, el capitán Ataide viola a la hija de Pedro Crespo, y este, después de suplicar al capitán que se case con la muchacha y sufrir todas las humillaciones concebibles, ejerce su poder de alcalde y manda que den garrote al ofensor, lo que se cumple sin dilación ante el escándalo del general don Lope de Figueroa, que recuerda a Crespo su falta de potestad ante el fuero militar. Algunos críticos modernos, excesivamente escrupulosos, se aferran a las argumentaciones de don Lope para juzgar la sentencia de Crespo como una acción vengativa e injusta, que abre una brecha en la solidez heroica del personaje. Brechas las hay en Pedro Crespo, pero no por este lado. Parece que a menudo la erudición mal digerida impide ver las cosas más sencillas: todo espectador que asista sobrecogido a la escena en la que el padre humillado ruega de rodillas al capitán que limpie su afrenta, ofreciéndole toda su hacienda, y él mismo como esclavo, y presencie la respuesta insolente del capitán («Viejo cansado y prolijo, / agradeced que nos os doy / la muerte a mis manos hoy») no puede menos que aplaudir la reacción de Crespo. Calderón ha construido una escena de patetismo y de eficacia dramáticos verdaderamente espléndidos en esta confrontación del padre suplicante y el militar despreciativo. Al arrimar la vara y al rogar humildemente Pedro sacrifica su orgullo por su hija; la temeraria respuesta del capitán -signo también de unas relaciones de los nobles y la soldadesca con los villanos duras y tiránicas- justifica la decisión del alcalde, que toma de nuevo la vara, se yergue con la autoridad que su cargo le confiere y funde sus reclamaciones individuales con la potestad de la justicia para ordenar «el garrote más bien dado» (otro título de la comedia), con todo derecho y justicia. Las respuestas del mismo alcalde a las reclamaciones de don Lope son sustancialmente inatacables: el prurito jurídico del general («Que os entráis es bien se arguya / en otra jurisdicción») cede ante la verdad profunda de la tragedia y el espíritu de la justicia: «Él se me entró en mi opinión / sin ser jurisdicción suya». Ante el mismo rey defenderá Crespo su derecho: «Toda la justicia vuestra / es solo un cuerpo, no más. / Si este tiene muchas manos, / decid ¿qué más se me da / matar con aquesta un hombre / que estotra habia de matar? / Y ¿qué importa errar lo menos / quien acertó lo de más?». Ataide se ha confiado precisamente en su fuero de militar y ha pasado sobre el honor de los villanos (que considera inexistente) para hacer su gusto sin compasión alguna. ¿Asistirá Crespo pasivamente a la destrucción de su familia y a la ruina de su hija inocente? El heroísmo de Pedro Crespo se manifiesta en su decisión de hacer justicia, no tanto en la defensa de un honor irremisiblemente perdido. Porque el honor, aunque diga que es patrimonio del alma (eso sería en una sociedad ideal en la que Crespo no vive), es en verdad una cualidad social, y su hija no lo tendrá ya nunca. En realidad (como explica muy bien San Agustín en La ciudad de Dios a propósito de las vírgenes cristianas violadas por los bárbaros), el honor del alma no ha sido destruido por la vejación de la inocente Isabel: su destino, sin embargo, está marcado y no tiene vida que vivir, salvo en la clausura del convento, como solución más humana que la muerte, que ella misma pide a su padre:

solicita con mi muerte tu alabanza, para que de ti se diga que por dar vida a tu honor diste la muerte a tu hija...

Crespo, padre compasivo, detiene esta solución trágica mortal para elegir una variante más suavizada, expresión del amor paterno que también es un rasgo de su carácter, pero variante que obedece en última instancia al código del honor que rige en este mundo: de hecho si pudiera recuperarlo la situación no sería tan grave. Pero no puede. Crespo está sometido al sistema, y más allá de la ejecución del culpable capitán, quedará solo en el pueblo, alcalde, pero con una historia de deshonra conocida por todos, sin su hija Isabel (en el convento) y sin su hijo Juan (en el ejército). Desenlace profundamente trágico, que Calderón ha dispuesto con maravillosa maestría. La destrucción causada por el capitán Ataide es irreparable, y la recuperación de la honra imposible. Lo que exalta a la figura de Crespo no es la decisión de lavar su honor, sino el hecho de que su dolor tiene la dignidad de todo dolor humano verdadero y profundo, y no es, como pretendía el insolente don Álvaro de Ataide, una cosa de risa, solo porque sus víctimas son villanos y no aristócratas, como él. ¿Qué opinión tiene un villano? pregunta el capitán. Y Juan Crespo, digno hijo de su padre, le responde: «Aquella misma que vos, / que no hubiera un capitán / si no hubiera un labrador». Ahí radica la actualidad y universalidad de Pedro Crespo y de la comedia calderoniana: el código del honor puede ser algo histórico, de tiempos pasados, pero el dolor de los humillados y ofendidos y el derecho a la justicia no tienen fecha de caducidad.

Versión para imprimir