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Los caminos de la paz
Autor:Francisco Varo
Decano de la Facultad de Teología
Universidad de Navarra
Fecha: 28 de febrero de 2003
Publicado en:  Diario de Noticias (Pamplona)

Si en las últimas décadas alguien en el mundo ha demostrado su imparcialidad para buscar la justicia en todo tipo de conflictos, atento sólo a la defensa de los derechos humanos, es Juan Pablo II. Ahora, frente al clima de recelo, desconfianza y preparativos para una acción armada que se vive ante la crisis de Irak, su postura es clara: hay que poner todos los medios para buscar la paz, la guerra no resuelve nada. En la misma línea se sitúa la reciente y excelente nota pastoral de la Conferencia Episcopal Española. Compartir hoy esta actitud no es cuestión religiosa ni de fe, sino de sentido común por parte de quien, por encima de intereses particulares, busca el bien de la humanidad.

En las últimas semanas Juan Pablo II ha invitado a las autoridades de Irak a reflexionar sobre si han hecho todo lo debido para garantizar la paz, y a poner los medios para restablecer un clima de confianza que permita a esta nación volver a encontrar su lugar en la comunidad internacional. También, ha mostrado su cercanía a todo el pueblo iraquí y a sus aspiraciones a una paz justa y duradera, después de tantos años de sufrimientos con los que el Papa y la Iglesia universal se han mostrado desde siempre solidarios. Se ha entrevistado con el secretario general de Naciones Unidas y presidentes de gobiernos con diversas posturas ante la crisis, siempre buscando una salida pacífica y respetuosa con el derecho internacional.

A la vez que lleva a cabo estas acciones, el Santo Padre pide a todos multiplicar los esfuerzos a favor de la paz, lo mismo que innumerables personas significadas en la Iglesia, las religiones, la cultura, el arte, el deporte, la política, los sindicatos, y todos los ámbitos del actuar humano, así como de millones de personas corrientes de todas las razas y naciones. Puede haber contraste de opiniones acerca de los pasos que deben darse, pero hoy por hoy la humanidad no puede permanecer pasiva ni detenerse ante los ataques del terrorismo, ni ante las amenazas de guerra que asoman al horizonte. No hay que resignarse a la guerra o a la acción violenta como si fueran inevitables.

En situaciones extremas, el Catecismo de la Iglesia Católica mantiene que es lícito recurrir a la legítima defensa mediante la fuerza militar. Pero antes de tomar esa decisión los responsables del bien común habrían de ponderar siempre, con exquisita prudencia, que el daño infringido por el agresor sea duradero, grave y cierto, que se han puesto antes sin resultados positivos todos los medios pacíficos posibles por evitar ese daño, que se reúnan condiciones serias de éxito, y que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. En estos momentos, el poder de destrucción de las armas obliga a que la prudencia en la apreciación de esta condición haya de ser extrema.

La guerra, derrota de la humanidad

En la redacción del Catecismo se habla de legítima defensa sólo como respuesta a una agresión injusta, pero no se afronta la cuestión de si sería lícita o no, y en qué condiciones, una intervención militar para detener una limpieza étnica, el terrorismo o frenar una guerra entre guerrillas. A estas cuestiones surgidas con especial agudeza en los últimos años, se suma ahora la no menos delicada cuestión moral acerca de los modos de impedir el acceso de las redes terroristas a las armas de destrucción masiva producidas por personas malvadas. Se requiere, pues, una especial prudencia al realizar una adaptación de los criterios establecidos para la defensa ante una agresión, a estas otras situaciones que tal vez se le podrían equiparar en algunos casos. Como mínimo cabría añadir a esas condiciones el que haya evidencias claras de que se están produciendo esos hechos, y no simples sospechas ni impresiones parciales.

En cuestiones tan delicadas y de tan graves consecuencias en el ámbito internacional, parece que si alguna vez fuera necesaria una intervención de estas características, se debería decidir contando con un parecer positivo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas logrado con un amplio consenso entre las naciones, no surgido de unas presiones particulares para lograr la mayoría de votos requerida para sacar adelante la resolución deseada por sus promotores, sino consecuencia de una reflexión compartida por el bien de la humanidad. Es cierto que las Naciones Unidas son un instrumento imperfecto, pero no hay otra instancia a la que se le reconozca mayoritariamente una legalidad análoga. Y, por supuesto, aun en el caso extremo de que hubiera motivos justos y de peso para una intervención, sería necesario estudiar el modo de realizarla para que no se viera afectada la numerosísima población inocente.

Desde hace años, la gente sencilla de Irak, sobre todo los niños, sufren atrozmente a consecuencia del embargo internacional. No es justo martirizar más todavía a una población civil. La preocupación de Juan Pablo II por los males que podrían derivarse para la población iraquí, agotada tras doce años de embargo, no deriva de un pacifismo sentimental sino que viene exigido por la justicia y el respeto a la dignidad humana. Al buscar los medios adecuados para la solución de un conflicto se requiere tener en cuenta que, al emplear medios violentos, no son estructuras organizativas ni máquinas inertes los que resultan destrozados, sino personas. Las víctimas, sean del bando que sean, no son números, grandes o pequeños, son seres humanos. Por eso, es responsabilidad moral de todas las partes evitar la guerra. La guerra no es una simple fatalidad -algo inevitable-, la guerra es siempre una derrota de la humanidad.

En este caso no se trata de un conflicto de civilizaciones ni de religiones. Musulmanes y cristianos desean servir a Dios, el Misericordioso, el Pacífico, con la valentía de construir la paz del mañana aun en medio de las violencias de hoy. Sin embargo, una guerra como la que parece presagiarse podría herir los sentimientos de muchos musulmanes, y producir un efecto contrario al buscado en la lucha antiterrorista: tal vez generase un aumento de fanatismo que constituiría una nueva y seria amenaza.

La situación actual obliga a realizar una reflexión seria sobre las posibles causas que han desencadenado el creciente clima de confrontación, o que han potenciado el terrorismo internacional. Cada día que pasa urge más el deber de afrontar una efectiva cooperación entre los pueblos y naciones, basada en la justicia y el derecho internacional, con el objetivo de asegurar para toda la población el bien de la paz, que es tan necesario.

En el momento presente, los cristianos nos sentimos especialmente inclinados a rezar por la paz, en plena sintonía con las continuas llamadas de atención del Santo Padre, y su petición continua de un renovado compromiso por la paz mundial, en comunión de oraciones con nuestros hermanos en Irak, Estados Unidos, Europa y todo el mundo. En estos momentos de preocupación internacional, todo induce a pensar que se requiere una ayuda desde lo Alto para que ilumine los corazones de unos y otros, para generar una confianza mutua. Por eso, entre tantas iniciativas por la paz, el Papa propone rezar el rosario: "No se puede recitar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz".

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