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28/01/2009

Fraudes, riesgo y esfuerzo

Autor: Rafael Andreu y Josep M. Rosanas
Profesores del IESE
Universidad de Navarra

Fecha: 28 de enero de 2009

Publicado en: La Vanguardia (Barcelona)

Con frecuencia se ven en los medios de comunicación informaciones y opiniones sobre malas prácticas empresariales que de hecho constituyen fraude. A la vez, personas como nuestro colega Alfredo Pastor dicen que para mejorar la competitividad no se trata tanto de desarrollar talento como de asumir riesgos y esforzarse para dar salida al potencial del ya existente.

Todo es parte del mismo problema. Para obtener resultados sin esfuerzo y sin arriesgarse, se recurre a prácticas empresariales que, lejos de contribuir a mejorar esa tan traída y llevada competitividad, sólo la socavan y comprometen el futuro a cambio de un efímero aunque quizá rentable presente. Unas veces engañando a personas para engrosar una lista de 'nuevos clientes' en un alarde de contrasentido que las defrauda antes de que tengan siquiera ocasión de realizar transacción alguna. Otras, dando información falsa para colar una imagen más conveniente al regulador de turno, como en un escandaloso caso reciente.

Aún otras haciendo circular (de mala fe) publicidad manifiestamente engañosa para al menos confundir y 'pescar algo en el río así revuelto'. También persiguiendo recortes draconianos en costes más allá de lo razonable con el consiguiente fraude a través de productos cada vez de peor calidad. ¿Cuál es, entonces, el problema? El problema es concebir la actividad empresarial como encaminada exclusivamente a la consecución de resultados tangibles, principalmente económicos, 'como sea'.

En una columna anterior aludíamos a este fenómeno y a su profunda inconsistencia. Desde la perspectiva que proponemos hoy, subrayamos que una de sus consecuencias es la adopción de 'malas prácticas' empresariales y directivas que tratan de conseguir resultados económicos a corto plazo como sea. A costa, casi siempre, de resultados a largo, más basados en el desarrollo y aplicación de nuevo talento y nuevas ideas, con el esfuerzo preciso y asumiendo el riesgo correspondiente.

Y sí, el problema es de todos. De empresarios, directivos, empleados, y de los posibles clientes. Esto es, potencialmente de la sociedad entera, que, sin mayor responsabilidad por defecto, debería exigirla rehusando fraudes y mentiras, informaciones tergiversadas malintencionadamente y publicidad cuyo único objetivo es confundir. Todos tenemos qué hacer. Si no lo hacemos, después no nos quejemos...

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