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Eça de Queiroz en su luminosa eternidad

Eça de Queiroz, uno de los más grandes novelistas portugueses, nos lleva de la tragedia al humor, de la pasión a la intriga, con elegancia y profundidad. Su lectura es una experiencia que no se olvida.
Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  27 de octubre de 2001
Publicado en:  Diario de Navarra

José María Eça de Queiroz (1843-1900) es el escritor moderno que mejor ejemplifica la relación entre las dos grandes literaturas peninsulares, la española y la portuguesa. Recibió la pronta atención de la condesa de Pardo Bazán, Ramón Pérez de Ayala o Unamuno. Valle Inclán lo tradujo, y no fue inmune a su influencia. El lector actual que se asome a sus páginas tampoco lo será.

Eça de Queiroz está dotado de prodigiosa inventiva y de extrema sensibilidad para la creación de personajes, ambientes y sentimientos. Nada falta en sus novelas: ni la tragedia, ni el humor, ni la sátira, ni el amor, ni los paisajes de su Portugal, iluminados por la nostalgia. El primo Basilio es una de las mejores novelas del siglo XIX, comparable a Madame Bovary de Flaubert o La Regenta de Clarín, más fina y poética que ambas. Para Luisa la llegada del primo Basilio, antiguo amor de juventud, con la aureola exótica del Brasil, abre una ventana de ilusiones capaz de romper la monotonía en que vive con su marido, un práctico ingeniero de minas. La conocemos una mañana estival, con su «bata negra de grandes botones de nácar, el pelo un poco revuelto por el calor y en su piel la blancura tierna y láctea de las rubias, leyendo La dama de las camelias, con dos lágrimas temblándole en los párpados», mientras en el tórrido desván, Juliana, la feroz criada, humillada, enferma y rencorosa, acecha como una alimaña el momento de la venganza. Basilio resulta una fachada hueca y miserable, y la pobre Luisa sufrirá las terribles consecuencias de su errada aventura.

En Los Maias asistimos a la trágica saga de la familia en un mundo que va destruyendo los viejos ideales del abuelo don Pedro de la Maia, en tanto su nieto Carlos lleva adelante unos tempestuosos amores con María Eduarda, fascinante mujer con una historia secreta que estalla al final. Con apariencia de folletín, Los Maias se extiende como un melancólico fresco que traza con honda emoción un fragmento de Portugal y sus frustraciones, simbolizadas en la vida vacía de Carlos, animada solo por su ferviente pasión, a la que habrá de renunciar, como a tantas ilusiones que no es capaz de llevar a cabo. Los encuentros de los amantes, las veladas en la casa del Ramillete o en Santa Olavia, el tedioso ambiente de Lisboa, o el idílico de las alamedas de Cintra, las reuniones de sociedad satirizadas sin piedad... componen la mejor de las novelas de Queiroz, modelo de maravilloso realismo poético.

De entre todas las novelas de Eça (La ciudad y las sierras, La capital...), emociona particularmente La ilustre casa de Ramírez, y su protagonista Gonzalo, último vástago de una noble familia en declive, el cual está escribiendo una novela histórica sobre su estirpe. En laboriosas páginas recupera las aventuras de sus ancestros, de aquel Muncio Ramírez, llamado Diente de Lobo; de Gutierre Ramírez, cruzado en Tierra Santa; del terrible Lope Ramírez, que se levantó difunto de su sepulcro en el monasterio de Craquede, montó un corcel muerto y galopó a través de España para combatir en las Navas de Tolosa...

Con su obra piensa ganar la fama y el prestigio que le permitan reconstruir la grandeza de la familia, y abrirse camino en la política nacional, única salida del hastío provinciano y de la vida monótona y escasa que lleva en su quinta, dominada por la Torre de Santa Irene, ahora en ruinas. Todas las frustraciones de Gonzalo -su cortedad, su pobreza, su cobardía indigna de un hidalgo-, las consuela con el relato de la venganza atroz que en la novela que escribe ejecuta su antepasado Tructesindo sobre el bastardo de Bayón, haciéndolo desangrar en una poza de sanguijuelas. Pero llega un momento en que los sueños de Gonzalo conocen una culminación real que lo libra de cobardías, al enfrentarse con el valentón Ernesto de Nacejas, a quien propina una soberana paliza. A través del modelo heroico de los antepasados, de su triunfo en la pelea, y de su triunfo en las elecciones, alcanza un nuevo conocimiento de sí mismo y recupera la autoestima, dándose cuenta de que no necesita reconstruir un pasado falsificado, sino construirse un futuro verdadero. Marcha entonces a África donde pone en explotación una próspera hacienda. La renovación espiritual de Gonzalo no ha venido por la violencia y la venganza sino a través de la propia bondad y del cariño amable de sus paisanos. Su popularidad no se la ha ganado la condición de altivo señor feudal, sino su bondad, que lo define mucho mejor que la fantasía o la pusilanimidad (cuando encuentra en el camino a un campesino herido lo recoge como buen samaritano y lo monta en su propia cabalgadura; compadecido por la familia de Cascos, al que han metido en la cárcel por amenazar al propio Gonzalo, hace lo posible para que lo suelten, presta su capa en la noche lluviosa a la mujer del labrador y cuida de su hijo enfermo...). En el epílogo de la novela el padre Soeiro, mientras espera el regreso de Gonzalo que vuelve de África, eleva sus preces por el hidalgo, a quien la bondad salva de todos sus defectos, y por su país, reflejado en el mismo personaje de manera arquetípica: «ese carácter de Gonzalo, la generosidad, la amabilidad, la bondad, la inmensa bondad... los ataques de entusiasmo que acaban en humo, y a la vez la tenacidad; la imaginación que lo lleva siempre a exagerar hasta la mentira... Así, entero, con el bien y con el mal, ¿saben ustedes a quien me recuerda? A Portugal». Ese es el gran amor del escritor, cónsul en Inglaterra y Francia, viajero y cosmopolita: su patria, sus paisajes y habitantes, sus defectos y sus virtudes, sus esperanzas... La ciudad y las sierras termina precisamente con el contraste entre el París corrompido y hastiado de placeres artificiales, y la sagrada tierra de Portugal que evoca el narrador: «La tarde suavizaba su esplendor de estío. Una brisa traía, como ofrecidos, perfumes de las flores silvestres. Las ramas movían con un saludo de dulce acogimiento sus hojas vivas y relucientes. Todos los pájaros cantaban en un alborozo de alegría y alabanza. La sierra toda se ofrecía con su belleza eterna y verdadera; pisando un suelo eterno y de eterna solidez, con el alma contenta y Dios contento de nosotros, subíamos serena y seguramente el castillo de la Gran Ventura».

Me gusta imaginarme a Eça de Queiroz, con su peinado impecable y el monóculo bien afirmado, entre irónico y compasivo, escuchando el Fado de los Ramírez, obra del amigo Videiriña, hijo de un panadero de Oliveira, mancebo de botica, sentimental y aficionado a la ginebra, que celebra las leyendas de la ilustre casa solariega: «Torre de Santa Irenea, / ¿quién te vio y no te recuerda?». ¡Inmortal y famosa torre de Santa Irene que Eça contempla con profunda melancolía desde su luminosa eternidad!

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