Noticias© Comunicación Institucional, 27/05/2007

Universidad de Navarra

Mudanza

Autor: Ignacio Uría
Facultad de Comunicación
Universidad de Navarra

Fecha: 27 de mayo de 2007

Publicado en: Diario de Burgos

Íñigo de Loyola, que era un santo cojo, recomendaba no hacer mudanza en tiempo de desolación. La sabiduría del consejo demuestra lo mucho que conocía el alma humana el benjamín de los Loyola, que era el trece de trece hermanos. Quizá por ser el último fue el primero en tantas cosas, sobre todo en las cosas de Dios.

Por eso me sorprendió ver a San Ignacio compartiendo caja con el salvaje de Pascual Duarte, mientras Ana Ozores les contaba las penurias de su matrimonio con el Regente. O al descubrir que Florentino Ariza –eternamente enamorado en los tiempos del cólera– cortejaba a Julieta sin temor a que los Capuleto acabaran con él. Y eso que Bilbo Bolsón, de Bolsón Cerrado, ya había prevenido al colombiano del peligro que supone rondar a una italiana sin permiso de la Familia, principio eterno corroborado por Vito Corleone, que para eso es un padrino siciliano de libro (y cine).

Estos embrollos literarios proceden de un cambio de casa que, si bien no fue hecho en desolación, fue desolador por lo inevitable. Dicen que sólo un divorcio provoca más tensión que una mudanza y, tras superar el tercero (traslado, que no divorcio), puedo confirmarlo.

En esos días de caos vital pasaron por mis ojos un montón de libros. Grandes y pequeños, viejos y nuevos, buenos y malos. Mientras les quitaba el polvo y los empacaba, descubrí que una biografía de Fidel Castro había terminado al lado de Un enemigo del pueblo, de Ibsen. ¿Pura casualidad? ¿Justicia poética? Entonces pensé que habría ocurrido en Cuba si Fidel hubiera sido fiel. Al menos a sí mismo. Probablemente nada. O quizá sí. Siempre nos quedará la duda y, en su defecto, París.

El caso es que, mientras bajaba los libros a tierra, apareció el Tartufo con sus devociones ridículas acompañado por Maquiavelo, al que las cosas del alma le provocan risa floja. Ambos coincidieron en la puerta del salón con seis personajes en busca de autor y se formó tal atasco que Iván Karamazov, el único silencioso en su infierno interior, no pudo entrar. Entonces le grité al ruso que, al lado, estaban Borges y el buscón llamado Pablos tomando mate mientras esperaban a Cabrera Infante, que venía de Londres con sus tristes y exiliados tigres que, por cierto, eran tres.

Pese a la barahúnda, todos se pusieron de acuerdo en una cosa: quejarse de la mudanza y su horario irritante, de la rudeza de los braceros y del frío que habían pasado a la intemperie. Yo era el culpable y por eso me acusaban con saña de fiscal novato. Así que, ante la avalancha de lamentos, hice lo que pude –que fue más bien nada–: galleguear como si fuera Cunqueiro y jurarles que la nueva casa era luminosa, grande y con librerías amplias.

Al fin y al cabo, eso es lo que ellos quieren: más espacio y ningún expurgo. Los libros son fieles entre sí y los míos aún recuerdan a los que se quedaron por el camino en la última mudanza: Marguerite Duras y su amante, Los pilares de la tierra y otras obras nocivas por su pesimismo. Por ejemplo, La náusea, del triste de Sartre (Jean-Paul), algo que Cioran aún me reprocha con esa acidez tan suya y algo de razón.

Yo, inocente, me defiendo sin pericia y me digo que algo bueno tenían que tener las mudanzas.

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