Noticias© Comunicación Institucional, 27/05/2005

Universidad de Navarra

La ley orgánica de educación: más de lo mismo

Autor: Javier Laspalas
Departamento de Educación
Universidad de Navarra

Fecha: 27 de mayo de 2005

Publicado en: Expansión (Madrid)

Desde que el Ministerio de Educación hizo público el texto del Anteproyecto de la LOE, como es habitual cada vez que se anuncia una reforma del sistema escolar, han sido muchas las voces críticas de uno u otro signo que se han dejado oír.

Tanto revuelo me parece injustificado, habida cuenta de que estamos ante una ley continuista, pues sigue en buena medida el texto de la LOCE. Es cierto que en algunos puntos el anteproyecto de ley introduce novedades, pero el debate que ha suscitado tiene bastante poco que ver con ellas.

Hay sin duda en él puntos muy criticables, como la tendencia a vaciar de contenido la libertad de enseñanza, marginar la religión o reducir el peso de las humanidades. Sin embargo, creo que el aspecto más negativo de la nueva ley es lo que no dice, es decir, los problemas que ignora y se niega a afrontar.

Lo que desde el punto de vista formativo y económico debiera preocuparnos son las evidencias de que los españoles aprenden muy poco, y ello a pesar de que se ha incrementado notablemente el gasto y se ha prolongado la edad de escolarización.

Los gobernantes repiten una y otra vez que la enseñanza es una inversión de futuro. Claro que si tal afirmación es algo más que simple retórica o pura demagogia, deberían preguntarse cuál es la calidad y la eficiencia del sistema educativo español. En realidad, sobre tal cuestión pesa un extraño tabú. Ante los preocupantes datos del Informe Pisa, el actual gobierno se limitó a decir, supongo con la intención de salir del paso, que demostraban la ineficacia de la LOCE.

No se entiende bien cómo una ley que en la práctica nunca ha estado vigente puede haber causado un problema tan grave, pero todavía se entiende menos que quienes deben velar por la calidad de la enseñanza se consuelen con argumentos tan peregrinos, y se olviden del que, a mi juicio, es el primer problema del sistema escolar en nuestro país: su evidente incapacidad para proporcionar una buena formación a los alumnos.

La nueva ley, que se ocupa de otros asuntos, sin duda importantes, no incluye medidas para solventar dicho problema, y se limita a poner parches a una concepción de la enseñanza -la de la LOGSE- que ha demostrado bien a las claras que contribuye a fomentar la mediocridad. Sin embargo, lo que un país desarrollado debería exigir a sus escuelas es que impulsen al máximo la formación de sus ciudadanos, y es muy dudoso que tal cosa se logre por el simple hecho de invertir más en ellas.

¿Qué se puede hacer para mejorar la eficiencia de nuestro sistema escolar?, por ejemplo, para conseguir que la mayoría de nuestros jóvenes domine el inglés al concluir la enseñanza obligatoria, y sin necesidad de frecuentar esa especie de red escolar paralela que son las academias de idiomas. De entre las muchas medidas posibles, citaré sólo tres.

En primer lugar, habría que incrementar la diversificación y el grado de exigencia en la enseñanza secundaria. Considero que esa es la única manera de hacer realidad la tesis de que la educación contribuye al progreso cultural y económico de un país. La LOCE lo intentó de una manera muy tímida y la nueva ley elimina algunos de sus avances. No se pierdan los equilibrios que se hacen en su preámbulo para evitar reconocer la responsabilidad de los propios alumnos en su fracaso escolar.

En segundo lugar, habría que evaluar todos centros de enseñanza para verificar cuál es su productividad. Se trataría de comprobar si se alcanzan los estándares mínimos de rendimiento, pero también de verificar si los alumnos avanzan de acuerdo con su capacidad. Como es lógico, el grado de exigencia debería establecerse en función del nivel académico de los alumnos y del entorno social del centro. Asignar fondos extraordinarios a las mejores escuelas, como ha hecho el gobierno laborista en Gran Bretaña, sería una buena medida adicional.

Finalmente, la evaluación debería ir acompañada de programas de mejora para los centros docentes con problemas. Cuando un colegio no funciona bien es por uno o varios de los siguientes motivos: sus alumnos no quieren aprender o proceden de familias con problemas, los profesores no se esfuerzan o no hacen bien su trabajo, o la organización y gestión del centro es inadecuada. Habría que realizar un esfuerzo serio para corregir estas deficiencias.

Por supuesto, no soy lo suficientemente iluso como para creer que el gobierno, los partidos políticos, la ciudadanía y los mismos profesores y alumnos van a aceptar con facilidad mis propuestas. De lo que sí estoy convencido es de que el actual sistema educativo sólo nos permite formar jóvenes tan escolarizados como poco instruidos.

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