Noticias© Comunicación Institucional, 27/04/2008

Universidad de Navarra

El Papa en la ONU

Autor: Josep-Ignasi Saranyana
Facultad de Teología
Universidad de Navarra

Fecha: 27 de abril de 2008

Publicado en: La Vanguardia (Barcelona)

En su discurso a la Asamblea General de Naciones Unidas, Benedicto XVI ha aludido al orden internacional y ha mencionado a Francisco de Vitoria, padre del "derecho de gentes". Según el ius gentium clásico, es deber primordial del gobernante proteger a los gobernados. En la actual coyuntura política, tal anotación no ha pasado inadvertida, si bien con lecturas diversas, y ha merecido comentarios de primera plana.

Estimo, sin embargo, que el Papa ha tratado otros temas de mayor calado. Ante todo, ha recordado que los derechos humanos echan sus raíces en un derecho que no cambia; fundado, en definitiva, en un orden que está por encima de los mandatos jurídico-positivos. Los derechos humanos se basan en la indiscutible primacía de la persona, que se sitúa más allá de una "mísera perspectiva utilitarista". Una confianza ilimitada en las disposiciones promulgadas por los Estados podría acarrear consecuencias funestas.

Es obvio que el Papa recordaba la discusión sobre la legitimidad del régimen nazi (y también de los regímenes comunistas) y el debate sobre la obediencia debida, desatados al término de la Segunda Guerra Mundial. Nadie discute hoy, después de 1945 y, más aún, después de 1989, que una ley puede ser injusta, aunque haya sido bien tramitada. No todo lo legislado por los órganos competentes es necesariamente justo.

Otro aspecto del discurso pontificio, quizá más destacable todavía, ha sido la referencia a la dimensión religiosa de la persona. El Papa ha señalado que incumbe a Naciones Unidas defender este valor trascendente, porque constituye la primera de todas las libertades. Por eso "es inconcebible que los creyentes deban suprimir una parte de sí mismos para ser ciudadanos activos". La ONU, pues, "del mismo modo que apoya el diálogo en otros campos de la actividad humana", debe fomentar también el diálogo interreligioso.

Los tiempos, en efecto, no están por relegar a los cristianos a las catacumbas, como lo prueban las reacciones que este viaje ha suscitado.

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