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27/02/2009

El predictor más seguro del éxito escolar

Autor: Alejandro Navas
Profesor de Sociología
Universidad de Navarra

Fecha: 27 de febrero de 2009

Publicado en: Heraldo de Aragón

Más allá de la retórica triunfalista de algún gobierno que se empeña en declarar que nuestro sistema educativo no da motivos para la preocupación, los más directamente implicados se muestran francamente alarmados por la caída libre de nuestra educación formal. Nos encontramos ante una paradoja lacerante: cuanto mayor es la inversión en medios materiales y en educadores y expertos, mayor parece ser la rapidez del deterioro del sistema. El problema no es exclusivo de nuestro país, si es que podemos aferrarnos a tan triste consuelo, pero la diferencia es que en otros sitios sí que hay un debate riguroso, al margen de sectarismos partidistas, que se propone mejorar la situación, no de los políticos, sino de los alumnos y profesores.

Las burocracias educativas buscan variables o indicadores asequibles empíricamente que permitan identificar factores de éxito o de fracaso. De esta forma, será más fácil implementar las políticas apropiadas. No me voy a referir ahora a la visión de fondo que se esconde detrás de este planteamiento tecnocrático. Me limito a mencionar el indicador que, según las averiguaciones de las autoridades educativas alemanas, con mayor seguridad permite predecir el éxito escolar futuro de los niños pequeños: el número de libros existentes en el hogar familiar. Si hay libros en la casa, con seguridad los padres serán lectores. Los hijos verán leer a sus padres, éstos leerán a sus hijos -la típica estampa del progenitor leyendo a los hijos antes de dormirse-, se hablará de las lecturas. Los efectos serán evidentes: los hijos enriquecerán su vocabulario, tendrán facilidad para la reflexión y el pensamiento abstracto, escribirán con corrección. Corolario natural será, por supuesto, el éxito escolar. Si los niños leen, están salvados: en esta breve sentencia se podrían resumir los hallazgos de tanta investigación empírica.

Cuando cada año comienzo mis clases de Sociología General, intento mostrar a mis alumnos que el ser humano es social por naturaleza: la persona no se puede dar en singular. Después de citar a Aristóteles, solía mencionar a Robinson Crusoe, para ilustrar las dificultades de la vida solitaria y las ventajas de la cooperación y la división del trabajo. Desde hace unos años he renunciado a hacerlo: las nuevas generaciones no han leído a Daniel Defoe, y tampoco a los autores clásicos de la literatura juvenil: Alejandro Dumas, Julio Verne, Emilio Salgari, Rudyard Kipling. Menos mal que la narrativa fantástica nos salva del absoluto desierto. ¿Dónde encontrar un equivalente de Robinson? De momento salgo del paso aludiendo a Tom Hanks en su isla, pero ¿qué haré cuando la película Náufrago termine su ciclo comercial y deje de estar disponible en los videoclubs? Me temo que sólo me quedará confiar en que aparezca un videojuego que incorpore este argumento. Mientras tanto, seguiremos preguntándonos por las causas del elevado fracaso escolar.

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