Noticias© Comunicación Institucional, 27/01/2006

Universidad de Navarra

La sorpresa de Joseph Ratzinger

Autor: Pablo Blanco Sarto
Profesor de Teología
Universidad de Navarra

Fecha: 27 de enero de 2006

Publicado en: La Gaceta de los Negocios (Madrid)

Nadie se lo podía imaginar. Después de unos meses de espera, sobre los que el pontífice alemán ha ironizado al referirse a los problemas de traducción, aparece esta primera encíclica. Tan sólo era predecible por los adelantos que hizo el mismo Benedicto XVI. Quien tenía una imagen severa del antiguo prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe (la de Panzerkardinal y Gran Inquisidor) podrá ahora contrastarla con este nuevo texto. Ratzinger desarmó ya a la opinión pública con las primeras imágenes de su pontificado, en las que aparecía como un hombre tranquilo y lleno de paz. Después ha convertido la plaza de san Pedro en una inmensa aula (la inmensa Pablo VI se ha quedado pequeña), donde el profesor alemán daba sus clases sin apenas leer los papeles y con las gafas apoyadas en la punta de la nariz.

Ahora nos da una clase sobre el amor, la esencia del cristianismo. “La palabra amor está hoy tan estropeada, desgastada y se abusa tanto de ella, que casi se teme dejar que aflore a los labios -dijo el lunes el Papa en un simposio sobre caridad-. Y sin embargo, es una palabra primordial, expresión de una realidad primordial; no podemos abandonarla, debemos retomarla, purificarla y devolverle su esplendor original, para que pueda iluminar nuestra vida y llevarla por el camino recto. Esta convicción me ha inducido a elegir el amor como tema de mi primera encíclica”. El amor y la caridad son temas profundamente cristianos. Ante una palabra tan devaluada y con una alta inflación por su uso y abuso, el Papa pide a los cristianos que reflexionen sobre ella.

Aunque fechada el día de Navidad, ha publicado sin embargo esta encíclica en la fiesta de la conversión de san Pablo, día en el que termina el octavario de oración por la unidad de los cristianos. Tendrá por tanto un amplio alcance ecuménico, ha dicho Walter Kasper, pues el amor es el “cemento” que une a todos los cristianos y a todas las iglesias, y construye así la única Iglesia de Cristo. El texto (en alemán e italiano originalmente, de 25 páginas, con párrafos más breves de los que solía emplear Juan Pablo II) consta de dos partes: una dedicada al amor, divino y humano, y otra a la caridad, como norma de conducta obligada en la Iglesia.

Eros, agapé, caritas: el pontífice alemán toma estos términos de las lenguas clásicas para recordarnos algo fundamental. “El eros se transforma en agapé en la medida en que hombre y mujer se aman realmente, y cada uno no se busca sólo a sí mismo, su alegría, su placer, sino que busca sobre todo el bien del otro”, explica el Papa. Es curioso también porque el amor y la familia no han sido de los temas más desarrollados con anterioridad por el Herr Professor en su copiosa bibliografía. (Tan sólo se cuenta como precedente el que estuvo como secretario en el sínodo sobre estos temas en 1980, antes de ir a trabajar a Roma como prefecto de Juan Pablo II.) Parece ser por tanto una necesidad que se impone. Benedicto XVI habla así del sexo, del amor y de la caridad no sólo a todos los cristianos, sino también a todos los hombres y mujeres.

En la nueva encíclica se cita allí sin complejos a Nietzsche, Descartes, Virgilio, Platón, a su querido san Agustín o a Teresa de Calcuta; pero sobre todo se acude al inagotable Cantar de los cantares y al resto de la Biblia. Como ha destacado un conocido periodista, presenta esa “revolución del amor” que todavía no ha conseguido triunfar del todo en nuestro pequeño mundo. Para que esta se lleve a cabo de una vez por todas, hace falta no olvidar dos palabras: Dios y Cristo, afirma. Jesucristo es “el amor de Dios encarnado”, que se concreta no sólo en la caridad con los demás, sino sobre todo en la cruz y en el sacramento de la eucaristía. De ahí nace todo nuestro amor a Dios y al prójimo: todo amor y caridad verdaderos vienen de Dios. Y esto es algo que en la Iglesia no hemos de olvidar, pero que también puede venir bien a este mundo, a veces un tanto cruel. De verdad que el amor puede cambiar el mundo, nos repite Benedicto XVI con una seguridad que nos debe hacer pensar.

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