Noticias© Comunicación Institucional, 27/01/2006

Universidad de Navarra

Un maestro excepcional

Autor: Juan Ramón García-Morato
Profesor del Instituto de Antropología y Ética
Capellán de la Facultad de Medicina
Universidad de Navarra

Fecha: 27 de enero de 2006

Publicado en: Alba (Madrid)

A las personas se las conoce muchas veces por sucesos pequeños y entrañables, que nos acaban por dar la medida certera y cercana de una biografía que puede resultar amplia y hasta apabullante. Así lo mostró el presidente de la República Federal Alemana cuando recibió a Benedicto XVI en el aeropuerto de Colonia este verano: “Pronto hará cincuenta años que inició usted su carrera académica muy cerca de aquí, en la Universidad de Bonn, como jovencísimo catedrático de Teología. Su manera de interpretar la fe entusiasmó a sus oyentes y desde entonces su prestigio en el mundo científico no ha dejado de crecer. Para usted la fe y la Teología no han sido nunca un tema propio de círculos académicos ajenos al mundo. Siempre ha velado usted por que las manifestaciones centrales de la profesión de fe sean a la vez relevantes para la cultura secular y la política. Lógicamente ello había de provocar desacuerdos. Pero usted con razón prefiere el desacuerdo a la indiferencia”. Ya no ocupa la cátedra de Bonn, ni la de Tubinga, ni la de Munich, pero continúa siendo un gran maestro. Ahora enseña desde la cátedra de Pedro, la más antigua y prestigiosa del mundo.

Mientras escuchaba esas palabras de bienvenida, se avivó el recuerdo. Era el mes de enero de 1998. La Universidad de Navarra iba a conferir el doctorado Honoris Causa a tres profesores universitarios de reconocido prestigio internacional. Un norteamericano, profesor de Ciencias de la Empresa -Julian Simon-, un reconocido investigador holandés en el área de la Farmacología -Douwe Breimer- y una catedrático de Teología alemán, Joseph Ratzinger. Judío el primero, calvinista el segundo y cardenal de la Iglesia el último. Tres personas tan distintas y las tres amantes y buscadores de la verdad. Una feliz coincidencia que alegró al Cardenal, quizá porque era una manifestación de su modo habitual de trabajar entonces y ahora: codo a codo con las personas de buena voluntad. No son nuevas las líneas de acción de Benedicto XVI: las lleva en lo más hondo de su ser.

Su modo de ser catedrático en Bonn lo continúa en la cátedra de Pedro: brevedad y profundidad. Pero el número de alumnos aumenta: no ha sido posible celebrar ninguna audiencia de los miércoles en la sala Nervi, porque no puede dar cabida a todos los asistentes.

Mi encuentro con él en aquellos días del 98 fue más bien colateral: una concelebración eucarística en uno de los colegios mayores del campus; y más tarde, la comida con un grupo de profesores de la Facultad de Teología. ¿Impresiones?: cercanía, afecto, capacidad de escuchar, de hacerse cargo, de entrar rápidamente en diálogo sobre cuestiones importantes y sobre otras que no parecen serlo. Recuerdo mi sorpresa años más tarde cuando, en uno de los libros-entrevista, reflexionaba sobre el fútbol. Era una visión ¡tan certera!, que aún no he encontrado un buen aficionado que no comparta sus reflexiones y que no se sorprenda al conocer quien es el autor de esas palabras.

Arrastra a los jóvenes porque les resulta reconfortante que alguien les diga la verdad con sencillez. Al menos es lo que percibo en mi contacto habitual con ellos. Le escuchan sin prejuicios -esa enfermedad de la inteligencia que afecta sobre todo a las personas mayores- y casi van asintiendo a la vez que él. Lo comprobé el verano pasado en Marienfeld. Ante algunas palabras del Papa, oía a los jóvenes que tenía a mis espaldas: ¡Es verdad!, ¡¡qué fuerte!! Y otras veces sentenciaban: ¡Es una pasada: se le entiende todo! Quizá no lo entendieron todo, pero hubo sintonía. Mucha. Tampoco me sorprendió. Antes del doctorado Honoris Causa mantuvo una conversación fluida, directa y animada con estudiantes de todas las facultades, disfrutando unos y otros con la conversación.

Benedicto XVI reúne con naturalidad la sencillez y la profundidad, la claridad y la delicadeza en todo cuanto hace y dice. Siempre busca lo que une y nunca resalta lo que separa, aunque sea consciente de ello. Ama el diálogo porque ama la verdad. Nunca ha buscado “tener razón”, sino caminar junto a todo el que quisiera ir a su lado para encontrar más luz. Por eso siempre busca y encuentra y acepta la parte de razón que tienen los demás. Por eso ha sido invitado a los foros intelectuales más destacados del mundo, también cuando era prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe. Por eso Jürgen Habermas -una de las mentes más privilegiadas de la filosofía actual- ha querido tener un debate público con él. Por eso no tiene miedo a que le hagan cualquier pregunta. Quizá por esa razón Francisco Umbral rompía una lanza a su favor en una columna periodística, poco después de ser elegido.

No es casualidad que su primera encíclica lleve por título “Dios es amor”. Ni carece de significado que la haya firmado el 25 de diciembre. Y en modo alguno es fortuito que sea presentada al público el 25 de enero, coincidiendo con el último día del octavario por la unidad de los cristianos. Es la primera lección “magistral” de un maestro acostumbrado a buscar la verdad y a decirla con caridad. Es decir, con sencillez y claridad, con afecto y lleno de comprensión.

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