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26/01/2009

'Probablemente' ateos

Autor: José Ramón Villar
Decano de la Facultad de Teología
Universidad de Navarra

Fecha: 26 de enero de 2009

Publicado en: El Correo (País Vasco)

La eterna cuestión sobre el origen de la vida y la existencia de Dios ha encontrado un original punto de debate en la campaña que utiliza autobuses para lanzar un mensaje de resonancias ateas. El impacto de la iniciativa, su propio eslogan y la correspondiente respuesta de colectivos creyentes han reactivado, y polarizado, las posturas sobre el papel de la religión en nuestras sociedades

Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta la vida'. Lema de la iniciativa publicitaria de una asociación 'probablemente' atea. Sin duda, cada uno gasta el dinero como estima oportuno, y hay que reconocer que en este caso la inversión ha salido rentable, a la vista de la resonancia mediática gratuita. Entre otros objetivos, la iniciativa se dirige, según sus impulsores, «a quienes no creen para que piensen que hay mucha más gente como ellos. (...) Es bueno que se sepa en el trabajo, en los bares, que uno es ateo y que se puede seguir siendo amigo y tomar copas sin que pase nada».

Parece, pues, que la campaña aspira a apoyar a ateos que sobreviven aislados y quizá en un entorno de incomprensión. Sin embargo, resulta sumamente improbable que la iniciativa publicitaria se dirija a aliviar las penosas condiciones del ateísmo en estos pagos, o a sostener a los inseguros en sus convicciones ateas. Con toda obviedad, el mensaje se dirige a la mayoría de los ciudadanos para que en materia religiosa se «dejen de preocupaciones y disfruten de la vida». Unos consejos, por cierto, puestos en práctica desde hace años, sin necesidad de publicidad alguna, por los estamentos acomodados de nuestras prósperas ciudades. Sospecho que entre los excluidos de esa fortuna burguesa sonará algo cínica la exhortación al goce de la vida.

En todo caso, el mensaje es claro: el ateísmo es garantía de goce y disfrute, y los creyentes olvidan las delicias paradisíacas de este mundo, enredados en sombrías preocupaciones religiosas. El eslogan es diáfano en su pueril simplicidad: los felices increyentes frente a los infelices creyentes. Conceder a esta idea el estatus de argumento contra la religión sería hacerle un honor que no merece. Es simplemente eso, un eslogan, que sólo pretende inducir un sentimiento negativo, una predisposición fisiológica contraria a la religión. Este 'probable' ateísmo, que parece fundirse en abrazo cordial con el botellón-fin-de-semana, intelectualmente no da más de sí. En realidad, resulta paradójico que quienes se presentan como paladines de la racionalidad científica acaben apelando a las pulsiones más elementales del ser humano.

Es frecuente la estrategia de deformar aquella idea que se quiere estigmatizar, para dejar así bien patente lo fundado del rechazo. Los creyentes, nos dice implícitamente el eslogan, se sumergen en un mundo de tristezas que provoca un Dios aguafiestas. Esta caricatura de un Dios nocivo para el bienestar y la felicidad humana no responde en absoluto a la verdadera experiencia religiosa. Pero este dato elemental resulta totalmente indiferente para nuestros publicistas ateos. Las deformaciones esperpénticas de la imagen (cristiana) de Dios forman parte esencial de la estrategia, y eso explica la constancia con que algunos siguen enrocados en esa presentación. Sería deseable tomar más en serio no sólo a los creyentes sino también a quienes tienen dificultades religiosas, y las viven en su carne como una grave cuestión. Situar las 'preocupaciones' religiosas en el nivel superficial del goce y disfrute de las aficiones deportivas o de un destino turístico resulta cuando menos frívolo. La existencia de Dios no es un asunto para trivializar en marquesinas publicitarias.

Nuestros 'probables' ateos desdramatizan lúdicamente la existencia de Dios mediante el expediente de no pensar en ella. No apelan al raciocinio, sino precisamente a desactivar la inteligencia. Por ese motivo, como iniciativa para suscitar el diálogo serio sobre Dios, su mensaje 'probablemente' ateo tiene un recorrido muy corto y anecdótico. Afortunadamente, los grandes temas de la condición humana seguirán siempre presentes en cada persona. No es posible renunciar a la razón y a la experiencia humana universal. El poeta latino Ovidio decía, a su manera, que la aparición del ser humano en la Tierra sucedió porque «se echaba en falta un ser viviente más noble, más dotado de espíritu sublime (...), y mientras los demás animales miran hacia la tierra, se le dio al hombre un rostro levantado, mandándole que contemplara el cielo y que llevara el semblante erguido hacia las estrellas». Ovidio, hombre anterior al cristianismo, percibía esas preguntas vitales: cuál es el sentido de la vida y de la muerte, del dolor, del ansia de verdad, de bondad y de felicidad. El poeta miraba hacia el cielo porque, en su idea, ahí reside el origen de un misterio superior.

Para la fe cristiana, ese misterio se esclarece en Jesús de Nazaret, imagen de Dios invisible, revelación del misterio del Padre y de su amor. El misterio del mundo no está en la arbitrariedad de fuerzas ciegas. Es amor que acoge, amistad que invita, gracia que se ofrece. Su presencia en el mundo es discreta, como lo es la presencia del amor verdadero. Bajo la superficie de la vida, la existencia humana está habitada por la presencia de Dios que potencia y eleva la vida de los hombres y la abre a un horizonte insospechado. No se impone con su poder. Se ofrece como fuente de vida a todo el que se abre a Él. Es el «tesoro escondido» que llena de alegría a quien lo descubre (Mt 13, 44). El Dios que se acerca a los hombres en Jesucristo es perdón sin límites, misericordia gratuita e incondicionada. Creer en Dios revelado en Jesucristo es saberse enraizado en un amor originario que ofrece una existencia gozosa que colma las expectativas del corazón humano. Por eso el Evangelio de Jesús es «buena noticia»: es gracia, fuerza y alegría para vivir.

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