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Chejov, a la sombra de los cerezos en flor

Chejov, explorador de emociones
Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  26 de enero de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

En una clara tarde de invierno dos jóvenes se lanzan en trineo por una pendiente helada. A la muchacha le aterroriza la velocidad y el turbión del aire en el descenso. El muchacho le susurra a media voz una frase entre el rugido del viento y el zumbido de los patines: «La amo, Nadia». Nadia no está segura de haber oído la ansiada declaración, mientras él fuma con indiferencia y disimula. Una y otra vez, venciendo su temor, ella propone bajar en el trineo esperando oír de nuevo aquellas palabras. Y la bromita se repite sin que el enigma se solucione, y se vuelve a repetir en los días siguientes, de manera que la muchacha se habitúa a aquella frase como a una droga. Con la primavera la nieve se derrite, la montaña de hielo se oscurece y la infeliz Nadia no tiene ya dónde oír aquellas palabras, ni habrá ya quien las pronuncie a su lado, porque el viento no sopla y el bromista parte a San Pertersburgo para largo tiempo ¡Quizá para siempre! Años más tarde el narrador (el autor de la bromita), ya hombre maduro y solitario, evoca este episodio con melancolía. ¿Por qué haría esta bromita? ¿Será feliz Nadia, ahora casada y con tres hijos? ¿Cómo recordará los días de la juventud? Para el narrador aquel tiempo no ha sido olvidado; es el recuerdo más conmovedor y maravilloso de su vida, pero no comprende por qué decía aquellas palabras... por qué bromeaba así.

En este cuento («Una bromita»), de un par de páginas está cifrado todo el arte de Anton Chejov (1860-1904). Es imposible decir más con menos palabras: el amor de juventud, la frustración, la abulia que deja en mera y cruel «bromita» lo que pudo ser, lo que era seguramente, vital para los personajes. Solo Chejov es capaz de poner en esos pocos renglones toda la mágica emoción de un amor que pudo vivir y que se deja ir, como la nieve derretida del tobogán. Solo Chejov es capaz de iluminar la compleja sicología de estas esperanzas frustradas, de estas preguntas sobre la condición melancólica de la vida.

De la atmósfera poética a la sátira costumbrista y de la fantasía al humor, los espléndidos cuentos de Chejov fascinan como breves iluminaciones de profunda sensibilidad. Vemos en ellos a los funcionarios, estudiantes, burócratas, actores y periodistas, mujeres de la nobleza y de la mala vida, terratenientes y campesinos, toda la gama social y espiritual de la Rusia de su tiempo, sometida a veces a burla irónica, y mirada siempre con la compasiva tristeza de quien participa de sus dolores más profundos. ¿Cómo no compadecer a «La corista», que entrega sus propias joyas a la mujer necesitada de uno de sus amantes para ser insultada y despreciada por los mismos que explotan su sacrificio? ¿Cómo no indignarse con la espantosa pintura de «La sala número seis», en un hospital de locos donde los de afuera son presas de una demencia mucho más peligrosa que los encerrados? El escritor, con sabia intensidad, nos presenta en pocas páginas a un cochero que va a enterrar a su único hijo y solo tiene a un viejo caballo para contarle sus penas («Tristeza»); al grotesco marido engañado que reflexiona sobre todas las venganzas terribles que va a tomar y que en su timidez acaba comprando en una tienda de armas ¡una red para cazar codornices! («El vengador»); terratenientes embrutecidos que únicamente saben cazar y emborracharse; campesinos testarudos que usan las tuercas que roban de la vía como plomada de pesca y no comprenden que los acusen de un delito; actores fracasados; amores tardíos («La dama del perrito», uno de los mejores cuentos del autor); viejos abandonados que estorban a todos y a quienes todos les estorban («Una historia aburrida»); jóvenes que pretenden conquistar el mundo y que acaban entregados a la pereza y a la soledad... A menudo un espejismo brillante revela su vaciedad, y los protagonistas comprenden que han malgastado sus oportunidades de ser felices: magistral es la historia de «La mariposa» (la frívola y llamativa Olga Ivanovna), casada con un médico, hombre bondadoso, pero gris en comparación con el mundo de artistas, músicos y poetas que rodea a su mujer. El mito del arte y de la sensibilidad arrastran a Olga, que abandona a su marido por un pintor mediocre, un supuesto genio que pronto de cansa de la aventura. Cuando su marido cae enfermo por cuidar a un niño y muere contagiado, Olga, consciente ahora de la falsedad sórdida en la que ha vivido comprende al fin que su marido «era un hombre extraordinario, excepcional, un gigante en comparación con los que ella conocía». Ya es tarde para recuperarlo.

Chejov explora, con muchos matices y en personajes muy variados, un común estado de espíritu dominado por la añoranza o el anhelo, la angustia del paso del tiempo, la percepción sentimental de la naturaleza. Sus protagonistas se duelen de la vaciedad de sus vidas, pero no son capaces de luchar por el éxito o el amor. Una tristeza otoñal, una abulia vaga y poderosa los inmoviliza. Viven en el territorio de las ilusiones perdidas, en la soledad. Pero la atmósfera de los relatos chejovianos no es pesimista, como la de otros escritores rusos de su tiempo. Siempre que alguien quiere vivir y se alza para mirar al futuro, el horizonte se aclara. El oficial Tusenbach proclama la esperanza en el primer acto de Tres hermanas: «Un alud avanza hacia nosotros. Llegará una tempestad poderosa y sana. Está en marcha, casi nos alcanza, y barrerá de la sociedad la pereza, la indiferencia, el desprecio al trabajo y el podrido aburrimiento».

La mirada de Chejov se preocupa de los hombres, pero también capta los paisajes interiores y de la naturaleza: posadas, estaciones de ferrocarril, oficinas, salones, y sobre todo los grandes campos de la Rusia infinita, los caminos, las estepas fluidas, los bosques donde blanquea el álamo, donde tiemblan los abedules.

Todo en Chejov respira la vida, casi siempre llena de melancolía, pero siempre latente de esperanza, como esos jardines de cerezos cuyos frágiles pétalos caen al menor soplo del viento, pero que volverán a florecer en todas las primaveras.

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