Noticias© Comunicación Institucional, 25/09/2006

Universidad de Navarra

El rábano y las hojas

Autor: Pablo Blanco Sarto
Profesor de Teología Dogmática
Universidad de Navarra

Fecha: 25 de septiembre de 2006

Publicado en: La Gaceta de los Negocios (Madrid)

Como otras veces, hemos cogido el rábano por las hojas. Cuando el Papa hablaba de paz, razón y diálogo, hemos entendido otra cosa: cruzada, violencia y guerra santa. Hay quien ha visto en una cita refutada un ataque irrefutable al islam. Tal vez porque todavía no se había traducido al árabe todo el discurso, pronunciado ante doscientos sesudos profesores universitarios, que no creyeron ver ningún tipo de violencia en estas palabras. Algunas reacciones han sido sin embargo un tanto violentas y tal vez no demasiado racionales.

El tema de la razón es un clásico en la teología de Joseph Ratzinger. Aparece ya en su tesis doctoral y a lo largo de toda su obra, tal como intenté explicar en Joseph Ratzinger. Razón y cristianismo (2005). Según he entendido al leer sus escritos, el teólogo alemán recordaba la apuesta comprometida por parte del primer cristianismo a favor de la razón (era su peor enemiga...). Como se sabe, la poesía y la política han sido continuas fuentes de inspiración para las religiones de todo el mundo. Pero por un lado, el cristianismo ha luchado siempre por mantener su independencia del poder estatal, de separar (a pesar de errores, avances y retrocesos) la Iglesia del Estado, para poder dar así al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.Por otra parte, es cierto que la fe cristiana asumió la poesía por ser una constante universal humana (piénsese en los cantos y en los himnos), pero fue un poco más allá. El cristianismo desde los primeros tiempos quiso aliarse también con la ciencia y el pensamiento. Para él, hubiera sido más sencillo servirse de las religiones orientales, que tenían un transfondo mítico y simbólico casi unilateral. Sin embargo, la religión cristiana apostó por lo más difícil: confrontarse con la filosofía pagana, con el pensamiento griego (que era entonces la elaboración racional más completa, y que todavía ahora nos da qué hablar).

El cristianismo cuenta –como decíamos- con dos armas poderosas e inseparables, que son la fe y la razón. Por un lado, la fe cristiana ha de seguir pensando y haciendo ciencia, y no ha de refugiarse en un cómodo simbolismo o en el misticismo de lo inefable. Es cierto que la mística y el símbolo son de gran importancia en la religión cristiana (piénsese en la Biblia o en la liturgia), pero ha de llegar también a esas esferas tan prestigiosas en la vida humana, como lo es el ámbito de la ciencia y del pensamiento.

Tal vez la presencia de san Pablo en el Aerópago de Atenas sea un símbolo en este sentido: Pablo habla a los atenienses del dios desconocido, de ese dios que tan solo conocen por la razón, y les anima a tener un conocimiento más completo y pleno a través de la fe. Los nombres de Justino y Clemente de Alejandría (filósofos y cristianos) son tan solo los primeros de una larga lista. La religión cristiana se ha aliado siempre con la razón; es lo que Ratzinger ha llamado "la victoria de la inteligencia" en el mundo de las religiones.

Dicho de otro modo: la verdad tiene derecho de ciudadanía en todos los campos del saber. Con este mismo título, la verdad cristiana ha de encontrar un acuerdo con las verdades que se obtienen a través de la ciencia o de la razón. Por eso sostiene también que la teología es una necesidad para la Iglesia: sin la teología, la Iglesia no puede vivir. La misma fe ya exige la razón: para creer hay que pensar. De modo que la teología es una prolongación natural de esa tendencia natural a pensar que tiene todo creyente. La fe va siempre más allá del sentimiento, para llegar al pensamiento.

El teólogo alemán solía acabar muchas veces sus intervenciones con una imagen o un texto literario. Así terminaremos también nosotros, a modo de homenaje. Esta vez nos referiremos a una novela de detectives, que algo tiene que ver con la búsqueda de la verdad por medio de la fe y la razón. En La cruz azul, el inquieto y agudo cura detective que inmortalizó Gilbert Keith Chesterton descubre a un ladrón oculto bajo hábito sacerdotal. Ante la pregunta del famoso ladrón Flambeau de cómo había sabido que no era un verdadero clérigo, Father Brown alude a las vaguedades pseudopoéticas con las que el criminal había intentado engatusarle: “Usted atacó la razón, y eso es de mala teología”. Poco antes había dictaminado el sencillo sacerdote: “Ya sé que la gente ataca a la Iglesia por rebajar la razón, pero es precisamente al contrario. La Iglesia es la única que, en la Tierra, hace de la razón un objeto supremo; la única que afirma que Dios mismo está sujeto a la razón”. Dios mismo es logos y agape, verdad y amor –podemos añadir con Benedicto XVI – y ambos han de estar en el principio de todas las ideas y de todo el obrar de la persona humana –también de las religiones¬-, tal como ha venido recordando Joseph Ratzinger en estos tiempos algo olvidadizos. Ahora, como Papa, ha venido a recordarnos una vez más a todos los hombres y mujeres de cualquier religión este definitivo y prometedor binomio.

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