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Noticias © Comunicación Institucional, 25/09/2004Universidad de Navarra
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Gaudeamus, igitur
Autor:Rafael Domingo
Director de la Cátedra Garrigues
Universidad de Navarra
Fecha: 25 de septiembre de 2004
Publicado en:  La Gaceta de los Negocios (Madrid)

El inicio del año académico constituye un momento apropiado para una nueva reflexión sobre la universidad española en la hora presente. El objetivo parece claro. Se trata de que, en pocos decenios, nuestra universidad pueda llegar a competir, por su calidad docente, prestigio investigador y eficaz servicio a la sociedad, con las mejores universidades del planeta.

Tradición universitaria no nos falta; tampoco talento: sí, en cambio, un plan de acción magnánimo y atractivo -alejado de cualquier ideología partidista- que ha de comenzar con una determinante toma de conciencia social acerca del papel de la universidad en el desarrollo de nuestra sociedad. Así los creyeron ab initio, por ejemplo, los famosos "Pilgrims", cuando, a los pocos años de arribar a Plymouth (Massachusetts), fundaron el Harvard College (1636), al que siguieron otras tantas instituciones académicas que, con el tiempo, se convirtieron en prestigiosas universidades (Columbia, Yale, Princeton, etc.). Fue ésta entonces una de sus principales apuestas. Y mal no les ha ido.

En España, lacran nuestra universidad la elevada burocratización de la gestión académica, el marcado espíritu provinciano a causa de la endogamia profesoral y la falta de un diálogo fluido entre la propia universidad y la sociedad a la que sirve. La universidad española, además, aunque tampoco conviene cargar demasiado las tintas en este sentido, sigue corriendo el riesgo de convertirse, salvo honrosas excepciones, en una "máquina de expedir títulos". En 1957, Godfrey Smith, en su Directory of Opportunities for Graduates, comparaba, con no menos acierto que humor, los títulos académicos con los dientes postizos porque, decía, difícilmente se puede vivir sin ellos pero tampoco conviene alardear de su uso. Nuestra universidad, enferma de "titulitis", se ha ido desnaturalizando poco a poco precisamente porque los títulos académicos, para la universidad, deben ser eso y sólo eso: algo postizo, agregado, añadido, necesario, sí, pero en modo alguno suficiente. Esta situación universitaria pesa, pero no debe desalentarnos ni condicionar excesivamente nuestro porvenir.

Una reforma de calado exige, a mi entender, volver a las propias raíces de la institución universitaria, gran aportación medieval europea a la cultura universal. Se dice que es misión de la universidad la transmisión de la cultura (y no falta razón), pero también sirvieron las bibliotecas, en el primer milenio, para conseguir este objetivo cuando no existían propiamente universidades. Se habla también de su doble fin docente e investigador, y de tantas cosas más. Pienso, sin embargo, que tanto la docencia como la investigación son más medios que propiamente fines. Por eso, estoy con Ortega cuando afirma, en Misión de la universidad, que la investigación científica es un presupuesto de ésta, una condicio sine que non, pero no su fin. Una universidad sin investigación no se entiende (sería una mera academia), pero la investigación no es, no debe ser, patrimonio exclusivo de la universidad, y menos todavía del Estado o de las Comunidades Autónomas -que deben, por supuesto, fomentarla-, sino responsabilidad de todos los operadores sociales. Aquí se centra en nuestros días el diálogo universidad-sociedad.

En mi opinión, es la integración de saberes (universitas studiorum) la que da su razón de ser a esta institución multisecular. De ahí que todo cuanto hagamos para cumplir con este fin repercutirá directamente en la calidad de nuestras universidades. Dos vías de actuación sugeriría en este momento, a saber: fomentar ad intra la interdisciplinariedad y ad extra la movilidad tanto del profesorado como del alumnado. En efecto, en la interdisciplinariedad y la movilidad radican las claves de la universidad del siglo XXI, cada vez más condicionadas por su propio fin intergrador por la complejidad e interdependencia de nuestras sociedades,. Y es que, lo queramos o no, la universidad, y mucho tiene que ver con ello las nuevas tecnologías, debe dejar de ser "claustral", es decir, de vivir encerrada en sí misma, y convertirse en "global", abierta, de modo que, una vez internacionalizada en su profesorado y alumnado, obtenga el máximo rendimiento de las múltiples sinergias que una sociedad globalizada genera. Cada universidad ha de ser un auténtico laboratorio de integración globalizadora.

Si apostamos, en serio, por la movilidad, fundamento de esta nueva universidad global, observaremos en poco tiempo cómo mejora la calidad de las universidades. Existirá una sana competitividad entre la comunidad científica internacional: universidades de salida y de término, es decir, universidades donde se contraten flamantes doctores y otras donde sean contratados profesores tras una trayectoria académica internacionalmente reconocida. Esta libre movilidad debe afectar a todas las universidades, sin excepción. En los Estados Unidos, y no, por desgracia, en Europa, se ha logrado una intensa cooperación entre las llamadas universidades privadas y las públicas. Basta visitar la ciudad de Boston, donde se halla el prestigioso Boston College, de los jesuitas, la Boston University, pública, y, a pocos metros, pasando el río, ya en Cambridge, la Universidad Harvard (que no "de Harvard", pues se trata del nombre de un primigenio benefactor, John Harvard, y no de un topónimo).

Mucho se hablará este mes de septiembre sobre la Universidad. Todos tenemos buenos deseos. Pero éstos no son suficientes. Necesitamos objetivos a corto y largo plazo, y medios para alcanzarlos, es decir, necesitamos una eficaz política universitaria, que respete, eso sí, exquisitamente la autonomía de cada universidad. No hay otro camino si queremos competir a nivel internacional. Y un nivel inferior, hoy en día, es inadmisible. Pascal lo tenía ya muy claro: La science n'a pas de patrie!

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