Noticias: 25/08/04 [ © Comunicación Institucional, 2004 ]
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Para no volver "depre" de las vacaciones
Autor:José Benigno Freire
Psicólogo y profesor de Educación
Universidad de Navarra
Fecha: 25 de agosto de 2004
Publicado en:  Diario de Navarra

De un tiempo a esta parte, allá por el mes de septiembre, los medios de comunicación nos saturan con un sinfín de recetas y consejos para aliviar la pequeña "depre" que estoicamente soportamos al regresar de las vacaciones. Pues este año he sentido la irrefrenable tentación de adelantarme, siguiendo la asolerada máxima de la sabiduría popular: más vale prevenir que curar.

Tengo el presentimiento de que únicamente les parecerán algo atinadas estas sugerencias a aquellas personas que consideren el descanso como un elemento sustantivo de la siguiente ecuación: el descanso es el remedio para que las personas cansadas recuperen fuerzas para volverse a cansar. El descanso sólo es un bien en sí mismo si se inscribe en la ecuación anterior. Para convencerse de ello no es necesario recurrir a hilvanados y sesudos razonamientos antropológicos, basta con un sencillo cálculo aritmético: si una persona disfruta en las vacaciones, disfruta un mes al año; pero si disfruta con el trabajo lo hace durante once meses y, además, aún le resta el mes de vacaciones... ¡Evidente!

Aunque el meollo del asunto se esconde en un peldaño superior: comprender y enfocar justamente el trabajo, pues con él conviven muchos malentendidos. El trabajo necesariamente cansa y fatiga pero eso no impide que resulte gustoso, si parodiamos el título de un encantador libro de Juan Ramón Jiménez. Sucede exactamente igual que con el deporte: uno suda, se cansa, casi se agota y, sin embargo, provoca sensaciones gratificantes y es muy beneficioso para la salud.

Las buenas vacaciones han de encararse con el ánimo de remansar fuerzas para después degustar el duro trabajo del año y sosegar la convivencia familiar, irritadilla de tanto en cuanto por el mucho trajinar de todos los días. El lema será, por tanto, descansar y divertirse, siempre y cuando esas actividades no entorpezcan o disturben el trabajo posterior.

Móviles apagados

Se comienza por reponer las fuerzas corporales. Hay que prestarle importancia primordial al sueño holgado y reparador, sin ser un sueño gandul. Quizá esos tiempos de esparcimiento permitan o reclamen una tertulia después de la cena o alguna actividad nocturna; sin embargo, préstese un especial empeño en dormir un número suficiente de horas tranquilas y serenas, sin levantarse muy andada la mañana, pues eso genera galbana para el resto de la jornada.

Cuídese también una alimentación generosa y sana, en nada caprichosa, que rellene los almacenes biológicos para una larga temporada. En los tiempos que corren bueno sería retomar aquellas comidas y sobremesas lentas y espaciosas, cultivando la conversación familiar o con los amigos (a poder ser, ¡si la marcha del mundo no se resintiera!, con los móviles apagados). Añádanse abundantes dosis de deporte según los gustos y la edad.

En segundo lugar hemos de prestar una especial atención en desaguar el cansancio psicosomático, ese fruto avinagrado de nuestra civilización. Un cansancio que deja el ánimo chunguillo, abatido y perezón; las vacaciones suponen un momento ideal para perder el rictus de la prisa, la tensión y el desaliento. Ya imagino que planteo un remedio muy controvertido, pero ahí va: no se debería veranear en lugares muy a la moda, abarrotados de gente "guapa", tumultuosos, ruidosos, topándonos con multitudes allá por donde vayamos. Salimos de un estrés asfixiante y entramos en el asfixiante estrés de bajar a la playa, encontrar un huequín para la sombrilla, un lugar para aparcar a una distancia prudencial, una mesa para tomar una copa... Me resigno ante la realidad de la moda pero aconsejo, al menos, no pasar en esos ambientes todo el tiempo de las vacaciones. Aunque, de todos modos, ya va dicho el mejor remedio: la convivencia familiar y el cultivo de la amistad; vale incluso el dedicar un tiempo a escribir alguna carta o postal, introduciéndonos así, además, en el benemérito y meritorio, ¡y olvidado!, ámbito de la escritura. Pero pocos quehaceres templan más el ánimo y rejuvenecen el corazón que un plácido paseo con la mujer/marido, al atardecer, cuando el cielo cambia el azul acero por el rojo bermellón, recordando anécdotas refrescantes o consolidando los bríos y los planes para zanjar definitivamente la carga pesada de la hipoteca...

Y como el hombre no es sólo cuerpo, también hemos de atender al espíritu. Recrear el espíritu esponja el ánimo y además relaja el cuerpo, especialmente esa inquietud biológica tan cercana al estrés -por estar a caballo entre la angustia y la ansiedad-. Leer un libro apetecible, deleitarse con una música armoniosa, rezar con la esperanza de los críos, visitar algún museo -que también permite disfrutar del espacio pues generalmente se encuentran menos abarrotados que las playas y los chiringuitos-, extasiarse ante el esplendor de la naturaleza que muestra sus encantos... Es preciso recordar que este tipo de goces resulta difícilmente conciliable con el comer abotargado y el mucho vino... ¡Representan sibaritismos de otro nivel!

A pesar de ese tono de mesura y bonanza, bien puede uno permitirse algún gustillo o licencia venial para los usos habituales de la vida ordinaria; mientras no sean excesos o extremosos, pues lo excesivo siempre agota y, al menos, acostumbra a rozar los lindes de lo inmoral.

La última semana es clave

La última semana es de vital importancia para el reingreso en la vida ordinaria. Puedo indicar dos menudos consejos de gran eficacia. El primero es retornar, poco a poco, al horario de sueño acostumbrado en los días de labor. El segundo consiste en irse reincorporando mentalmente, y de forma gradual, al primer día de trabajo: prever el volumen de correo, los asuntos urgentes o pendientes de solución inmediata, los jefes o clientes que llamarán nada más entrar, el "traspaso" de cuestiones con los compañeros del próximo turno de vacaciones, el saludo a los colegas... Si nos presentamos a bote pronto en el despacho, después de un mes, es muy posible que no sepamos por dónde empezar, y ello aumenta la sensación de desconcierto. Hay que llamar a las cosas por su nombre... ¿Quieren que hablemos claro, y llanamente, sin recurrir a los tópicos de lo "psicológicamente correcto"? Algunas personas aprovechan el último día para estrujar la diversión y, con esa disculpa, se acuestan muy tarde y con algunas copas de más -las últimas hasta el próximo verano-; y mañana hay que recoger y preparar el equipaje de regreso, conducir o desplazarse en días de máximo ajetreo, quizá aprovechan tanto el tiempo de vacaciones que aterrizan en su residencia habitual entrada la noche... Y al día siguiente el despertador molesta a las seis, a las siete, a las ocho... Es decir, el primer día llegan a su trabajo mal dormidos, cansadísimos, estresados y con reseca... y en esas condiciones ¡aún reclamamos los remedios psicológicos para mitigar los efecto de la "depre" consiguiente al reincorporarse al trabajo! Esta sociedad del bienestar se inventa unas milongas tremendamente divertidas...

Es muy posible que sean los menos, la mayoría se ajusta a las sugerencias y consejos de los especialistas. Pero aún en el caso de haber cumplido todas las sabias advertencias e indicaciones, si al levantarse ese primer día nota cierta flojera, indolencia y desidia, mírese al espejo con la autoestima exultante y repítese para sus adentros: ¡soy normal!, me da pereza ir a trabajar, me encantan las vacaciones... Y con el ánimo un poco enfurriñado diríjase a su ocupación sin excesivos miramientos y ya verá cómo le cambiará el talante cuando reciba la nómina y comience a ahorrar y a planificar las espléndidas vacaciones del próximo verano... Y entre tanto, Dios lo quiera, once meses disfrutando de un trabajo cansado pero gustoso.

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