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La educación de la izquierda

Autor: Joan Fontrodona
Profesor de Ética Empresarial
IESE Business School
Universidad de Navarra

Fecha: 25 de junio de 2006

Publicado en: ABC

Yo pensaba que ser de izquierdas era defender a las minorías, mientras que machacar a los débiles era algo que se atribuía siempre a la derecha. Pues se ve que no. Porque en estas tierras hay una minoría que desea educar a sus hijos en colegios de iniciativa social (eufemismo que nos hemos tenido que inventar para que la izquierda no nos tache de elitistas), y dentro de esa minoría hay todavía una minoría más exigua que desea educar a sus hijos en colegios que siguen el modelo de educación diferenciada (o sea, sólo de chicos o de chicas), y el conseller Ernest Maragall, en vez de defenderlos, se ha propuesto acabar con ellos de todas todas.

Yo pensaba que ser de izquierdas era defender la libertad, y que en cambio obligar a la gente a actuar a golpe de reglamento era propio de la derecha. Pues se ve que tampoco. Porque aquí el conseller Maragall quiere que para educar a nuestros hijos tengamos que pasar por taquilla, y que sea una oficina municipal la que nos diga a qué colegio debemos enviarlos. La primera etapa de todo proceso de adoctrinamiento es tener que hacer cola, y eso la izquierda lo sabe bien.

Yo pensaba que ser de izquierdas era escuchar la voz de la sociedad civil, y que en cambio era propio de la derecha silenciar a los que discrepan. Pues se conoce que tampoco. Aquí se reúnen más de doscientas mil firmas en contra del proyecto de ley de educación, y el conseller Maragall las tira directamente a la papelera y se burla de la iniciativa diciendo que las salidas de los campos de fútbol o las bocas del metro no son lugares para recoger firmas.

Pues cuando firmé en contra de la guerra a la salida de un metro nadie me dijo que no fuese un sitio apropiado. ¿O es que la nueva izquierda se nos ha aburguesado y ahora prefiere que le vayan a buscar la firma a casa?

Yo pensaba que ser de izquierdas era no dar importancia a lo masculino y a lo femenino. Que eso era una división de la especie humana rancia y anticuada, propia de la derecha, y que lo propio de la izquierda progresista era la referencia a los géneros, no a los sexos. Pues resulta que no. Resulta que el conseller Ernest Maragall anda preocupadísimo por saber si a los colegios catalanes van estudiantes o estudiantas, que diría la ministra de Igualdad, en vez de preocuparse por mejorar la calidad de la educación, que eso sí es importante.

Son las contradicciones de una ideología que es en su propia esencia dialéctica, es decir, que avanza a base de enfrentar opuestos, que en términos prácticos es tanto como decir a base de devorar enemigos.

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