Noticias© Comunicación Institucional, 25/05/2007

Universidad de Navarra

Una sociedad en desasosiego y bienestar

Autor: Alejandro Navas
Profesor de Sociología
Universidad de Navarra

Fecha: 25 de mayo de 2007

Publicado en: Expansión (Madrid)

Señalo algunos de los rasgos que considero más característicos de nuestra reciente evolución social. Si miramos al contexto continental, hay que anotar la consolidación de nuestra integración en Europa, que ha rebasado las expectativas más optimistas. Hemos sido cumplidores ejemplares de los criterios de Maastricht, por ejemplo. A despecho de la actual crisis del proyecto político europeo -constitución estancada, ampliación todavía no del todo asimilada, problemática relación con Turquía-, los españoles somos unos europeos convencidos. Es una desgracia que en estos últimos años los líderes políticos de los países de mayor peso no hayan sido sensibles a la cuestión europea, pero nuestros estudiantes se acogen con entusiasmo a los intercambios del programa Erasmus y las estancias en esos países europeos suelen traducirse en un europeísmo convencido.

En el orden político se registra la normalización de la democracia. Hemos superado el doble cambio de gobierno no traumático, piedra de toque de la consolidación democrática. Pero no todo son luces en este cuadro: las sombras se asocian a la crispación y a la creciente polarización. Veo al menos dos grandes ejes de ese conflicto: la cuestión del nacionalismo y la vertebración nacional -con su expresión más aguda en el terrorismo- y la tradicional confrontación entre las dos Españas, que marca los dos últimos siglos de nuestra historia.

El enfrentamiento va más allá de la simple pugna entre derecha e izquierda o entre tradición y progreso. Se ha roto en buena medida el consenso en torno a los valores básicos, necesarios para que cualquier sociedad perdure en el tiempo y supere la ruptura violenta o la simple disgregación. Esta condición pluralista es propia de las sociedades occidentales modernas, y la consideramos una conquista de la que nos sentimos orgullosos: libertad, estado de derecho, democracia, economía de mercado. Pero a la vez ya no hay consenso acerca del estatuto de la propia persona humana, la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia o la educación. La respuesta occidental moderna para dirimir esos conflictos entre visiones del hombre opuestas ha consistido clásicamente en buscar la legitimidad en el procedimiento: lo justo y lo bueno no estarían dados de una vez por todas, de modo objetivo, sino que consisten en lo que en cada caso legislan los parlamentos y sancionan los jueces. La sensibilidad moral y jurídica queda sometida a la evolución de la opinión pública, y los gobiernos suelen decidir con los datos de las últimas encuestas a la vista. El positivismo pudo funcionar durante un tiempo, pero hoy sabemos que los procedimientos -en la política, en el derecho o en la economía- no se sostienen a sí mismos, sino que remiten a valores dotados de vigencia absoluta, por mucho que cueste reconocerlo.

Me parece que en estas tensiones no resueltas se encuentra la raíz de buena parte del desasosiego o malestar perceptible en nuestra sociedad y que empaña lo que debería ser un panorama feliz a la vista del progreso alcanzado en estos últimos años y de nuestra secular idiosincrasia sociable y acogedora. La crispación que todos percibimos, en el debate político, en la tertulia radiofónica o al volante en la carretera, no se alimenta tan sólo de la confrontación política entre nacionalistas y constitucionalistas o derechas e izquierdas. El desprecio a la vida no se expresa únicamente en los atentados terroristas. En nuestro país se cometen al año más de cien mil abortos, ante la pasividad o incluso con el estímulo de los gobiernos; los jóvenes se inician de modo cada vez más temprano y masivo en las conductas de riesgo: tabaco, alcohol, droga, sexo; la devaluación de la cultura del esfuerzo dispara el fracaso escolar. En consecuencia lógica, esos mismos jóvenes son de modo creciente víctimas y autores de conductas delictivas. La familia ha constituido durante mucho tiempo el centro de la vida de las personas, además de haber suplido con notable eficacia la ausencia o las deficiencias de nuestro Estado del Bienestar. Pero nuestra familia se debilita, ahora también con ‘ayuda’ del gobierno: depreciación del matrimonio, estímulo del divorcio, prohibición de la mediación en casos de conflicto, penalización fiscal, difusión de la ideología de género. La incidencia de esos factores más la desconfianza ante el futuro provocan una alarmante caída de la natalidad, paliada sólo en parte por la inmigración. Pronto seremos uno de los países más envejecidos de Occidente, situación a la que los gobiernos, tan instalados en el presentismo como nuestros jóvenes, no quieren prestar especial atención.

Nuestra natural tendencia a los movimientos pendulares lleva a que pasemos en muy poco tiempo de uno a otro extremo, siempre para asombro de vecinos o visitantes. Este parece ser un rasgo de nuestra identidad cultural inmune a los cambios más violentos.

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