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Noticias © Comunicación Institucional, 25/04/2005Universidad de Navarra
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Los libros y la sabiduría
Autor:Juan Andrés Muñoz Arnau
Profesor de Derecho Constitucional
Universidad de Navarra
Fecha: 25 de abril de 2005
Publicado en:  Diario de Navarra

En esa pequeña joya que es Breve historia del mundo, Ernst H. Gombrich, al ocuparse de la historia de lo egipcios decía: "¿Quieres oír un refrán escrito por uno de ellos hace 5.000 años? Tendrás que prestar un poco de atención y reflexionar bien acerca de él: «Las palabras sabias son más raras que el jade; y, sin embargo, las oímos de boca de pobres muchachas que dan vueltas a la piedra de moler»".

Sí. Hay una sabiduría -la única que merece tal nombre- que puede alcanzarse sin los libros aunque estos puedan ayudar si su contenido nos hace crecer como personas.

Los ejemplos de los padres, las relaciones de amistad o las derivadas de nuestro trabajo, la convivencia en los centros de enseñanza -prescindiendo de lo que allí pueda leerse-, la reflexión personal sobre lo que vemos y lo que acontece pueden darnos la sabiduría, la madurez de aquellas "pobres muchachas que dan vueltas a la piedra de moler".

Por eso me parece que este pensamiento de Marco Aurelio -del que quizás haga yo una interpretación un tanto libre- establece una equivalencia entre leer y una cierta forma de vivir que merece ser considerada: "No te es posible leer. Pero dominar la cólera sí es posible. Pero controlar los placeres y los dolores sí es posible; pero estar por encima de la vanagloria sí es posible; pero no enfurecerse con las personas insensibles y desagradecidas, más aún, preocuparse de ellas, sí es posible". Es como si nos propusiera: procura comportarte de este modo y alcanzarás la sabiduría que ahora no puedes conseguir por medio de la lectura.

O también -y este sería el argumento en favor del valor impagable de las lecturas-: vale la pena que leas libros que te enseñen a tomar ante los demás, el mundo y la vida toda, esa actitud moral de fondo que yo te propongo.

Los libros no valen demasiado si no ayudan a conseguir ese perfil humano que parece propugnar el filósofo. Los libros no sirven si no nos ayudan a ser hombres o mujeres en sentido cabal.

El no tener en cuenta lo que digo hace que exista una barbarie de los que leen, una deshumanización "ilustrada" porque al escoger las lecturas no se ha elegido el camino de la verdadera humanidad. Si esta afirmación fuera sólo mía podría considerarse una enormidad sin fundamento. Pero no es así. Coincide, sin ir más lejos, con lo que Luis Goytisolo escribía en un excelente artículo publicado en El País, "La calidad de vida como paradoja", en su edición del 4 de octubre de 2003: "¿Qué importancia tiene -decía- el logro de que cada vez haya menos analfabetos? Lo importante no es saber leer, sino utilizar ese saber de forma que contribuya eficazmente a la formación del individuo, a un mejor conocimiento del mundo y de sí mismo que le permita vivir la vida con la mayor plenitud posible." Y advertía del peligro de "esa tendencia a la liquidación de un conocimiento de la vida que desde los griegos ha dado la medida del progreso humano".

Saber leer requiere también una cierta sobriedad. Séneca daba estos consejos sobre las lecturas en sus Cartas morales a Lucilio -Carta II-: "Muchedumbre de libros disipa el espíritu; y por tanto, no pudiendo leer todo lo que tienes, basta que tengas lo que puedas leer[...]. Lee, pues, siempre autores consagrados, y si alguna vez te viene en gana distraerte en otro, vuelve a los primeros. Procura cada día hallar alguna defensa contra la pobreza y contra la muerte, así como también contra otras calamidades; y luego de haber pasado por muchos pensamientos, escoge uno a fin de digerirlo aquel día. Yo también lo hago así: entre las muchas cosa que he leído, procuro retener alguna. La de hoy es ésta [...]: «Es cosa de mucha honra la pobreza alegre»". Sin duda aquellas muchachas egipcias que movían la rueda de moler habían sido también educadas por unos padres iletrados para vivir con alegría la pobreza.

Desde la perspectiva que mantengo debe revisarse el concepto de "autores vivos". Un autor está vivo aunque haya muerto hace cientos de años cuando es capaz de hablarnos ahora sobre lo que para el hombre es realmente importante. Por eso hay en este tiempo tanto autor vivo que está realmente muerto al ser incapaz de transmitirnos idea alguna que sirva para llevar un vida humana digna. Y por eso ciertas campañas de lectura en las escuelas de autores que viven -financiadas irresponsablemente por algunos poderes públicos- hacen bajar en porcentajes alarmantes el interés de los escolares por la lectura. No les dicen nada.

¡Cuanto pueden hacernos crecer en humanidad las buenas lecturas! Y, sin embargo, a mí me sigue emocionando esa sabiduría de "las pobres muchachas que mueven la rueda de moler" aprendida, como le ha sucedido a tanta gente, de la sencillez de unos padres que, entre otras cosas, han considerado siempre que "es cosa de mucha honra la pobreza alegre".

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