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Noticias © Comunicación Institucional, 25/04/2005Universidad de Navarra
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Los objetivos de Benedicto XVI
Autor:Juan Luis Lorda
Facultad de Teología
Universidad de Navarra
Fecha: 25 de abril de 2005
Publicado en:  Diario de Navarra

"La Iglesia peregrina entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios". Hace mil setecientos años lo escribió San Agustín. Entonces era verdad y ahora también. El nuevo Papa ha sido recibido con mucha alegría en la Iglesia; con mucho respeto entre los hombres de buena voluntad; con mucha desinformación por algunos de nuestros compatriotas. Éstos repiten, sin pensarlas, las ideas que otros les preparan, como los personajes de la excelente novela de Orwell 1984.

Antes de los cien días de rigor, algunos medios nacionales que se dedican al combate ideológico ya han enseñado los dientes. Y han empezado el fuego a discreción, con la esperanza de cubrirle de epítetos, antes de que haga nada.

No saben lo que tienen delante. El Papa Benedicto XVI es, primero, una persona mayor, que está bien de salud, pero no para muchos trotes. En segundo lugar, es una persona extraordinariamente educada y afable, incapaz de pronunciar algo que se parezca a un insulto. En eso se diferencia claramente de muchos de sus críticos. En tercer lugar, es un sacerdote cristiano, realmente convencido de su misión y realmente sabio.

El nuevo Papa es un teólogo practicante, que une doctrina y vida, a una gran profundidad. Probablemente, es el teólogo más importante de los que quedan vivos. Por méritos propios, figura en todas las enciclopedias y las historias de la Teología. Tiene una excelente cabeza y mucha convicción. Y una capacidad muy especial para dialogar. Dialoga con muchas ganas de llegar a la verdad, no imponiendo, sino buscando los puntos de encuentro, atendiendo y manifestando honradamente lo que piensa y cree. De esta forma, ha convertido a muchos de los que han dialogado con él. Sorprenderá a los periodistas. Es probable, incluso, que sea éste uno de los modos que elija para cumplir su misión.

En su primer discurso a los cardenales, Benedicto XVI citó un pasaje muy importante de un documento del Concilio Vaticano II (Lumen Gentium 1): "La Iglesia es en Cristo como un sacramento, es decir signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano". No es sólo una frase, sino que resume el misterio de la Iglesia y su misión. La Iglesia sirve para unir a los hombres con Dios y para unir a los hombres entre sí. Esto se expresa, de manera especial, cuando los cristianos se reúnen para celebrar la Eucaristía. Por eso, la Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia y la construye. La última encíclica de Juan Pablo II se llama precisamente Ecclesia de Eucharistia, que significa "La Iglesia (que procede) de la Eucaristía". Y el nuevo Papa se ha situado allí.

La unidad de la Iglesia tiene que ser una realidad y, al mismo tiempo, un signo que atraiga a los demás hombres. El Señor dijo a sus discípulos: "en eso conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros". El amor, la comunión de mentes y de voluntades y de celebración, es el signo que tiene que atraer a los demás, porque ese amor es el mayor signo de la verdad. "Sólo el amor es digno de fe" resumió otro gran teólogo (ya fallecido), Hans Urs von Balthasar.

La Iglesia se define como una "comunión" de personas. Es decir, como una unidad viva de mentes y de corazones. Unidad que nace de compartir el mensaje del Evangelio, la celebración de la Eucaristía y la estructura de la Iglesia: la unión actual con el Papa y los obispos; y la unión histórica con los Apóstoles y con Jesucristo, nuestro Señor (para los cristianos es realmente el Señor de nuestras vidas). La comunión, que es unidad en la diversidad, es esencial para la vida de la Iglesia y para el cumplimiento de su misión. El nuevo Papa lo tiene muy claro y a flor de piel.

La Iglesia es como un cuerpo. Esta expresión le gustaba a San Pablo: un cuerpo unido a Cristo, que es la cabeza. Y su vitalidad depende de tres cosas: el mensaje (doctrina), la celebración de los sacramentos (sobre todo, la Eucaristía) y la caridad, entre los miembros de la Iglesia y con los demás, especialmente, los más necesitados.

Hay muchas partes del cuerpo de la Iglesia que hoy están frías: porque no les llega casi la doctrina y saben muy poco del mensaje evangélico; porque no participan en la Eucaristía o no la celebran con piedad y alegría; o porque hay poca caridad y no se sienten unidos a los demás cristianos, al Papa o a los Obispos, o no se preocupan de las necesidades de los demás. Todas estas carencias enfrían gravemente a la Iglesia, le quitan su fuerza, al disgregan y le impiden evangelizar.

El pontificado de Juan Pablo II ha supuesto un gran aliento. Con el paso del milenio, la Iglesia ha cruzado "el umbral de la esperanza". Como reconocía Benedicto XVI, ha dejado "una Iglesia más valiente, más libre, más joven". Todos lo experimentamos. Ahora este nuevo Papa quiere aumentar la vitalidad de la Iglesia, como medio también para avanzar en el ecumenismo y en la evangelización. Para eso es preciso que llegue mejor la doctrina, el mensaje del Evangelio, a todas partes; que se celebre mejor, con más devoción, con más alegría, con más participación; y que aumente la caridad de la Iglesia hacia dentro y hacia fuera. Esto, como digo, no son sólo frases bonitas, sino realmente la vida de la Iglesia. Algo que se puede y se debe practicar todos los días. Y son las líneas del nuevo Pontífice, según lo puso de manifiesto en el primer discurso a los cardenales.

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