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Elecciones en Francia: ¿otro efecto de la cohabitación?

Autora:Teresa Sádaba
Profesora de Instituciones Políticas
Universidad de Navarra
Fecha: 24 de abril de 2002
Publicado en:  Diari de Tarragona

Nunca la campaña electoral para unas presidenciales en Francia había sido tan aburrida y nunca los resultados de las elecciones habían dado tanto de que hablar. El hecho de que Le Pen vaya a jugarse el trono del Elíseo ha conmocionado a propios y a extraños, aunque seguramente el cinco de mayo el candidato ultraderechista sólo pueda conformarse con un "lo importante ha sido participar". Se han dado todo tipo de argumentos para tratar de explicar este fenómeno inimaginable en el país abanderado de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad.

Se ha dicho que los índices de abstención han batido un récord en unas elecciones presidenciales, en un intento de deslegitimar los resultados. Sin embargo, no hay que olvidar que más de un 70% de nuestros vecinos acudió el domingo a votar y que lo hicieron de un modo democráticamente ejemplar. Otro análisis interesante para explicar estos resultados ha sido el de la fragmentación del espectro político, puesto que el elector podía optar entre 16 candidaturas distintas. Esta fragmentación es bastante lógica en un sistema electoral de dos vueltas en el que sólo los dos más votados pasan a la segunda ronda. Muchas formaciones políticas minoritarias aprovechan la ocasión para hacer públicas sus demandas y sus programas, aun sabiendo que nunca llegarán a obtener una representación significativa. Esto no es nuevo en Francia y se sabe que lo importante es aglutinar apoyos en la segunda vuelta, algo que ya ha conseguido Chirac sin moverse demasiado.

Sin privar de la importancia que merecen este tipo de opiniones para el análisis político, y sin caer en el tremendismo de las valoraciones que hablan de una crisis de todo el sistema francés, pienso que resulta clarificador observar los últimos cambios de las instituciones en Francia para poder entender algo de lo sucedido el pasado domingo.

El semipresidencialismo de la V República, sin llegar a desmoronarse o perder su sentido, ha sufrido algunos cambios que llevaron a modificar, por ejemplo, el periodo de mandato presidencial y rebajarlo de siete a cinco años. Pero el cambio más importante no ha venido tanto por la vía institucional, sino por el devenir de la vida política francesa de los últimos años que ha desarrollado un sistema de cohabitaciones.

Presidente y primer ministro: protagonismo compartido

Las diferencias de signo político entre el Elíseo y Matignon han sido un modo de operar normalizado y apoyado por muchos sectores de la sociedad francesa en los años noventa. En la primera cohabitación, la de Mitterrand y Chirac (este último entonces como jefe de gobierno) en 1986 activó las tensiones entre el artículo 5 y el 20 de la Constitución que confieren poderes a la figura de presidente y al de jefe de gobierno respectivamente de manera algo imprecisa. La segunda, sin embargo, la de 1993 con Mitterrand y Balladur, recoge la experiencia de la primera y empieza a desplegar sus bondades. Se dice entonces que la cohabitación permite un sistema político más equilibrado y reduce la excesiva autoridad conferida por De Gaulle a la figura del presidente. Tanto es así que en 1997 se vuelve a repetir la experiencia con Chirac y Jospin, el vencedor y el gran derrotado de estas elecciones. Parece que se ha establecido un nuevo modo de entender la política en Francia acorde con unos tiempos distintos a los del general y a su política de la grandeur para la que necesitaba un presidente fuerte y con amplias atribuciones.

Los últimos años demuestran que hay un reparto de tareas establecido no tanto por los artículos constitucionales sino por el carácter y temperamento de los gobernantes del momento y de su mutuo entendimiento.

Las cohabitaciones de este modo han producido un efecto no buscado en el modo de abordar la política en Francia. Si antes la figura del presidente predominaba la esfera política e institucional del país galo, ahora tiene un protagonismo compartido. Incluso casi comparten calendario electoral, puesto que con la resaca de las presidenciales dará comienzo la campaña para las legislativas.

Ésta también ha podido ser una de las causas de la menor movilización del electorado, que entiende que la vida política de su país no se decide en estas elecciones, sino más bien en las de junio. Al menos, así lo reflejaba una encuesta en la que se recogía que un 60% de los franceses creía que junio era la fecha definitiva. Por eso ya se oyen voces de una cierta reparlamentarización en Francia, en dirección opuesta a los regímenes que se acercan a un presidencialismo de hecho. Si De Gaulle levantara la cabeza.

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