Noticias: [ © Dirección de Comunicación , 2002 ]
Suscríbase a las noticias 
Edipo rey
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 25 de enero de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

Para Aristóteles el Edipo de Sófocles es el modelo de tragedia perfecta. En verdad es difícil hallar un héroe más trágico que Edipo, atrapado al fin en una red que él mismo anuda en una implacable investigación detectivesca que desarrolla con decisión, sin sospechar que el éxito de sus pesquisas lo destruirá, porque -¿fatalidad, castigo de sus culpas?- el asesino no es otro que el propio Edipo. Claro está que todo el mundo conoce el asunto y que no se trata de una historia de intriga normal. La tensión radica precisamente en que el público conoce la identidad del buscado mientras que el investigador la ignora al principio, hasta que no le que queda más remedio que ponerle nombre, el suyo propio. El espectador quiere gritar a Edipo: «¡No sigas!», mientras ve sobrecogido cómo se encamina el héroe hacia su fatal destino. Sófocles ha dispuesto los hechos y el proceso de descubrimiento con una sabiduría admirable, capaz de provocar, como querían los antiguos, el temor y la compasión en grado supremo.

Nada tiene que ver este Edipo con el complejo que Freud bautizó con su nombre sin mucha justificación. Nunca ha pretendido matar a su padre ni acostarse con su madre, sino eludir precisamente ese aciago destino pronosticado por el oráculo, huyendo de Corinto y de los que él cree, erróneamente, sus padres. Tampoco ha querido matar a su verdadero padre, el rey Layo, al cual mata por azar, ni se ha sentido atraído especialmente por su verdadera madre, Yocasta, con la que se casa en un matrimonio político para ocupar el trono de Tebas después de matar a la Esfinge. Todos estos hechos quedan al margen de sus intenciones y fuera de sus impulsos conscientes o inconscientes. La perdición de Edipo y su tragedia vienen por otros cauces.

El quieto transcurrir de la vida en Tebas se rompe con la explosión de una epidemia de peste que destruirá la entera ciudad (personas, animales, plantas) si no se purifica de una sangre vertida, mancha misteriosa y sagrada que contamina la ciudad en la que reina Edipo. El sacerdote de Zeus implora algún remedio de la sabiduría del rey: «La ciudad está demasiado sumida en la agitación y no puede levantar la cabeza ante la avalancha de muertes; se consume la tierra en los frutos de los cálices, se consume en los rebaños de bueyes que pastan y en los hijos que no llegan a nacer de las mujeres. Se ha abatido contra la ciudad un dios armado de fuego, la peste, el más cruel enemigo. Y ahora, Edipo, tú, a juicio de todos el más fuerte, halla algún remedio para nuestros males».

En efecto, ¿quién sería más capaz de averiguar el secreto de esta gran peste y hallar una solución que el rey, cuya inteligencia se midió con la Esfinge y fue capaz de adivinar sus enigmas? Si la inteligencia del héroe fue en otro tiempo la salvación de la ciudad ¿no deberá de nuevo esta inteligencia salvar a todos de la plaga? Y Edipo, el descifrador de misterios, se dispone a trabajar por el bien público, como es su obligación de rey compasivo y justo, lleno de piedad por sus súbditos. Creonte regresa de consultar el oráculo de Apolo con parte de la solución: mientras no se castigue al matador de Layo, ha prescrito el oráculo, no cesará la peste, pero ¿quién ha sido el matador del antiguo rey de Tebas? «Yo lo aclararé», promete Edipo, hallando «el rastro indiscernible de una culpa tan antigua». Interroga al adivino Tiresias, cuyas profecías lo enfurecen porque en ellas cree ver acusaciones injustas que no acaba de comprender : «El hombre al que buscas con amenazas y decretos sobre la muerte de Layo está aquí.

Pasa por ser un extranjero que vive entre nosotros, pero después se verá que es tebano. Será ciego, aunque antes ha visto y pobre, en vez de rico, y tanteando ante sí con un bastón, se encaminará a extrañas tierras. Se verá que era a la vez hermano y padre de los hijos con que vivía, hijo y esposo de la mujer de que había nacido, y que asesino de su padre, en su propia mujer había sembrado». Misteriosas palabras. Pero si alguien puede descubrir el sentido de enigmas como estos es Edipo, que años atrás acertó los problemas de la Esfinge.

Nuevos datos vienen a iluminar el caso. En los interrogatorios hechos a Yocasta, a un mensajero y a un antiguo criado, Edipo va estableciendo los eslabones de una cadena que lo convierte en el protagonista del sacrilegio: no es hijo, como él pensaba, de Pólibo y Mérope de Corinto. Su fuga para evitar que se cumpliera el oráculo que vaticinó que había de dormir con su madre y matar al padre que lo engendró, solo consigue acercarlo al peligro, poniéndolo en contacto con su verdadero y desconocido padre, Layo, al cual mata en una encrucijada, y con su verdadera y desconocida madre, Yocasta, con la que se desposa. Averigua poco a poco su propia historia: cómo sus padres verdaderos, para eludir otro nefasto oráculo, ordenaron su muerte; cómo el encargado de matarlo lo abandonó en las selvas del monte Citerón, de donde fue recogido por un pastor que lo llevó a Corinto; cómo lo adoptaron Pólibo y Mérope... Al atar los cabos de todos estos antiguos sucesos, una conclusión impone con terrible claridad: el asesino de Layo fue Edipo, hijo del mismo rey y de Yocasta. La verdad encontrada es demasiado espantosa y Edipo se perfora los ojos tras descolgar el cadáver de su madre y esposa, que se ha ahorcado desesperada: el mensajero narra la escena interior que por decoro se oculta a los ojos del espectador: «Edipo da un horrendo alarido, el miserable, afloja el nudo de que pende su madre; después cae al suelo a insoportable en su horror es la escena que vimos: arranca los alfileres de oro con que ella sujeta sus vestidos como adorno, los levanta y se los clava en las cuencas de los ojos, gritando que lo hacía para no verla, para no ver los males que sufría ni los que había causado».

Estos ojos vacíos de Edipo seguirán, sin embargo, viendo la antigua ventura y la actual desgracia, ese atroz sufrimiento apenas visible para un hombre: gemido, ceguera, muerte y vergüenza.

¿Es culpable Edipo de nefandos pecados dignos de semejante castigo? ¿Es una víctima inocente de los designios de los dioses? ¿No ha cometido sus sacrilegios ignorante de lo que hacía? Hay, sin duda, ciertas culpas distribuidas en los personajes de la tragedia, de las cuales Edipo no está libre: la misma muerte de Layo es producto de una violenta soberbia de Edipo, cuya muerte inmisericorde, por cierto, dispusieron sus padres. Pero la presencia de los oráculos y su cumplimiento ineluctable hacen sospechar que este miserable parricida es una víctima cuyos sufrimientos son mayores que sus culpas. Y en ese sufrimiento está quizá la lección última de la humanidad de Edipo, su condición de héroe, su dimensión trágica que lo hermana con la raza entera de los mortales. He ahí el lamento del coro, que observa compungido esta historia de dolor: «¡Ay, generaciones de los hombres, cómo calculo que vuestra vida y la nada son lo mismo! ¿Quién llega a tanta felicidad como pudo imaginar si no es para ver declinar lo que imaginó? Teniendo como ejemplo tu destino, el tuyo, sí, Edipo miserable, no hay en el mortal nada por lo que pueda llamarle feliz. Mirad aquí al famoso Edipo que descifró los famosos enigmas y era muy poderoso varón cuya fortuna ninguno podía contemplar sin envidia. Mirad a que cúmulo de desgracias ha venido. Tratándose de un mortal, hemos de ver hasta su último día, antes de considerarle feliz». O, como lo dijo, siglos más tarde -la lección es eterna- el poeta español Mira de Amescua en una de sus comedias: No hay dicha ni desdicha hasta la muerte. Edipo, el rey destronado, el vagabundo ciego, mientras tantea con un palo por los caminos, lo sabe perfectamente.

Versión para imprimir