Noticias© Comunicación Institucional, 24/12/2005

Universidad de Navarra

Regalos de Navidad

Autor: Jaime Nubiola
Profesor de Filosofía
Universidad de Navarra

Fecha: 24 de diciembre de 2005

Publicado en: La Gaceta de los Negocios (Madrid)

Las fiestas de Navidad traen a nuestra consideración la vigencia de los valores cristianos que esta celebración encierra. Algunos agoreros se lamentan año tras año de una supuesta pérdida del sentido cristiano de la Navidad al comprobar la sustitución en los grandes almacenes o en espacios públicos de algunos signos navideños tradicionales en España por otros más internacionales que –dicen– ocultan el significado religioso. Otros –que recuerdan inevitablemente al Ebenezer Scrooge del Cuento de Navidad de Dickens– se quejan amargamente de la brutal comercialización de estas fiestas en las que los ciudadanos se lanzan a despilfarrar desaforadamente sus ahorros de todo el año en las tiendas y grandes almacenes para satisfacer así sus caprichos. Me parece a mí que ni unos ni otros aciertan. Entre luces, villancicos, panderetas y enormes comidas familiares se abre paso nítidamente la conciencia de que Dios ha nacido en Belén y que aquel hecho maravilloso ha cambiado por completo la historia humana y ha cambiado las relaciones entre nosotros.

El símbolo esencial de la Navidad no son las figuritas de los nacimientos, ni los barbudos Santa Claus o Papa Noël, ni el árbol majestuoso iluminado, ni las herraduras adornadas o las hojas de muérdago, ni el besugo, el cava o los turrones de Jijona. El verdadero símbolo de la Navidad son, sobre todo, los regalos. Los regalos de los pastores y de los magos al Niño son el signo más luminoso de la Navidad cristiana. Frente a quienes piensan que el sentido cristiano de la Navidad se está perdiendo a manos de las campañas publicitarias de los grandes almacenes vale la pena recordarles que gracias al trabajo extraordinario de todos estos comercios en estas fechas, resulta posible que gocemos de la experiencia maravillosa de que “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20, 35). No sólo volvemos a ser niños, sino que realmente aprendemos a dar y a recibir que es lo que nos hace realmente humanos.

El periodista Adam Cohen recordaba hace unos días en el New York Times cómo los primeros pobladores de los Estados Unidos, los puritanos del siglo XVII, se oponían radicalmente a la celebración de la Navidad argumentando que aquella celebración no tenía fundamento bíblico, sino que se trataba más bien de una herencia pagana de las fiestas saturnales romanas. Sólo a finales del siglo XIX la irrupción de Santa Claus y sus regalos a los niños, favoreció en la cultura norteamericana la transformación de la Navidad en una celebración doméstica, apoyada también por la naciente comercialización. Por supuesto, la influyente comunidad judía ha rechazado sistemáticamente —a decir verdad, con poco éxito hasta el momento— la generalización de la fiesta de Navidad. Sin duda, es importante el respeto a las diversas tradiciones religiosas, pero me parece que la Navidad nos recuerda a todos algo muy profundo acerca del ser humano que se expresa paradigmáticamente en los regalos.

A todos nos gusta recibir regalos, pero sobre todo lo que nos encanta es el hacerlos. Regalar es dar cosas a quienes queremos como muestra de afecto y sin esperar nada a cambio. Viene ahora a mi memoria el recuerdo de la infancia cuando en su momento me dijeron el origen de los regalos de la fiesta de Reyes que tanto me ilusionaba. Educado en una estricta sobriedad catalana, yo no podía creer que mis padres se olvidaran por un día de sus ahorrativas convicciones para hacernos aquellos maravillosos obsequios, sin pedir nada a cambio, sólo como muestra genuina de su afecto. Con el tiempo comprendí que aquella liberalidad extraordinaria era precisamente la que daba un cabal sentido a la sobriedad habitual que presidía la vida familiar ordinaria.

Los regalos son importantes por su carácter extraordinario. Los regalos son la manera extraordinaria en que quienes se quieren se expresan su afecto habitual en aquellas ocasiones singulares más significativas. No se quieren porque se hacen regalos, sino que se hacen regalos porque se quieren y desean expresárselo recíprocamente. Como todos tenemos bien experimentado, los regalos no valen por lo que cuestan en euros, sino que valen por el cariño, el esfuerzo, el tiempo que la persona querida ha invertido en su búsqueda, en su elección o en su preparación. Por eso muchas veces nos resulta tan importante el envoltorio o el estuche como el obsequio mismo. “Para la ternura siempre hay tiempo” titularon en 1986 su álbum doble Ana Belén y Víctor Manuel: efectivamente lo que valoramos en un regalo es la ternura que ha puesto en el obsequio quien nos lo hace, a la que correspondemos con la nuestra expresada en agradecimiento.

Más aún, los seres humanos estamos configurados de tal manera que de ordinario estamos dispuestos a renunciar a aquello más valioso que poseemos por hacer felices a quienes queremos. De hecho, nos importa más, nos llena más, la alegría y el contento de las personas queridas que la propia satisfacción egoísta. Esta sorprendente característica de los seres humanos ha sido identificada por el filósofo Leonardo Polo como la estructura donal –de “donación”– de la persona humana, que tiene además su anverso en la aceptación: “En el hombre, la donación y la aceptación pertenecen al acto de ser humano, por eso tienen carácter trascendental. Para la persona humana amar significa tanto dar como aceptar: la aceptación es también un verdadero dar”.

Este último aspecto es también muy importante para comprender la Navidad. Imaginemos por un momento que en el día de Reyes los regalos son rechazados por los niños o que aquel regalo que con tanta ilusión hemos preparado para una determinada persona nos es devuelto por ésta con una breve nota diciendo que no lo necesita. ¡Qué disgusto! Nosotros con nuestro regalo no queríamos solucionar una necesidad real, sino más bien expresar nuestro afecto, nuestra ternura hacia aquella persona. Por esto, en el ámbito de la familia y de los amigos es importantísimo decir siempre que sí, aceptar siempre los regalos, mientras que en nuestro trabajo profesional declinamos amablemente los obsequios de quienes con ellos aspiran quizás a obtener de nosotros favores que en justicia no les corresponden. Es ésta materia delicada, pero con un poco de sentido común no es difícil distinguir entre el interés y el ámbito de la amistad desinteresada y afectuosa en el que los regalos adquieren su genuino sentido.

Ésta es la profunda lección y el recordatorio que la Navidad trae a nuestro corazón y a nuestra cabeza cada año: el ser humano sólo se realiza plenamente cuando se regala, cuando se entrega a quienes tiene a su alrededor y cuando acepta gustosamente los obsequios que le hacen quienes le quieren. Por eso el mejor signo de la Navidad cristiana son los regalos y, por esto, la Navidad misma es un gozoso regalo para todos. ¡Feliz Navidad!

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