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Noticias © Comunicación Institucional, 24/12/2004Universidad de Navarra
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La España del Quijote
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 24 de diciembre de 2004
Publicado en:  El Norte de Castilla y El Diario Montañés

El Quijote, se ha dicho, es el símbolo de su época. El historiador José María Jover resaltaba "su condición de breviario y culminación de una cultura; exponente del conjunto de actitudes espirituales y mentales vigentes en la sociedad española por las décadas que presencian la transición del siglo del Renacimiento al siglo del Barroco; de reflejo fiel de ese mundo de hidalgos y escuderos, de cabreros y disciplinantes, duques y frailes, pícaros y galeotes, galeras y rebaños, ventas, cabañas y castillos en que encarnó y cobró vida nuestra cultura nacional en su época de máximo apogeo". Todo eso es cierto si se tiene en cuenta que ese "reflejo fiel" es siempre artístico, y no la mera imagen que un espejo devuelve mecánicamente.

La España de Cervantes pasa por una coyuntura que desorienta a los ingenios menores y que permite a los genios mayores una síntesis renovadora de la mirada crítica y de las técnicas literarias. Domina el sentimiento de una crisis continua: a la expansión anterior sucede la reducción demográfica, la disfunción económica (la plata de las Indias provoca más inflación que desarrollo), las quiebras del sistema social. Aparecen muletillas que en el XVII serán omnipresentes: "No se halla un cuarto", "El mundo está para dar un estallido"... Se suceden bancarrotas en 1557, 1575, 1597, 1607 (dos años después de la Primera parte del Quijote). Proliferan los arbitristas o procuradores de remedios, que intentaban aportar soluciones para mejorar esa "república de hombres encantados que viven fuera del orden natural" en frase muy citada de Cellorigo (un arbitrista serio). Don Quijote es uno de esos hombres encantados, que ha experimentado lo que significa ser un hidalgo de medio pelo, y que aspirando a más "se ha puesto don y se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de tierra y con un trapo atrás y otro adelante". Y sale a los caminos intentando arreglar las injusticias, en pos de una utópica Edad de Oro que pertenece al pasado: error de perspectiva de un loco (pero no solo de él: Quevedo defiende el mismo retorno medieval en su Epístola satírica y censoria a Olivares como remedio para las corrupciones).

Pero ya no son tiempos de caballeros andantes: nada de extraño tiene el fracaso del hidalgo en un mundo que no comprende. Libro complejo Don Quijote, como la sociedad en la que nace: cruel y cómico, trágico y festivo. Con el reinado de Felipe III se abre una etapa de paz y de festejos, como si todos quisieran enmascarar la situación problemática con el fasto de las celebraciones. El Quijote refleja esta antítesis: como ha escrito Augustín Redondo es un "libro paradójico, festivo y alegre por una parte, profundamente pensado y reflexivo por otra, con un héroe loco-cuerdo, cómico y trágico a la vez", y se pregunta si no serán el libro y el héroe un símbolo de la España que los rodea.

Sea como fuere no todo es crisis. La actividad económica no cesa en el ámbito rural de la Mancha (abierto a los caminos de la aventura: poca importancia tienen las ciudades en el libro), lleno de labradores, pastores, molinos de viento, mercaderes de seda, tratantes de ganados... No parece haber hambre en lugares donde se pueden celebrar banquetes como en las bodas de Camacho, que Sancho no duda en disfrutar. De todas las comidas es la sustanciosa olla podrida (mezcla de verduras, carnes, aves, tocino, embutidos y cuanto hay) la favorita del escudero. No la hallará en las ventas castellanas, lugares que en la novela (y en la realidad) más parecen de penitencia que de acomodo. Baste recordar la miserable cena de abadejo que es lo único que tienen en la venta de su primera salida.

De los grupos sociales que pueblan la España de su tiempo asoman en el Quijote sobre todo los campesinos y pastores, y entre todos destaca el labrador rico -básico en la estructura social-, como Camacho, Haldudo o la familia de Dorotea, dueña de molinos de aceite, lagares de vino, colmenas y ganados sin cuento. Es un mundo campesino con sus costumbres, fiestas, juegos y creencias, aficionado al refranero y a los cuentecillos populares, como el mismo Sancho, inmerso en una cultural oral (el 90% de los campesinos son analfabetos) que no les impide conocer los libros de caballerías, leídos a los circunstantes por alguno de los pocos lectores.

Orgulloso de su calidad de cristiano viejo ("cuatro dedos de enjundia de cristianos viejos" dice Sancho que tiene) desprecia en general al converso: en el Quijote se recordará la expulsión de los moriscos y la dramática historia personal de Ricote. Cervantes había sufrido en propia persona otra vertiente del enfrentamiento con el Islam en la batalla de Lepanto -de la que siempre se sintió orgulloso- y en el terrible cautiverio de Argel (otra realidad de la vida cotidiana que aparece en el relato del cautivo del Quijote). Los moriscos constituyen uno de los grupos marginales conflictivos que hallan su lugar en el mosaico de la novela. Otros son los bandoleros, no tanto en Castilla como en Cataluña, donde se sitúan las aventuras del famoso Roque Guinart, personaje histórico.

En cambio, los nobles constituyen la espina dorsal de la sociedad del Siglo de Oro: han dejado de ser guerreros y se han convertido en cortesanos. Don Quijote contrapone los cortesanos que viven cómodamente (como esos duques sólo preocupados por su diversión) a los verdaderos andantes que miden la tierra con sus pies y sufren trabajos y peligros. En el debate de armas y letras, que transparenta un debate histórico real, Cervantes se inclina por las armas, sin perjuicio de las letras: en sus parodias y burlas, como en la batalla de los rebaños de ovejas, no se percibe el antimilitarismo que algunos han visto, sino la crítica de la guerra absurda (como la de los pueblos del rebuzno) y la defensa de la guerra justa, problema importante en un momento en que España tiene muchos frentes de batalla abiertos, con algunos periodos de paz inestable.

Un aparente desequilibrio se ha advertido: en una España impregnada de religión, el Quijote es un libro muy desacralizado. Pero el mismo Cervantes explica en el prólogo de su libro que no "tiene para qué predicar a ninguno, mezclando lo humano con lo divino, que es un género de mezcla de quien no se ha de vestir ningún cristiano entendimiento". El cristianismo sí aparecerá en la hora de la muerte del héroe: pero ya no es tiempo de bromas y don Quijote ha recobrado la razón. En su camino aventurero llega la hora de morir y abandonar sus fantasías: su progreso gradual hacia la cordura puede verse como un proceso que, siguiendo el curso de las ideas del siglo XVII termina con una lección de desengaño: "En los nidos de antaño no hay pájaros hogaño", dice don Quijote moribundo. Pocas décadas más tarde, con la paz de Westfalia (1648) toda España podría decir lo mismo.

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