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Noticias © Comunicación Institucional, 24/11/2004Universidad de Navarra
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Matrimonio y unión homosexual: ¿Qué se equipararía a qué?
Autor:Jorge Miras
Vicedecano de la Facultad de Dcho. Canónico
Universidad de Navarra
Fecha: 24 de noviembre de 2004
Publicado en:  La Estafeta de Navarra

Ignoro cuáles son los motivos reales de la iniciativa del Gobierno para una reforma del Código civil que cambie la definición de matrimonio. Desde luego, no es verdad que responda a la necesidad de eliminar una discriminación para que los homosexuales tengan igualdad de derechos con los demás ciudadanos.

Los homosexuales, como todos los ciudadanos, pueden, y han podido siempre, contraer matrimonio. Lo que no pueden hacer, claro está, es contraerlo con una persona del mismo sexo, pero no porque se encuentren discriminados por sus opciones sexuales, sino porque una unión de dos personas del mismo sexo no es un matrimonio. Y seguiría sin serlo aunque se llegara a producir la anunciada reforma y se le atribuyera ese nombre, en un ejercicio de alucinada prepotencia.

La pretensión de que bastaría un leve retoque del texto legal para que la unión de dos hombres o de dos mujeres -¡voilà!- se convierta en matrimonio, supone tal abdicación del sentido común que resulta muy difícil pensar que se trate de una ingenuidad. Pero, entonces, ¿por qué ese empeño en hacer con el nombre del matrimonio un juego de manos tan peligroso para la civilización?

En realidad, si el Gobierno persistiera en esa voluntad de prestidigitación, no equipararía las uniones homosexuales al matrimonio, sino el matrimonio a aquéllas. Reduciría el matrimonio legal -también el de los que ya están casados y el de sus abuelos- a algo que ya no es matrimonio, desconectando así la institución jurídica de la verdad antropológica que la originó. En el mismo momento en que dos personas del mismo sexo pudieran decir: "Lo nuestro, legalmente, ya es matrimonio", todos los matrimonios verdaderos tendrían que reconocer: "El matrimonio, legalmente, ya no es lo nuestro".

Los españoles seguirían pudiendo casarse de verdad -esa potencia de unión absolutamente única reside sólo en el consentimiento matrimonial legítimo entre varón y mujer-, pero la ley ya no reconocería la verdad de su unión, que es el fundamento de la protección jurídica que exigen el matrimonio y la familia fundada en él. Al extenderse sin razón la institución legal del matrimonio a situaciones esencialmente distintas en cuanto unión y completamente diferentes en cuanto a su función social, su protección jurídica ya no estaría fundada en el reconocimiento del bien específico que el matrimonio aporta a la sociedad (como ámbito natural estable del nacimiento y acogida de la vida, de la educación y socialización de los ciudadanos; como núcleo insustituible de origen y cohesión de la vida social).

Esto equivale a decir que la tutela jurídica del matrimonio y de la familia, una vez desvinculada de su fundamento real, se convertiría en una concesión legal puramente voluntarista, que no habría ningún inconveniente en modificar o anular.

Eso no es progreso, sino arbitrariedad, desprecio de la verdad.

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