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El exquisito horror de Edgar Allan Poe

Poe es el más grande poeta del horror en la literatura universal.
Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  24 de noviembre de 2001
Publicado en:  Diario de Navarra

Nunca nadie en la literatura universal ha alcanzado como E. A. Poe el dominio del horror. Todos sus relatos producen un exquisito desasosiego que impulsa a volver la cabeza y a encender todas las luces. ¿Quién sabe lo que se oculta detrás de la puerta, en el pasillo oscuro o en la sombra rumorosa al doblar la esquina?

Poe elabora los detalles del miedo con el cuidado meticuloso de un miniaturista medieval, con la sabiduría anatómica de un cirujano experto. En la fascinante historia de «Un barril de amontillado» nos espanta la suerte de Fortunato, encadenado y emparedado vivo en la bodega por un enemigo ofendido, pero sobre todo nos espanta la sabia colocación del suceso en la alegría del carnaval, el festivo disfraz de la víctima, el sonido cada vez más tenue de sus cascabeles al otro lado de la pared, mientras va comprendiendo que no se trata de una broma. En «El gato negro», cuando el asesino, ebrio de loca seguridad, golpea ante la policía la pared que oculta el nicho con el cadáver de su mujer, provocando un feroz grito (¡el gato, encerrado por inadvertencia con la muerta!) el lector se entrega aterrado al placer de la taquicardia. En esos cuentos y otros muchos aparece uno de los grandes temas de Poe, el enterrado vivo, fuente de angustias elaboradas con todas las variedades del horror: como dice su criatura Arthur Gordon Pym, «ninguno de los incidentes que pueden ocurrir en el curso de la existencia humana es tan propicio para inspirar el sumo dolor físico y mental como verse enterrado en vida. La negrura de las tinieblas, la terrorífica opresión de los pulmones, las sofocantes emanaciones de la tierra húmeda se unen a la aterradora consideración de que nos hallamos más allá de los remotos confines de la esperanza».

Relaciones amorosas en ambientes de opresiva morbosidad («Ligeia», «Eleanora»), decadentes familias malditas («La caída dela Casa Usher»), exploraciones de la crueldad y la locura («El pozo y el péndulo»), constituyen una sinfonía terrorífica de mortal poesía y delirios de maravilloso espanto no exentos de valor terapéutico.

Todos los cuentos de Poe son obras maestras. También lo es su único relato largo, las Aventuras de Arthur Gordon Pym, un libro favorito de mi hijo Gabriel (uno de los mejores lectores que he conocido), peculiar novela de aventuras de alucinante atmósfera, publicada en 1838 en forma de memorias del viajero Pym («Me llamo Athur Gordon Pym. Mi padre era un respetable comerciante de pertrechos para la marina, en Nantucket, donde yo nací...»). Arturo embarca clandestinamente en busca de emociones impulsado por la extraña inclinación que siente hacia las imágenes de naufragios y hambre, de muerte y cautividad entre hordas bárbaras («cuando más me entusiasmaba a favor de la vida marinera era cuando describía los momentos más terribles de sufrimiento y desesperación. Mis visiones predilectas eran las de los naufragios y las del hambre, las de la muerte o cautividad entre hordas bárbaras; las de una vida arrastrada entre penas y lágrimas, sobre una gris y desolada roca en pleno oceáno inaccesible y desconocido... visiones proféticas de un destino que yo sentía que se iba a cumplir»). En efecto, los sucesos no defraudarán su sed de aventuras. Para empezar, estalla un motín en el barco y Arturo pasa varios días en el oscuro laberinto de la bodega, enterrado vivo, sin agua ni alimentos ni aire. Liberado por su amigo Augusto reconquistan el navío matando a los amotinados, sufren tormentas, hambre y sed, se cruzan con un barco cargado de muertos y aves carroñeras, inmenso ataúd flotante que se lleva para siempre su misterio... Obligados por el hambre echan a suertes el sacrificio de uno; las escenas de canibalismo culminan una de las cumbres del horror, pero todavía les espera la muerte de Augusto, gangrenado, cuyo cadáver queda tan descompuesto «que cuando Peters intentó levantarlo se le quedó entre las manos una pierna entera. Cuando la masa putrefacta se deslizó por encima de la cubierta del barco al mar, el resplandor de la luz fosfórica del agua que nos rodeaba nos dejó ver siete u ocho grandes tiburones, mientras el crujir de aquellos horribles dientes, desgarrando la presa en pedazos entre ellos, podía oírse a una milla de distancia. Ante lo sobrecogedor del ruido, nos abismamos aterrados». (No es para menos, hay que reconocerlo).

Novela de mar, de naufragios, de islas desiertas y exploraciones, prosigue con el salvamento de los náufragos por la goleta Jane Guy, que se dirige al Polo Sur. Arturo cuenta minuciosamente el viaje, la explotación de los moluscos biche de mer, las batallas con una tribu de indígenas de raza desconocida que sienten terror por el color blanco, los hallazgos de extraños animales, la progresión incesante hacia el Polo en medio de una atmósfera cada vez más ominosa. Y siempre con precisos detalles geográficos, metereológicos o naturalistas, que cumplen su ambigua función de dar credibilidad al relato y de subrayar la maravilla con el choque de tal despliegue de observación científica con la rareza de los sucesos.

Se prodigan fenómenos extraordinarios: arroyos de agua de dos colores y texturas, aves desconocidas, simas con inscripciones en lenguas misteriosas, vapores marítimos y lluvias de cenizas en el seno de cuya tiniebla surge «un resplandor luminoso y un caos de flotantes y confusas imágenes movidas por vientos impetuosos, aunque silenciosos, rasgando en su carrera el oceáno incendiado». Ninguna expedición ha llegado tan lejos en los mares polares; ya no queda ningún camino: sumergidos en una avalancha de aves gigantescas de un blanco pálido, una catarata se abre para recibir la barca de Arturo y sus compañeros. Y cuando surge entre esas nieblas del fin del mundo «una figura humana amortajada de proporciones mucho más grandes que las de ningún habitante de la tierra, y cuya piel tiene la perfecta blancura de la nieve», el lector agradece estar sentado en su sillón, con un café caliente si es posible, y sobre todo y más que nada, estar bien agarrado al mundo de este lado de la página.

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