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24/07/2008

¡Benditas vacaciones!

Autor: Santiago Álvarez de Mon
Profesor del IESE
Universidad de Navarra

Fecha: 24 de julio de 2008

Publicado en: Expansión (Madrid)

A punto de cerrar el kiosco y disfrutar de las vacaciones con mi tribu familiar, releo a mi insigne tocayo Ramón y Cajal. “Tiempo y espacio nos impacientan y atosigan. Llegar lo antes posible donde nadie nos espera; ignorar el camino”. Si la sociedad de su tiempo le merece tal comentario, ¡qué diría de nuestra época!, mucho más agitada y ruidosa. Sistemáticamente relegado a un papel instrumental, el camino se reduce a medio para llegar a un destino que, idealizado y magnificado por las prisas, lo tiene difícil para colmar nuestras expectativas.

Similar arrinconamiento sufre el presente, tiempo fugaz y resbaloso. Bisagra menuda entre dos pesos pesados –un pasado que se niega a retirarse y un futuro que se empeña en asustarnos-, carece del protagonismo real que su propia condición conlleva. Por algo decía el poeta, ¡llegar, quien piensa, caminar es lo que importa! Trotamundos ligero, curioso y asombrado, inspirado por la experiencia, escribe el gran médico humanista desde la independencia y libertad de sus ochenta años: “Embrujada por el demonio de la velocidad, la vida ha perdido mucho valor.

Perdió, sobre todo, ese sosiego del ánimo, tan bien avenido con los goces estéticos del paisaje. Se muere ya con la inconsciencia con que se nace”. ¿Notas descriptivas de nuestra cultura? El gusto por la novedad, parecemos niños impetuosos cambiando constantemente de juguetes. La rutina nos frustra, la calma nos crispa. El activismo, profesional y lúdico. La tertulia languidece, la serenidad escasea, el pensamiento se ausenta y el silencio espera tiempos mejores. La sociedad de masas, estimulada por los medios de comunicación y la publicidad mágica, arroja una espiral de aceleración. La vida se transforma en un eslalon de citas, reuniones, decisiones y planes que hade culminar, como los macroconciertos, en una suerte de éxtasis colectivo.

Interesadamente estimulados por la sociedad de la imagen y el sonido (la estética triunfa sobre cualquier otra disciplina, es la “ciencia” subordinante), la concentración se evapora, la dispersión se cronifica y la ansiedad se dispara. Estamos en tantos sitios que no estamos en ninguno (algunos ilusos desearían tener el don de la ubicuidad), mientras la cabeza ronda distraída y abotargada. Hasta la infancia se ve afectada, síntomas y síndromes alarmantes adelantan su visita. En lugar de volver a la edad aquella donde vivir era soñar (Unamuno dixit) -los adultos podríamos ser los niños más listos- precipitamos a los más pequeños en el túnel de la adolescencia, edad estirada hacia atrás y hacia delante por un mercado que de tonto no tiene un pelo.

Inundados de datos, asediados por una propaganda desinhibida, seducidos por la red, ¿somos marionetas de la sociedad de la información, o ciudadanos críticos de la sociedad del conocimiento? Temo la respuesta. Solamente desde la sociedad del saber, discriminando lo que llega ami pantalla vital, es factible aspirar a la sabiduría, a dominar y disfrutar el arte de vivir. Y en estas, ¡llega el verano! Bendito calor, bendito sofoco. A ver si a la sombra, protegido el cuerpo de los rigores de su majestad el sol, urgido el organismo a ralentizar el paso, la mente se va calmando y aquietando, tornándose más porosa y encontradiza.

Entre deporte, lectura, música, excursiones y fiestas gastronómicas, la amistad y el amor, en definitiva, la vida buena, pudiera tener una nueva oportunidad. Entonces, a lo mejor, saboreamos los minutos, degustamos los segundos, los encuentros se suceden, las conversaciones surgen, los silencios hablan, las gentes y lugares visitados se contemplan y comprenden, y la vereda se ensancha y alarga. Al calor de preguntas universales e intemporales -¿quién soy?, ¿qué es el éxito?, ¿qué es lo que pasa y lo que permanece…?-, se entabla un diálogo interior del que los demás son los primeros favorecidos. En esos instantes soberbios, en ese momentos gloriosos, uno se olvida de la recta final del curso, se prohíbe hablar de la vuelta al cole, hasta la manoseada crisis se queda castigada en el rincón. Salga o se quede, apreciado lector, feliz viaje interior. Respire hondo, haga las paces con su tiempo y espacio.

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