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24/06/2009

Un hueco para la grandeza

Autor: Santiago Álvarez de Mon
Profesor del IESE
Universidad de Navarra

Fecha: 24 de junio de 2009

Publicado en: Expansión (Madrid)

Envueltos en el manto enorme y pegajoso de la crisis, imbuidos de la mediocridad y cortedad de miras de tantos dirigentes políticos y personajes públicos, un tono crítico y pesaroso tiñe multitud de noticias, artículos y reportajes. Sin darnos cuenta, la cuota de pantalla que alcanza el mal y sus múltiples embajadores es abrumadora. O te preparas para el golpe, o al final de un telediario o lectura de un periódico estás hecho polvo, faltan los bríos y la energía para seguir caminando. Esta columna hoy quiere desmarcarse de esta tendencia y hacerle un sitio a la bondad y grandeza del ser humano, que por su propia esencia prefieren pasar desapercibidas. Recojo tres testimonios de distinta naturaleza que tienen en común el coraje y la férrea voluntad de vivir.

El primero de ellos tiene que ver con el vil asesinato del inspector nacional de policía, Eduardo Puelles. En medio del lodazal habitual de condolencias, manifestaciones, fotos y mensajes pactados hasta donde las comas son miradas con lupa –el corazón se siente aprisionado entre tanta liturgia mediática–, se alza la voz recia de una viuda. “Esto es un negocio. No defienden la libertad de nadie, no son presos políticos, son asesinos. Extorsionan a la gente, no saben vivir de otra manera. Es lo único que saben hacer, matar.” Así concluye una mujer valiente, rota por dentro, sacando fuerzas de flaqueza: “Con mi marido no van a poder, porque como él hay muchos más”. En el fango de la locura terrorista de las armas, acostumbrados al fariseísmo y permisivismo de unas autoridades que zigzaguean entre calculados golpes de pecho y guiños negociadores, emociona y se agradece la dignidad y entereza de una mujer y madre admirable.

La segunda revelación tiene que ver con Severiano Ballesteros. De un tiempo a esta parte viene jugando y ganando un partido endiablado al campo más difícil. Viendo a tanta gente encogida ante la envergadura de la crisis, recomiendo vivamente que lean la entrevista de ‘El País’ del domingo 21 de junio. “Si no luchas, si no crees, no vas a ganar”, dice este genio del golf. Seve ha mirado de frente a la muerte (esta sociedad consumista ha hecho de ella un tabú, no quiere ni mentarla), y ha penetrado en los rincones de un tirano llamado miedo para concluir: “Fui al quirófano tranquilo, como el que va al campo de prácticas. No tuve miedo, tampoco hoy en día”. Ballesteros es valiente porque reconoce y supera un sentimiento natural y hasta inteligente, el miedo. En esto consiste el coraje. Tranquilidad, serenidad, paz, valores escasos en una sociedad que necesita de ellos más que nunca, no es tiempo para la histeria y los nervios.

Tercera prueba de la nobleza y generosidad del ser humano, Vicente Ferrer. Acaba de fallecer en Anantapur, entre el dolor, cariño, pena y gratitud de miles de ciudadanos indios. Desde que llegó a ese inmenso y paradójico país en 1952, trabajó afanosamente en favor de los más pobres. Entrenadas las castas más desfavorecidas de la injusta estructura social hindú en la pasividad y la desesperanza, Vicente Ferrer les hizo soñar con un futuro en el que serían dueños de su destino. Más de cincuenta años después lo más valioso de su legado no son los hospitales, viviendas, escuelas, cultivos…, siendo cruciales, sino el despertar de una actitud vital que reposa en la libertad y responsabilidad de la persona. Sus socios permanentes han sido los miserables y parias de la tierra, víctimas indefensas de los desmanes de una sociedad autoritaria, clasista y cruel. En lugar de quejarse y soltarles un mitin, se arremanga y pone a trabajar su lúcida cabeza. Emprendedor, visionario, economista por obligación, decisor intuitivo, estratega sagaz, humanista comprometido con los últimos de la fila, Ferrer ejemplifica una audaz respuesta personal. Frustración, impotencia, rabia, miedo, angustia, pesimismo, devoradores de nuestra salud, parásitos que se hacen fuertes en la adversidad, sentimientos legítimos ante la injusticia, han sido brillantemente sorteados por estos tres gigantes. Sinceramente, gracias. ¿Por qué no aprendemos de su ejemplo?

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