Noticias© Comunicación Institucional, 24/02/2008

Universidad de Navarra

¿Es la economía?

Autor: Alfredo Pastor
Profesor del IESE
Universidad de Navarra

Fecha: 24 de febrero de 2008

Publicado en: La Vanguardia (Barcelona)

La campaña que llevó a Clinton a la presidencia de Estados Unidos hizo famosa la frase: “¡Es la economía, estúpido!”, considerada decisiva para el resultado final. Si eso es cierto, España sigue siendo diferente: el reciente debate entre los responsables económicos de los dos grandes partidos que concurren a las próximas elecciones no influirá de modo apreciable en el ánimo de los votantes. Esta es una buena noticia, porque sugiere que, en lo que se refiere a la política económica, hemos alcanzado un grado de madurez que ya quisiéramos tener en otros ámbitos.

La frase de Clinton contiene dos afirmaciones distintas: la primera, que al ciudadano le importa mucho su economía personal; la segunda, que quien la pronuncia puede extraer de su chistera soluciones para mejorar esa economía, de las que carece su contrario. La primera afirmación es cierta; la segunda no, por lo menos en un país como el nuestro; por eso los dos contrincantes –personas ambas educadas y de calidad contrastada- no pudieron ni echarse en cara un desastre económico inexistente, ni presumir de poseer remedios indoloros igualmente ficticios; y por eso el debate resultó tranquilizado, pero aburrido.

Los dos adversarios admitieron, con distinto énfasis, que empezamos una temporada más floja que la precedente; no gastaron mucha pólvora en decir qué haría su Gobierno para salir de la crisis, porque poco es lo que unos y otros pueden hacer para acelerar su final, si bien algo puede hacerse para mitigar su profundidad. Pero uno y otro pasaron en silencio sobre el asunto que verdaderamente importa: cómo salir de la crisis con nuevas fuerzas, es decir, cómo aprovecharla. No alcanzo a imaginar que no lo sepan; hay, sin embargo, buenas razones para, sabiendo la clase de políticas económicas que convendría seguir, se lo callaran, porque esas políticas no son de las que hacen ganar votos.

Si la economía se ha ganado el sobrenombre de ciencia lúgubre, la política económica basada en reformas, que es la que hoy nos conviene, no es más risueña; eso explica que, cuando se pone en marcha –algo que no sucede muy a menudo- uno procure no hacer mucho ruido. Vamos a un ejemplo: la defensa de la competencia es una de las políticas de que dispone el Estado para moderar la inflación. Pero es una política de escaso lucimiento: supone perseguir pacientemente numerosos acuerdos tácitos de fijación de precios, en origen y a lo largo de la cadena, a veces muy larga, de la distribución; o acabar con la protección de que disfrutan algunos agentes, que tuvieron su razón de ser pero quizá no hagan hoy más que estorbar.

Cada una de esas campañas es lenta y costosa, porque la mayor competencia perjudica mucho a unos pocos y beneficia muy poco a la mayoría y, por eso mismo, crea algunos enemigos y ningún amigo. Por último, para ser efectiva la política de defensa de la competencia hade poder actuar sin previo aviso: ¡todo lo contrario de una política mediática! El fomento de la de la competencia es sólo una de las reformas que hoy convienen a nuestra economía, que suelen llamarse reformas estructurales o políticas de oferta, y que pretenden aumentar el potencial de la economía liberando recursos hacia los usos más productivos. Esto suena bien, pero la práctica de esas reformas es muy ingrata: son jurídicamente difíciles (hay muchosderechos adquiridos), jurisdiccionalmente ambiguas (las causas pueden estar a caballo de varios ámbitos de competencias), y con ramificaciones extensas, que pueden afectar amucha gente. Por último, al revés de lo que ocurre con las políticas de expansión de la demanda, que a todos alegran hoy para disgustarlos mañana, los efectos benéficos de las políticas de oferta son para más adelante: hoy sólo se notan las molestias.

Ya se ve que esto no da para un debate televisado: formación de los precios agrarios, márgenes de la distribución, obligatoriedad de ciertos canales (distribuidoras de ciertos productos o mercados locales), necesidad de autorizaciones para la apertura de establecimientos… esto aburriría a todo el mundo, salvo a los directamente afectados. Es, pues, perfectamente lógico que un debate de política económica en nuestras circunstancias, con dos personas dotadas de sentido común como protagonistas, tenga menos emoción que un campeonato de yoga. Pero no hay que olvidar que ésas, y no otras, son las políticas que en este momento necesitamos: en su ausencia, nuestros precios seguirán amplificando cualquier aumento venido del exterior; nuestra inflación seguirá por encima de la de nuestros vecinos, y nuestro paro también.

Quizá haya otra razón para que el debate económico no excite al populacho: para muchos, las diferencias entre las propuestas económicas de los dos grandes partidos son, pese a las apariencias, casi imperceptibles, y es tan escaso el margen de maniobra existente, que aún se reducirán más en la puesta en práctica. No ocurre lo mismo con la visión de la sociedad que unos y otros dejan intuir tras sus programas: en ámbitos como la educación, la familia o la organización territorial del país, las posiciones parecen estar bastante alejadas, aunque uno no lo dice por razones de táctica electoral. Como debe ser, sin embargo, en una sociedad rica como ya es la nuestra, lo que distingue un programa político de otro no es tanto la propuesta económica como la concepción de la sociedad. Ahí debería centrarse el debate que decidiera el resultado electoral.

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