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23/11/2008

El Proceso de Bolonia

Autor: Josep Ignasi Saranyana
Profesor de Teología
Universidad de Navarra

Fecha: 23 de noviembre de 2008

Publicado en: La Vanguardia (Barcelona)

Desde 1988 se trabaja en el Proceso de Bolonia y está previsto crear, en 2010, un único espacio europeo de formación superior. Se trata de un ambicioso proyecto en el que participan 45 países, y en el cual la Santa Sede fue admitida en 2003.

El Vaticano no podía mantenerse al margen. Roma ha protagonizado, desde 1200, las principales iniciativas universitarias, primero en Europa y después en América y demás continentes. Por tanto, ella está en el Proceso, no por razones de oportunidad, sino por derecho adquirido y por apoyar los cinco principios básicos de Bolonia: la movilidad de profesores y estudiantes; la primacía de la persona y de su dimensión social; la aspiración a alcanzar una cultura superior de mayor calidad; la codificación de los tres grados académicos; y la centralidad de la investigación como condición para el progreso de los saberes.

Ahora bien, la Iglesia promueve dos tipos de iniciativas universitarias: las Universidades y Facultades "eclesiásticas", dependientes directamente de la jerarquía y empeñadas de inmediato en la evangelización; y las Universidades de "inspiración cristiana", que, con plena autonomía, contribuyen al progreso humano, promueven la cultura superior y analizan los grandes temas de nuestro tiempo. Como es obvio, estas últimas dependen de las autoridades académicas y civiles, y están comprometidas en el Proceso con las demás universidades de su propio país. Por ello, la adhesión de la Santa Sede al Proceso de Bolonia sólo afecta a los centros "eclesiásticos".

Consideradas en el marco de Bolonia, las Facultades eclesiásticas, y muy en concreto las de Teología, están llamadas a una alta misión. Esas instituciones académicas tienen la gran oportunidad de contribuir a recuperar la historia común de los europeos, cuyas raíces judeo-cristianas, se nutren también en la herencia clásica. De ofrecer, en definitiva, un horizonte antropológico que dé sentido y suscite esperanza en estos tiempos de crisis.

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