Noticias© Comunicación Institucional, 23/09/2005

Universidad de Navarra

La fragilidad del concepto de autor: contribuidores y "seniores"

Autor: Gonzalo Herranz
Departamento de Humanidades Biomédicas
Universidad de Navarra

Fecha: 23 de septiembre de 2005

Publicado en: Diario Médico

En Biomedicina, la noción de autor está amenazada, víctima de su propio éxito: publicar artículos confiere, además de dignidad, ventajas y oportunidades, quizás demasiadas. De ese valor añadido proviene la crisis del concepto de autor, asunto nada fácil de superar, aunque no falten algunos intentos.

Así, recientemente, tanto los que reparten ayudas para la investigación, como los que deciden los ascensos en el escalafón profesional han dicho que no otorga méritos estar simplemente entre los firmantes de un artículo: es necesario figurar entre los pocos primeros. Aunque tal medida, sistemáticamente aplicada, es obviamente injusta, no hará desaparecer la convicción general de que vales si publicas y en la medida en que publicas. Y seguirá creciendo la avidez de muchos por ser o contarse entre los autores.

Estando así las cosas, todos tendríamos que dar más importancia a la autoría de trabajos científicos, a su concepto, a su ética. No parece, sin embargo, que así ocurra: ni los autores ni los evaluadores de méritos se están tomando la cosa suficientemente en serio. Con la complacencia de unos o la complicidad de otros, la genuina noción de autor se está viniendo abajo.

Los contribuidores ascendidos a autores

Es de todos sabido que hay abusos de autoría. Hay una cantidad indeterminada, pero real, de autoría ficticia: entre los firmantes de artículos publicados en respetables revistas biomédicas se infiltran algunos que no lo son. La cosa se había degradado de tal modo que, años atrás, en las directrices internacionales sobre publicaciones biomédicas, lo mismo que en las normas para los autores de algunas importantes revistas, se intentó distinguir entre autores y contribuidores. Parece que esa pretensión ha fracasado: desde el año 2000 apenas se ha insistido en ese punto. No hace mucho, Lancet propuso, pienso que en un momento de desesperación, no hablar ya en adelante de autores, sino sólo de contribuidores, y meter así en el mismo talego a los verdaderos autores y al variopinto conjunto de individuos que, por haber prestado alguna ayuda, han exigido y adquirido su infundado derecho a ser considerados coautores.

Leyendo lo que ahora se publica, se añora el tiempo en que los autores agradecían a sus colegas que les hubieran cedido gentilmente materiales, datos o ideas. Hoy, en muchos ambientes, ya casi nada se cede gentilmente: casi todo tiene un precio. Hay una especie de mercado de autoría: ser incluido en la lista de autores es un asunto negociable, un objeto que se adquiere o se concede, y que se paga no en moneda, sino en especie: cediendo o prestando muestras biológicas, datos clínicos, imágenes diagnósticas, y otras cosas por el estilo; incluso apoyo administrativo o aliento moral. Dado el estilo editorial de ciertas publicaciones biomédicas, dominadas por la cultura de la imagen, se lleva más deslumbrar a los lectores con figuras técnicamente perfectas que estimularlos con ideas que hagan pensar. Los contribuidores aseguran así su lugar entre los autores. Si las cosas siguen por ahí, la dignidad de ser autor tendrá cada vez menos valor.

Para poner a salvo la condición de autor habrá que ahuyentar a los autores falsos, una tarea que compete, primaria y casi exclusivamente, a los autores verdaderos. Pero no es cosa fácil.

Los árbitros, víctimas de los poderosos

Podrían ayudarles los árbitros que evalúan, con vistas a su publicación, los manuscritos que los autores envían a las revistas. Les bastaría analizar, a la luz de un concepto sano de autoría, la descripción de lo que cada uno de los firmantes del manuscrito declara como contribución propia al artículo en cuestión. Pero los árbitros son seres humanos que pueden ver su independencia sometida a las presiones de los más fuertes.

El sistema de arbitraje puede ser manipulado por los poderosos. No tengo nada contra los "seniores", los admiro. Pero he de confesar que detesto la institución del "autor senior", la costumbre que se practica en ciertas instituciones de cerrar la lista de los autores de artículos con el nombre del "jefe". Si un "senior" no cumple los requisitos que, en el ámbito internacional, se exigen para ser reconocido como autor, no tiene derecho a figurar de la lista de autores, ni siquiera en el honorable último puesto. Lo malo no está sólo en que añada gratuita e injustamente más y más artículos a la ya larga lista de su bibliografía personal. Lo malo está en que su "senioridad" puede conferirle una especie de inmunidad disciplinaria. Veámoslo.

Hace unos pocos años, en Human Reproduction Update se publicó un trabajo firmado por 4 autores: dos jóvenes y dos "seniores". Eran estos últimos la directora de una prestigiosa unidad universitaria de reproducción asistida y el director de un centro emblemático de la misma especialidad. Al cabo de un tiempo, se comprobó que en el referido trabajo se habían incluido siete párrafos literalmente copiados de un artículo publicado años atrás por otros autores. El caso llegó al Consejo General Médico, el órgano disciplinario del Reino Unido, que declaró inocentes a los dos "seniores", al tiempo que condenó a los jóvenes por plagio, lo que, por constituir falta grave de mala conducta profesional, les supuso la suspensión por tres meses del ejercicio profesional. Los jóvenes apelaron al Consejo Privado de la Reina. Este, tras examinar el caso, consideró que no estaba justificada la condena por mala conducta profesional grave o por falta de integridad. Sustituyó la calificación de falta grave por la de un mero descuido negligente, y redujo la suspensión de tres meses a una simple reprimenda.

Creo que se puede aprovechar este episodio para hacer algunos comentarios. De un lado, la decisión del Consejo General Médico da por buena la discriminación entre "seniores" y jóvenes: nos retrotrae, en su arbitrariedad, al tiempo, ya dado por muerto, en que había mandarines y servidores. El Consejo Privado, merced a su evaluación laxista del plagio, dinamita la noción de autoría científica y, con ella, la responsabilidad moral de ser autor.

¿Sucumbieron los jueces a la elevada posición social de los autores "senior"? ¿Sacrificaron la ética de la publicación en aras del prestigio de esos importantes personajes y de las no menos importantes instituciones en que trabajan? Al parecer, la sentencia, además de apoyarse en ciertas sutilezas jurídicas, se vio influida por un editorial que, inmediatamente después de descubierto el plagio, publicó Human Reproduction Update. En él, además de lamentar lo ocurrido, se afirmaba que "es prácticamente imposible tanto para los autores veteranos como para los editores y árbitros de las revistas desarrollar un sistema que elimine por completo la posibilidad del plagio".

Parece, por tanto, que la función de árbitros y editores es incapaz de analizar con finura los complejos elementos científicos de los trabajos que han de evaluar y seleccionar para publicación. Y, curiosamente, parece ciega para algunos de los aspectos éticos. Para los jueces del Consejo Privado, plagiar no es una falta contra la propiedad intelectual, sino un mero descuido, un pecado venial de pereza: no tomarse el trabajo de explicar con palabras propias lo que uno ha visto. Por añadidura, el plagio no conlleva castigo disciplinario, porque no contamina la bibliografía con datos falsos, ya que se limita a repetir ideas ya publicadas por otros.

Pero en todo esto persiste la pregunta: ¿por qué se ha dado un trato diferenciado, por no decir discriminatorio, a los autores, a los jóvenes y a los "senior"?

Vistas las cosas desde una perspectiva ética, no faltan motivos para la preocupación, pues la sentencia daba a entender que la función de los mayores, a la hora de publicar, se limita a poner su nombre en la cola de la lista de autores. No necesitan ejercer en ningún momento su función de educadores de sus discípulos; no están obligados a mostrarse como maestros críticos y responsables, que repasan con ellos el artículo línea por línea. Al parecer, en el caso referido, ni siquiera lo habían leído, lo que no fue óbice para que figuraran como coautores.

El artículo sigue en la revista y se puede localizar en Pubmed. Nada impide pensar que sigue contando, como un mérito más, en la lista de publicaciones de los autores, jóvenes y mayores. No ha sido retractado, aunque sí corregido (al apellido de uno de los autores le faltaba una h): se ha colado un mosquito, pero se ha tragado un camello.

El episodio relatado deja, además de un poso de preocupación, algunos problemas pendientes. Por ejemplo, el urgente de reexaminar la ética de la autoría "senior"; el de implantar con vigor la igualdad de derechos profesionales y morales de todos los médicos legítimamente registrados, para que a todos se les mida con el mismo rasero; el de replantear si los méritos han de ir necesariamente ligados a la longitud de la lista de trabajos publicados; y, finalmente, el de determinar cada cual el grado de confianza o escepticismo con que ha de leer lo que se publica.

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