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Noticias © Comunicación Institucional, 23/04/2005Universidad de Navarra
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¿La civilización del amor?
Autor:Jaime Nubiola
Profesor de Filosofía
Universidad de Navarra
Fecha: 23 de abril de 2005
Publicado en:  La Gaceta de los Negocios (Madrid)

Hace unos pocos días nos sobrecogía a todos la terrible historia de Jeff Weise, el joven de 16 años que en la reserva india de Red Lake (Minnesota) mató a su abuelo, un veterano policía local, y con las armas y el coche que le robó, se encaminó a su escuela donde abrió fuego sobre sus compañeros: mató a una profesora, a un vigilante y a cinco estudiantes, hirió gravemente a otros trece compañeros y finalmente se suicidó. Su padre se había suicidado cuatro años antes y su madre se encuentra ingresada en un hospital en Minneapolis a consecuencia de las lesiones cerebrales sufridas en un accidente de tráfico.

Realmente impresiona pensar cuánto sufrimiento debería de haber acumulado este joven en tan sólo 16 años de vida para un comportamiento así. Sin embargo, me parece importante caer en la cuenta de que esta penosa historia no es un suceso aislado: los medios de comunicación nos dan noticia a diario de acontecimientos semejantes o incluso todavía más sobrecogedores. Tampoco resulta razonable pensar que esa matanza sea simplemente el "previsible" final de una vida particularmente malograda por la falta de atención y de cariño. No es sólo eso; la razón de un acontecimiento como éste no puede reducirse a la constatación de que Jeff Weise tenía problemas personales y familiares. Me parece que nos hallamos más bien ante la punta de un iceberg, ante la cuestión muchísimo más grave y profunda del ambiente de violencia generalizada que permea las estructuras de la sociedad occidental, particularmente la norteamericana, y que afecta muy especialmente a las personas más débiles de cada sociedad.

La civilización bélica ha dominado Occidente durante buena parte de la modernidad y culminó en los 55 millones de muertos de la segunda Guerra Mundial, a las que siguieron las víctimas del gulag soviético y de la llamada "guerra fría". Fue Pablo VI el primero que comenzó a hablar de una civilización del amor que restañara las heridas de tanta violencia y reemplazara al modelo desgastado de la civilización bélica. Acabo de recibir un ejemplar del libro Una civilización del amor en el que el filósofo venezolano Rafael Tomás Caldera afronta de lleno esta cuestión y estudia con finura lo que Juan Pablo II no ha cesado de repetir una y otra vez al respecto. El 5 de octubre de 1995 con ocasión del cincuenta aniversario de las Naciones Unidas el papa filósofo proclamaba valientemente en Nueva York que el alma de la civilización del amor es la cultura de la libertad, que "la respuesta al miedo que ofusca la existencia humana al final del siglo es el esfuerzo común por construir la civilización del amor, fundada en los valores universales de la paz, de la solidaridad, de la justicia y de la libertad". Estas palabras grandes y hermosas -señala certeramente Caldera- tienen la capacidad de propiciar un cambio de actitud, un cambio de mentalidad en la vida personal y en el seno de la sociedad: "el cambio cultural deseado -explicaba Juan Pablo II- exige a todos el valor de asumir un nuevo estilo de vida que se manifieste en poner como fundamento de las decisiones concretas -a nivel personal, familiar, social e internacional- la justa escala de valores: la primacía del ser sobre el tener, de la persona sobre las cosas".

Una experta en cooperación social me contaba que era posible clasificar en tres grupos diferentes a los niños de la calle de las ciudades del norte de Marruecos en las que había trabajado: se trata de un proceso de degeneración similar al de los yonquis. El primer grupo es el de aquellos que, aunque duermen en el puerto, van limpios y con ropa buena y que por tanto pueden acercarse a los demás ciudadanos para robar o simplemente para prostituirse. El segundo grupo son aquellos niños que han perdido mucho control de sí mismos porque se drogan inhalando cola, pero sin embargo son capaces de buscarse la vida, de poner cara de niño bueno maltratado y de pedir una moneda a la señora que se compadece al ver a un crío mendigando. El tercer grupo es el de aquellos que llevan ya cinco o seis años en la calle y que se han deteriorado tanto que ni siquiera pueden pedir: están drogados o locos. Como su aspecto y su olor producen miedo y asco nadie que no esté tan deteriorado como ellos se les acercará. Todos tenemos la experiencia de mendigos de este tercer tipo, cuando al verlos tirados en la calle o en la estación de autobuses pasamos de largo, haciendo como si no les hubiéramos visto o no existieran. Realmente ahí comienza, ahí debería comenzar al menos, la civilización del amor.

Hace unas pocas semanas el brillante embajador de una joven república centroeuropea me decía que la cuestión estratégica realmente importante para Europa en estos momentos era la decisión sobre si armar a China o no. Como para confirmar este diagnóstico, a los pocos días Condoleezza Rice mostraba su irritación en Seúl ante el levantamiento del embargo de venta de armas a China por parte de la Unión Europea. Para Europa se trata pura y simplemente del negocio de la guerra, de la ocasión de relanzar la industria armamentística que tan importante es para las maltrechas economías nacionales. Mientras que los gobernantes europeos, hablan del diálogo de las civilizaciones o -como Rodríguez Zapatero- de la alianza de las civilizaciones, la política exterior norteamericana se prepara para el conflicto de las civilizaciones, expuesto hace unos pocos años por el politólogo de Harvard Samuel Huntington. Resulta estremecedor para el ciudadano de a pie que ese grandilocuente "diálogo de las civilizaciones" sea el discurso enmascarador de una vergonzosa y extraordinariamente lucrativa venta de armas.

No puede ser. La lógica de nuestro mundo occidental está desgastada y requiere una urgente renovación. Por eso merece la pena prestar atención a acontecimientos tan dolorosos como los de la reserva ojibwa de Minnesota, el abandono y degeneración de los niños de la calle marroquíes y tantas otras calamidades y desgracias que a veces nos hacen sentir hasta vergüenza de nuestra condición de seres humanos. Hay que sufrir por esas cosas, no podemos pasar de largo como si no existieran. Sin embargo, no podemos hacer como aquel personaje de Charles Dickens, Mrs. Jellyby, rodeada de harapientos huérfanos ingleses que reclamaban inútilmente comida y atenciones, mientras que ella sólo tenía ojos para ver las necesidades de los pueblos de las orillas del río Níger: "Filantropía telescópica" es el significativo título de aquel capítulo de Bleak House.

Con esto lo que quiero decir es que la civilización del amor comienza dentro de nosotros mismos, en nuestras casas, en nuestros lugares de trabajo, en nuestras ciudades y espacios de convivencia. Se trata -recordémoslo de nuevo- "de asumir un nuevo estilo de vida que se manifieste en poner como fundamento de las decisiones concretas -a nivel personal, familiar, social e internacional- la justa escala de valores: la primacía del ser sobre el tener, de la persona sobre las cosas".

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